NOTA Nº 359, Coordina Jesús Chirino - Enrique Dussel: su legado intelectual para el sur global
Pionero de la filosofía de la liberación
El pasado 5 de noviembre murió en la ciudad de México el reconocido filósofo Enrique Dussel (1934-2023). Su legado intelectual implica una enorme riqueza para el pensamiento filosófico ético/político latinoamericano.Escribe Guillermo Recanati
(Filósofo especializado en pensamiento latinoamericano)
(Especial para El Diario)
Enrique Dussel, argentino de nacimiento, mexicano por adopción, latinoamericano por convicción, ha sido uno de los pensadores actuales de mayor reconocimiento a nivel internacional. Su elevada formación en filosofía, teología e historia, le ha permitido contar con un amplio conocimiento histórico-crítico e interdisciplinario que se manifiesta sobradamente en su extensa obra.
Desde la década de 1960, luego de regresar de Europa a su tierra natal, emprende un largo “camino” intelectual que llegará hasta el presente y que será solo comparable con aquellos que han “transitado” los grandes pensadores de la historia.
La novedad de entender al pobre como categoría principal de análisis hermenéutico, (quien, desde su posición periférica, posee otra perspectiva de la realidad), así como la insistencia en concebir a la filosofía como compromiso con ese pobre sufriente, le valieron el reconocimiento de pionero (junto a otros) de una nueva corriente de pensamiento (periférico) denominada Filosofía de la Liberación.
El conocimiento de la obra de este autor es clave para un acercamiento comprensivo de la filosofía contemporánea a nivel global; pero, sobre todo, para poder entender la riqueza de la filosofía latinoamericana y la importancia de reconocer que todo pensamiento se encuentra siempre, e irremediablemente, situado. Sondear en los textos de Dussel conlleva necesariamente a “enfrentarse” cara a cara con el “rostro del Otro”; a descubrir en ese Otro a la mujer maltratada y abusada, al niño explotado, al anciano olvidado, al hambriento que interpela mi saciedad; en definitiva, a ese ser humano que con su corporalidad viviente (y sufriente) clama por su vida, y ante cuya interpelación solo puedo responder “me voici”, “heme aquí”. Tal descubrimiento a partir de la lectura de este filósofo, quien, a su vez, se ha nutrido de los “revolucionarios” postulados levinasianos o marxistas (entre otros), pero, de modo particular, de la irreemplazable experiencia del rostro del pobre latinoamericano (o de otras regiones del Sur), posibilita, a quien se interna en su obra, superar la ingenuidad (fetichistamente provocada) de un pensamiento totalitario/totalizador.
Ahora bien, para que las interpretaciones de su propuesta sean lo más cercanas posibles al locus enuntiationis del autor, resulta necesario realizar un breve recorrido por su itinerario biográfico/intelectual. Dussel nació en 1934 en un pequeño pueblo llamado La Paz, en la provincia de Mendoza, Argentina. Luego de unos años en Buenos Aires, adonde su familia tuvo que trasladarse, volvió a Mendoza. Allí militó en la Acción Católica y comenzó su preocupación/acción por los más desamparados de la sociedad. Sus lecturas de las obras de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila o San Bernardo se intercalaban con visitas a los hospitales, acciones sociales y militancia gremial y política. En la Universidad, junto a otros compañeros, fundó la Federación Universitaria del Oeste (FUO) y asumió la presidencia del centro de filosofía y letras. En esa época (concretamente en 1954) es apresado, con algunos de sus compañeros, por manifestarse y efectuar acciones en contra de Perón. Esta etapa de su vida reviste, para Dussel, un momento importante de intensa formación en su personalidad práctica, intelectual, social y política. La lectura de los grandes filósofos (Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Leibniz, Scheler, Heidegger, etc.) en sus lenguas originales, le otorgaron un conocimiento profundo y sólido del pensamiento filosófico occidental en general. Aunque aún le quedaría mucho por conocer, indagar, investigar y descubrir en los años sucesivos.
