DESDE EL INSTITUTO?SAN ANTONIO de Villa María

La señorita Nilda

Transcurría la década de 1970, la de los grandes conflictos ideológicos donde se mezclaban rebeldías, revoluciones, ideales, cambios, democracias, dictaduras y totalitarismos. Década en la que la Guerra Fría hacía estragos, principalmente en los países menos desarrollados. Todo se cuestionaba, aun los dogmas que, aunque grabados en piedra y sostenidos por siglos de tradición, caían ante las nuevas ideas. Este ambiente lo inundaba todo; no había institución ni actividad que se pudiera sustraer a esta tendencia. Ni aun un pequeño colegio de Villa María.

La década de 1970 vio como el tradicional Colegio San Antonio, que desde el principio del siglo era dirigido y habitado por las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas, se quedaba huérfano de ellas que, al calor del Concilio Vaticano II, emprendían un nuevo rumbo en su vida de oración, votos y obediencia. Sí, la rebeldía se había hecho su lugar en la casa de las franciscanas de Villa María y en masa dejaron el claustro monacal para entrar en la vida civil. ¿Conmoción? Sin duda. Parecía una película de ficción, un relato inventado, ver a las monjas, que por años habitaron el Colegio del frente de las vías, sacarse el hábito y ponerse el pantalón o la pollera. Los tiempos estaban cambiando.

La mayoría de las familias que enviaban a sus hijas al colegio de las monjas vieron azoradas cómo, de un día para otro, el pequeño universo en que habían confiado para educar a sus hijas sufría una conmoción inexplicable. Muchas de ellas, la gran mayoría, comenzaron a retirar a las alumnas y el Colegio se fue quedando vacío. Era como un barco sin timón. El cuerpo docente hacía lo que podía para capear el temporal donde también se daban los debates en torno al rumbo que se debía seguir. No eran tiempos fáciles para el San Antonio. La grieta de los 70 había carcomido los cimientos del pequeño colegio.

Todo parecía haber llegado a su fin, la vida del pequeño colegio estaba en peligro. Las aulas no llegaban a la docena de alumnas y el prestigio que alguna vez tuvo estaba herido de muerte.

Sin embargo, el Obispado de Villa María, preocupado por la situación en que se encontraba la institución escolar, decidió intervenir para evitar lo peor. No podía permitir que el colegio católico más antiguo de la ciudad cerrara sus puertas. Monseñor Antuña, sacerdote preocupado por la tarea educativa en esta Diócesis, impulsor de los colegios parroquiales que estaban surgiendo a lo largo y ancho de la misma, hacía poco tiempo que había nombrado al frente del colegio secundario de Las Perdices a una joven profesora de Matemáticas y Física, egresada del Instituto Bernardino Rivadavia, el mismo en donde la pedagogía lograba entroncar las viejas con las nuevas ideas en la mente del destacado Antonio Sobral. La profesora se llamaba Nilda Nelly Gamacchio. 

¿Hacerse cargo de un colegio a la deriva dejando otro que estaba naciendo y creciendo a pasos agigantados? ¿Dejar el secundario que ella estaba dándole forma para tomar un vetusto colegio en crisis terminal? Era una decisión complicada y quizás más de uno hubiera preferido continuar en lo seguro que arriesgarse a navegar en aguas tan complicadas. Pero… era la Señorita Nilda, esa a la que los desafíos la entusiasmaban más que a nadie. Y su respuesta seguramente sorprendió hasta al propio Antuña: ¡Sí, me hago cargo! Era el año 1978.

Los primeros tiempos no fueron fáciles. Nilda era una mujer impetuosa, a la que el hacer le llamaba más la atención que el pensar. Era dinamita pura; se le ocurría una idea y hasta su concreción no paraba. Tenía el ímpetu de la juventud, las ganas de renovar de los tiempos que vivía, la convicción de saber el tipo de colegio que quería refundar y, por sobre todo, la plena confianza en que su plan le devolvería el brillo perdido al viejo San Antonio.

Poco a poco, la mujer educada en la escuela de Sobral fue dejándose enamorar por el pensamiento y la acción de la Beata Madre María del Tránsito Cabanillas. Lo más probable es que Nilda ni supiera quién era, pero cuando la conoció en sus contactos con las hermanas franciscanas, se enamoró de esa otra mujer que en condiciones tan adversas, pero un siglo antes, supo construir desde los cimientos una obra escolar en pro de las niñas más humildes y desamparadas de la ciudad de Córdoba. ¿Imitarla? No, la Señorita Nilda era muy inteligente y creativa como para plagiar a la fundadora. ¿Recuperar su carisma para refundar el San Antonio? Eso sí, ahí estaba la clave.

