LITERATURA

La implacable longevidad del ser

A los 94 años edad, y con una larga vida dedicada a las letras como pocos lo han hecho, murió el gran Milan Kundera

Escribe Juan Manuel Orbea ESPECIAL, PARA EL DIARIO

 

El escritor nacido en Checoslovaquia, a quien el régimen comunista -del cual fue parte y también crítico- le quitó su nacionalidad, pero jamás su identidad, puede quedarse tranquilo: su larga y espléndida obra literaria lo colocan en el olimpo de los inmortales

Milan Kundera es alguien que, desde el pasado 11 de julio que dejó el plano de los de carne y hueso, se convirtió en un ser implacablemente longevo, porque su nombre es el de aquellos que vivirán siempre con letras de oro, resonando en la historia de la Literatura.

Podrá gustarte, podrás odiarlo, podrás haber sido de los que no han tenido el placer de leerlo. Sin embargo, sea como sea, el hombre nacido en un lugar cuyo nombre es casi impronunciable (Brno), admirador de Franz Kafka y Friedrich Nietzsche, el que se burló de la burocracia ‘roja’ -pero nunca del ideal socialista- jamás dejó indiferente a alguien.

 

Es más:

todo lo contrario

La obra de Kundera es fundamental para tender los claroscuros individuales y colectivos de más de una generación, convulsionada por el blanco y  negro de los conflictos existenciales, y ni se diga políticos, entrelazados por la lucha constante del hombre, por vivir dignamente y trascender más allá de lo ideológico.

La sexualidad, el humor, la amistad, el amor, lo solidario, el exilio, la sociedad, lo político, la memoria y otros temas -subyacentes- permearon una narrativa irónica pero llena de poesía, que caló hondo en una legión de lectores que siguieron su rítmico y florido camino de ideas y palabras, que trascenderán el tiempo y el espacio.

Hijo de un pianista, fue un observador quirúrgico de la realidad, y poseedor de una capacidad literaria nata, aunque haya en realidad estudiado cine (fue profesor hasta que el Soviet lo expulsó de su propio país tras participar en la Primavera de Praga), tenía el don de una prosa ácida (aunque en sus principios escribió poesía), donde el humor fino, y sin cortapisas, fue la mejor señal de su gran inteligencia.

Un autor que se convirtió en los años 80’s en un “rockstar” literario con un libro, “La insoportable levedad del ser”  (1984), cuya versión cinematográfica (con Daniel Day Lewis y Juliette Binoche), más allá de su buena hechura, y aun sabiendo que “la película jamás será mejor que el libro”, no solo no polemizó sobre esto último, sino que atrajo a una horda de lectores, quienes descubrieron además de ese delicioso manuscrito, muchos más. Todos también para ser “devorados”.

Kundera nació en un país que se fue transformando toda su vida, hasta que se fue a vivir, contra su voluntad, a París, hasta su muerte, e incluso considerar que su obra era ya “literatura francesa”. Fue fiel seguidor del “socialismo con rostro humano”, su ideal, mismo que se transformó en un comunismo de mano dura con el perfil oscuro de Stalin, al que criticó fuertemente, y por el cual fue echado del partido.

Lo reincorporaron al año después tras el revisionismo estalinista soviético. Aunque, finalmente, su deseo de que el régimen fuera más amable y humanista y menos burocrático y totalitario, junto a dos libros maravilloso y clave en su inestable destierro y exilio, “La Broma” (1967, novela) y “El libro de los amores ridículos” (1968, cuentos), se esfumó como una voluta de humo(r) literario en el aire, y en la cara de sus “camaradas”.

Fue con el primer libro, donde criticó al régimen totalitario comunista a través de un humor ácido y a veces sin sutilezas, que se ganó el odio de las autoridades del partido. Pero también con el segundo, que sufrió de inmediato la censura y total prohibición por el gobierno checoslovaco, y en todos los países detrás de la “Cortina de Hierro”.

Quizá, este hecho fue lo que lo llevó a dedicarse de lleno y exclusivamente a la literatura. Que lo llevó a vivir el resto de su vida en Francia. Que le hizo ver el mundo desde otro punto de vista, sin dejar nunca de ser quien fue, sin formar parte de los grupos anticomunistas con los que nunca se reunió, porque no creía en ellos, recluido en su mundo y a lo suyo.

Y eso fue escribir sin parar, incluso en francés (un curioso detalle: siempre sus libros tuvieron siete capítulos o siete cuentos), lo que lo llevó a crear, siempre entre la realidad y la ficción, un mundo ácido e irónico, derribando mitos e idea preconcebidas, a través de libros con una forma y fondo únicos, entre novela, cuento, ensayo y teatro.

“Jaques y su amo” (teatro, 1971), “La despedida” (1979) “La vida está en otra parte” (1979), “El libro de la risa y el olvido” (1981), “La inmortalidad” (1988), “La lentitud” (1994), “La identidad” (1998) y “La ignorancia” (1998), son algunas de sus más célebres creaciones.

Y ahora que se fue, para no irse nunca más, su obra será nuevamente revisada y leída. Porque ya llegarán nuevas ediciones, para que las generaciones venideras lean y descubran a uno de los más grandes escritores del siglo XX. Fue siempre una apuesta fuerte al Nobel. Y aunque ganó muchos premios, tampoco logró el prestigioso Goncourt. Sin embargo, si algo de verdad ganó, fue la inmortalidad literaria. Y eso, no es poca cosa.