el acompañamiento, POR TATO TEATRO
El tiempo viejo que lloro y que nunca volverá
La obra de Gorostiza protagonizada por Raúl Zuin y Juan Montes conmovió y deja un mensaje existencial que es vigente para todas las generacionesEl compás de espera está repleto de tango. La voz del Morocho del Abasto lo invade todo y “Cuesta abajo” es una pieza que, en la voz de Carlos Gardel, todavía mueve las fibras más sensibles. Luego, se apaga la luz y se abre el telón para seguir la misma tónica.
“El acompañamiento” es el nombre de la comedia escrita por el dramaturgo argentino Carlos Gorostiza en 1981. La misma, que ha sido interpretada en infinidad de ocasiones -y que hasta tiene su versión en cine- fue presentada por el grupo Tatoteatro en el Club Sarmiento durante los últimos días. Ellos también ya la habían presentado, pero el teatro es un hecho único y cada uno de estos hechos, sobre todo los artísticos, son dignos de ser narrados y comentados para aprovechar aquel destello que dejan en su paso.
Sobre las tablas -y ante un buen marco de público-, Raúl Zuin y Juan Montes brillaron, se conmovieron y generaron emoción.
Respecto a la obra, la trama de esta comedia narra la historia de Tuco (Raúl Zuin) un operario metalúrgico que a punto de jubilarse y “alentado por los muchachos del café” decide abandonar todo, trabajo y familia, con el propósito de cumplir el sueño de su vida: cantar, y cantar como Gardel.
El Mingo, un atorrante del bar, le hace creer a Tuco que tiene que dedicarse al canto y le promete que conseguirá una orquesta para que lo acompañe. Este soñador, que no quiere resignarse ante la vejez, se encierra en el altillo de su casa para ensayar, y allí entra a tallar la figura de su amigo del alma, Sebastián (Juan Montes).
Sebastián llega a “visitarlo” a instancia de la familia de Tuco, que preocupada por su estado de abandono y su locura fue a buscarlo para que intentara hacerlo claudicar y ponerlo nuevamente en sus cabales. Sebastián debe luchar consigo mismo para que su amigo no se dé cuenta de “la traición”.
La trama que trama
Algo más se esconde detrás de esta historia que habla de la libertad escrita en tiempos de la opresión. Mientras la dictadura lo oscurecía todo, esta pieza que parece laxa y sin tintes políticos tiene consigo un mensaje claro -bien representado por Zuin y Montes-: ¿qué decisiones deberíamos haber tomado en otros tiempos? ¿Qué es la locura? ¿Acaso ser lo que uno desea?
El eje de la pieza dramática se basa justamente en esa cuestión, en “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”, como dice el tango de Gardel.
Con una buena utilización del escenario, buena iluminación y una destacada actuación, los personajes hacen que el tiempo vuele y que uno desee que jamás las luces se apaguen ni el telón baje.
Y eso sucede porque no solamente se dedican a repetir un diálogo mirando la nada, sino que sus expresiones dicen algo, sus ojos hablan y hasta el movimiento de sus manos transmiten una tensión que va en crecimiento hasta finalizar con un abrazo al corazón.
Con lo simbólico, con lo dicho y lo no dicho, los 45 minutos se esfuman y a uno no le queda más que aplaudir, para luego volver a casa pensando en el valor de la amistad, en la importancia del otro y con el deseo (y la duda) de haber elegido bien la ruta por la que viaja.