En 1957, finalizados sus estudios de grado, consigue una beca en Madrid. Y, parece paradójico, pero es desde Europa que logra descubrir realmente a América Latina. La concepción que antes tenía de ésta queda en el pasado. Desde el otro lado del océano, se percata de que dicha concepción tenía que ver con su propia subjetividad alienada a una perspectiva cultural europea. Defiende en Madrid su tesis doctoral titulada “Problemática del bien común en el pensar griego hasta Aristóteles”. Allí se vislumbra que el autor comienza a intuir la importancia de la “radicalidad ética del Otro”, su “absoluta exterioridad”, su “persona”, con respecto a la “totalidad”. Ese sería luego el fundamento de su filosofía política personalista. Después de la defensa de su tesis, se traslada a Israel donde, junto a Paul Gauthier (sacerdote y obrero francés) y a un grupo de árabes, trabaja como carpintero y pescador. Esta experiencia de pobreza, trabajo duro, privaciones y hasta el calor del desierto, redirigen sus reflexiones filosóficas hacia los pobres, dominados y excluidos del mundo. Allí es cuando se propone escribir la historia desde abajo, desde el ser humano sufriente, desde los pueblos periféricos, los analfabetos, desde aquellos que “no tienen historia”, pero que, sin embargo, son portadores de una sabiduría que va más allá de la lógica de los grandes eruditos del centro. A partir de esta experiencia de dos años, ya en Francia, escribe sus dos primeras obras entre 1961 y 1964, “El humanismo helénico” y “El humanismo semita”. En la primera, señala la importancia de que la filosofía latinoamericana se desprenda –en cuanto punto de partida– de la experiencia existencial griega, tan diferente a la de los pueblos latinoamericanos. Aunque acepta que la filosofía como método haya surgido en Grecia, distingue, sin embargo, “filosofía como tema” de “filosofía como método”. Además, en este texto comienza su crítica a una concepción de la Modernidad Europea que concibe a Grecia como su génesis. En el otro texto, “El humanismo semita”, el autor busca demostrar que las culturas de estos pueblos semitas, al partir de la “nada” como “realidad creadora”, permiten entender al ser humano como una unidad antropológica; lo cual será terreno fértil para la futura propuesta ético-política dusseliana, que utiliza como “lugar” de reflexión crítica la mirada del pobre que es oprimido, excluido y explotado, padeciendo tales injusticias en su propia “carne”. Se trata de la “nada”, del no ser, que se constituye ahora como una auténtica realidad desde donde es posible construir una nueva filosofía. De regreso en Europa se dirige a París, donde se gana la vida como bibliotecario (trabajo que le permite acceder a muchas obras que utiliza para escribir sus primeros textos) y, además, tiene la oportunidad de asistir a las clases de Paul Ricoeur en La Sorbona. Algunos de sus compañeros habían sido soldados en la guerra de liberación en Argelia. En esta época conoce el pensamiento Merleau-Ponty, de Husserl y el personalismo-fenomenológico del mismo Ricoeur. Estas lecturas le permitieron comenzar a cambiar su horizonte categorial. Una transformación difícil, dura, exigente. El proyecto latinoamericano iba tomando forma. Este tiempo considerado por algunos comentaristas como tiempo de preparación para la Filosofía de la Liberación, puede dividirse en dos momentos que serán cruciales para su futuro proyecto filosófico: 1) la influencia que recibe de Ricoeur, en especial, a través de su texto “La simbólica del mal”; 2) su permanente interés en buscar el lugar que Latinoamérica ocupa en la Historia Universal. Para tal fin se valió de las reflexiones de Leopoldo Zea plasmadas en su obra América en la Historia.
