Un debate necesario

¿Todos de acuerdo o todos callados?

domingo, 2 de abril de 2023 · 08:45

Se acabaron los debates. Se terminó la discusión. ¿Será que estamos todos de acuerdo o que estamos todos callados?

Asistimos a un sinnúmero de expresiones artísticas que terminan diciendo nada o gritando lo mismo mil veces. Días en donde todas las películas se parecen, los diarios son similares en sus opiniones y la literatura enarbola algo que ya fue dicho mil veces.

Tal vez por cautela, ante el miedo, la cancelación, o un falso progresismo, los pensadores caminan siempre sobre un mismo color, optando por variaciones, pero con las mismas expresiones al final.

La acertada idea de pensar en políticas sociales orientadas hacia el desarrollo del estado de bienestar, la defensa de los derechos civiles y la participación ciudadana, entre tantas otras cosas, ha reducido todo a un laberinto que siempre tiene la misma salida.

Así observamos la abundancia de lo políticamente correcto y la falsa y forzada inclusión de las minorías por medio de las palabras, pero no en las acciones.

El cine de la gran industria, que se enteró durante esta década que existe la diversidad, ahora está repleto de clichés y golpes bajos que movilizan al principio, pero (como todo lo dulce) termina relajando.

Las clases políticas se llenan la boca con causas legítimas, pero las acciones del Estado terminan en la nada misma con un séquito de aplaudidores de turno.

Cierta militancia, que lucha para que ningún camino recorrido sea en vano, terminó cayendo en un bache, discutiendo lo mismo mil veces (“pero desde otra perspectiva o con un nuevo paradigma”) y parece ser un perro que se muerde la cola.

El terror -y el temor- es que muchos idealistas, optimistas o ingeniosos del pensamiento se estén callando en estos momentos por miedo a que su opinión no solamente no sea “acertada” según las consignas de lo políticamente correcto, sino también porque saben que por más que pidan perdón -por haber “apuntado mal” su reflexión- terminen siendo sepultados en el silencio: una catarata de publicaciones en las redes sociales y el dedo acusador de muchos que tal vez pensaron como él, pero no lo dijeron.

Momentos en donde es más fácil apuntar -sintiendo autoridad moral para hacerlo- y donde parece haber emergido un catálogo de las buenas conductas y del buen pensamiento.

¿Podrías vivir toda tu vida comiendo lo mismo? ¿Podrías pasar toda una existencia creyendo en lo mismo? La pelea que debe desatarse es por la duda, que es uno de los nombres de la inteligencia. Si nadie discute con nadie es porque todos están de acuerdo, y eso es un problema. Y cuando hablamos de discusiones no ilustramos un ring figurado donde las personas suben a agredirse, sino del intercambio de opiniones, siempre necesario para el crecimiento humano. Uno no puede vivir si no está atravesado por el otro, uno se crea en la sociedad y no hay un “yo” sin un “tú” por más que nos pese.

 

¡Está todo bien!

Podría suceder que uno no se esté dando cuenta y que ya la sociedad esté muy conforme, que los problemas se hayan resuelto y que todo tenga que quedar así, como está: el Estado y los artistas aplaudiéndose los unos a los otros, las películas y los espectadores celebrándose entre ellos y los creadores produciendo algo que les guste a todos, como si los pensamientos fueran alimentos universales que buscan ser comercializados a nivel global.

Y no se está apuntando contrariamente a la defensa de derechos, ni a la igualdad, sino al organismo de delación apresurado -incluso entre comunicadores- que termina generando una opinión unidireccional de varios y el mismo discurso repetido como un Padre Nuestro. ¿Hay vacas sagradas?

 

Yo acuso

En enero de 1898, el conocido autor francés Émile Zola se refirió al caso Dreyfus a través de un artículo titulado “Yo acuso... (J’accuse)” en el periódico L’Aurore. La opinión de Zola cambió la opinión de muchos intelectuales, les abrió la cabeza y los hizo reflexionar ante un caso trascendental en la historia del país ubicado en el antiguo continente.

¿Qué fue el caso Dreyfus? En 1897, el oficial Alfred Dreyfus -de Estado Mayor francés de origen alsaciano y de fe judía- fue acusado injustamente de haber entregado documentos a Alemania y fue condenado a cadena perpetua y enviado a la isla del Diablo (en la Guayana Francesa). Su familia organizó su defensa y el verdadero traidor fue identificado: el mayor Walsin Esterhazy, reconocido por el teniente coronel George Picquart, jefe del Servicio de Inteligencia Militar. Sin embargo, Picquart fue destituido, maniobra destinada a impedir la reanudación judicial del caso. A pesar de todo, el apoyo creciente a Dreyfus obligó al Estado Mayor del Ejército a llevar al mayor Esterhazy ante un Concejo de Guerra; fue absuelto por unanimidad el 11 de enero de 1898.

En medio aparece el novelista (Zola), quien se siente interpelado ante este veredicto escandaloso y se siente empujado a intervenir exponiéndose personalmente a ser procesado por un tribunal de primera instancia civil y no militar. Fue condenado a la pena máxima y exiliado a Londres. No obstante, el juicio sacó a la luz los defectos de la acusación contra Dreyfus, lo que dio lugar a la revisión de su caso.

Como Émile Zola, en su alegato defensor, varios fueron los que alzaron las voces en diversas ocasiones, y abrieron un debate social necesario para el crecimiento. Hoy, con tantos recursos y redes que nos conectan, parece que todos utilizamos la inmensidad para decir lo mismo.