Imaginariamente, Nilda tomó la canastita y salió a recorrer Villa María. No dejaba puerta sin golpear, de la autoridad o persona importante de esta ciudad. Pedir ayuda no era un inconveniente para ella, su humildad era a prueba de balas. Jamás se dejó lisonjear porque detestaba el servilismo, porque en mujer de tanto carácter y temple, la lisonja y el servilismo eran señales de debilidad y cobardía. Había que sanear la economía del colegio y llenar las aulas de alumnos. ¡Vaya tarea! Lo primero era fácil, porque para convencer era mandada a ser; lo segundo exigía mucho esfuerzo, porque debía recuperar la confianza de la sociedad en el Colegio San Antonio. Y ahí, típico de ella, la que avanzaba aun cuando el vendaval se abatía con fuerza, transformó el tradicional colegio de niñas en colegio mixto. Las voces femeninas que por más de setenta años se habían escuchado en el San Antonio ahora se cruzaban con las voces de los varones, creando un nuevo y maravilloso universo donde la tarea de educar y aprender se relanzaba con ímpetu. Pero ese nuevo microcosmos que imaginó tenía que reflejar a toda la sociedad, ser multiclasista y multicultural. A nadie se le cerraba la puerta del colegio; todos estaban invitados a integrarse. Sí, hasta esos revoltosos que se tenían que ir expulsados de las otras escuelas. Nilda creía que todos tenían que tener una segunda oportunidad. ¿Lo económico podría ser un obstáculo? Nunca, las becas, las autobecas, las charlas con las familias que no podían costear los estudios de sus hijos, eran frecuentes en los días de la Señorita Nilda. A nadie, ni por nada, se le cerrarían las puertas del Colegio.

Esta diversidad que se había encarnado en el San Antonio fue aprovechada por Nilda para su programa ambicioso: el San Antonio tenía que recuperar su prestigio formando ciudadanos libres, formando personas de bien, formando varones y mujeres en los ideales franciscanos. Y para eso necesitaba un profesorado que la acompañara en su tarea; no lo dudó. Apostó por jóvenes casi sin experiencia, pero formados en las nuevas pedagogías; los rodeó de los viejos profesores que, repletos de experiencias y saberes, los iban a acompañar en la gran tarea de enseñar, y quiso que sus profesores fuesen la representación de esa escuela plural en la que ella creía. Los buscó de diversas ideologías, de distintos lugares, pero haciéndoles jurar que perseguirían hasta el fin el gran objetivo que se había fijado: educar para la libertad, para la responsabilidad y para el servicio. El sueño de Nilda empezaba a tomar forma.

Creó el Bachillerato Frutihortícola, porque creía que nuestra zona tenía un enorme potencial desaprovechado en lo referido a la producción de alimentos más allá de lo lácteo. Creó la Fundación para el Desarrollo Regional, desde la cual se encadenaría el trabajo en conjunto entre la escuela y las empresas para hacer del colegio no solo un ámbito del saber, sino del saber para hacer. Compró un campo para convertirlo en área experimental en donde el saber y el hacer se dieran la mano para transformar lo potencial en realidad. Motivó a los docentes para que llevaran las actividades del colegio más allá de las paredes del aula: viajes de proyecto, competencias, certámenes, todo lo que se diera afuera del colegio tenía que tener la presencia de los alumnos del San Antonio. Incorporó las nuevas tecnologías que iban surgiendo y motivaba para que los profesores aprendieran a usarlas. Luchó a brazo partido para proteger a sus profesores y alumnos; y estuvo siempre al lado cuando alguno la necesitaba. Nadie le decía que no, pero no por miedo, ni siquiera por respeto, sino por el amor que sentíamos por ella. Vivía para el colegio, era su gran obra, era su sueño hecho realidad. Decidió premiar el mérito y para eso estableció que los abanderados y escoltas de los colegios primarios de Villa María y de Villa Nueva iban a tener su lugar en el San Antonio sin pagar un centavo durante toda su secundaria. Se subía al colectivo y se iba a Buenos Aires o a Córdoba cuando un MAB de alta no era respondido en tiempo y el sueldo del profesor no llegaba. Su vida era pura acción, pero puesta al servicio de los demás.

Pero como a todos, también el tiempo pasó para la Señorita Nilda. Era el año 1998 cuando nos avisó que se jubilaba. La entendimos, porque ya necesitaba descansar, pero internamente nos corrían las lágrimas sabiendo que esa mujer, que fue más que una Directora, iba a plegar sus alas para que otros tomaran la posta. Ella ya había hecho su tarea. Ella, la Nilda, la Señorita Nilda, había cumplido su sueño: el viejo Colegio San Antonio, de nuevo, estaba en pie, vivo, fuerte y caminando los pasos que hace más de cien años imaginó nuestra Madre María del Tránsito.

Profesor Germán Bicego