Más tarde consigue una beca y se dirige a Alemania. Allí, conoce a quien luego será su esposa. Además, completa sus estudios de historia y realiza una tesis doctoral titulada “El episcopado latinoamericano, institución misionera en defensa del indio (1504-1620)”. Para llevar a cabo la investigación, se dirige a Sevilla durante tres veranos para trabajar en el Archivo General de Indias, siempre con el objetivo último de encontrar el lugar de América Latina en la Historia Universal. Es por eso que en 1966 expone una conferencia a la que le da el título de “Hipótesis para el estudio de Latinoamérica en la Historia Universal”. Así culmina su larga estadía en el “Viejo Continente”. La experiencia que lo marcará para siempre y que determinará el rumbo de su vida e itinerario intelectual, es expresada por nuestro filósofo con palabras cargadas de emotividad, a través de las cuales manifiesta que en ese largo viaje “…Toqué a una América Latina y a un Tercer Mundo que me habían sido absolutamente desconocidos. Yo deseaba ir con pasión a Europa y yendo hacia ella había descubierto, para siempre, el mundo periférico que había estado antes fuera de mi horizonte”. De regreso en Argentina, ejerce la docencia como profesor de Ética, en Mendoza. En esta época comienza a trabajar también como profesor adjunto en las cátedras de Antropología y Ética, en la Universidad Nacional de Resistencia. Permanece allí hasta 1975, año en que fue censurado y expulsado de dicha Universidad junto a otros profesores. Después de padecer diferentes tipos de persecución (incluida la bomba que explotó en su propia casa) se exilia en México, donde se radicará hasta el final de su vida. Es por esto que Dussel afirmaba recurrentemente que Argentina es su primera Patria chica, México la segunda y América Latina su Patria Grande.
Será en este período inicial en el que Dussel irá descubriendo la necesidad de filosofar desde una perspectiva “periférica” y no ya “a la europea”; además, en el marco de una naciente Filosofía de la Liberación, recibirá las influencias fundamentales de Emmanuel Levinas y de Karl Marx. El primero tendrá mucha importancia en Dussel, quien asume en esta época su planteo fenomenológico y la categoría de Alteridad; el segundo será clave en su futuro desarrollo filosófico ético-político/religioso, ya que, entre otros elementos, Dussel asumirá del europeo la categoría de Exterioridad, el lugar que el de Tréveris le otorga a la cuestión del fetichismo y la relación particular entre el ámbito político y el religioso. Luego de un minucioso estudio histórico geo-político/religioso que Dussel llevará a cabo contando ya con un conocimiento más acabado de Marx, reasumirá los postulados marxianos y, a partir de su nueva hermenéutica latinoamericana, llevará a cabo el planteo crítico ético-político/religioso y su propuesta desfetichizadora y liberadora que llegará hasta la actualidad y que se encuentra plasmada en su extensa obra.
En adelante, su permanente esfuerzo por buscar caminos de liberación a nivel político, religioso, académico, estético, cultural, etc., su incansable tarea de dialogar con otras perspectivas y difundir su propuesta por todo el mundo, implican un enorme aporte para el pensamiento liberador en el Sur global.
En un mundo cada vez más degradado, dividido, con sectores cada día más hambrientos, desarropados, envenenados, encerrados tras los “muros”, la “filosofía” posiblemente se transforme en “verdadera filosofía” en la medida en que sea capaz de ensayar respuestas concretas a preguntas también concretas. Respuestas “útiles” (desde la perspectiva del mismo “pobre”) a tantos “rostros” sedientos de justicia, y soluciones reales al grito desgarrador del “pobre” que clama: “tengo hambre”, o al pedido casi des-esperado del que suplica: “no me mates”. Tal filosofía se convertirá en auténtica filosofía en la medida en que sea capaz de responder “me voici”, “heme aquí”, a tantos rostros sufrientes e interpelantes.
1 Cf. E. Levinas, “Ética como Filosofía Primera”, en A parte Rei. Revista de Filosofía, Nº 43, enero de 2006.
2 Cf. E. Dussel, “En búsqueda del sentido. (Origen y desarrollo de una Filosofía de la Liberación)”, en Revista Anthropos: huellas del conocimiento. Enrique Dussel. Un proyecto ético y político para América Latina, Ed. Proyecto A Ediciones, Nº 180, Barcelona, septiembre-octubre, 1998, 14-15.
