El cine en tiempos de falso progresismo
Sobre lo políticamente correcto
La falta de diferenciación entre la inclusión y lo forzado y el marketing tejido entre las luchas sociales volvieron a las pantallas en elementos meramente reproductores que buscan seguir perpetuando las clases dominantes. Los estereotipos no se rompen tan fácilmenteEl arte, aquello que está apuntado a conmovernos, generar debates y movilizarnos, sufre por estos momentos cientos de condicionamientos. El contexto, las palabras que se utilizan, las imágenes que se reflejan o la situación social que emitan están eternamente en tela de juicio.
El supuesto progresismo, que sostiene en su concepto las banderas del desarrollo del bienestar, la defensa de los derechos civiles, la participación ciudadana y (cierta) redistribución de la riqueza, no son más que una fachada para que los mismos de siempre sigan ocupando sus sitios de poder. Entregan pan, circo y cobran por ello.
El cine, a modo de ejemplo, ha terminado siendo no más que una conexión de algoritmos apuntada a satisfacer a todos y no ofender a nadie. El encastre y la sumatoria de elementos, tramas y personajes innecesarios –solamente para estar a la vanguardia- han generado que cada vez las producciones sean más bajas, con menos desarrollo e inferiores.
Las películas incómodas hoy por hoy son aquellas que exponen la ultraviolencia, el gore o situaciones de sexo explícito (Titanium, 2021, por ejemplo). Esto no es más que algo parecido a la poesía de Charles Bukowski, aquella a la que todos los noveles poetas quisieron aspirar para ser célebres.
Es que con sus descripciones escatológicas, Bukowski fue un rupturista. El resto, malas copias que escriben un insulto y aprietan la tecla Enter para poner otro insulto por debajo.
El problema de esta “corrección política” es que –de alguna manera- ha llevado todo a la censura. Cuando algo no le gusta a la masa (o a una minoría) pasar a ser políticamente incorrecto. Solo basta con que cinco personas en las redes sociales se quejen de algo para que la industria cambie completamente su mensaje.
Precedente
Las empresas cinematográficas han generado modificaciones desde tiempos inmemorables. No es algo de ahora ni de la generación de cristal, sino algo que se puede remontar a cualquier época.
Un ejemplo de esto puede ser La Naranja Mecánica, aquella conocida película que incluso fue reformada para ser llevada a la pantalla grande.
En la novela publicada en 1971 por Antonhy Burgess, el personaje principal protagonizaba el intento de violación de una nena de 10 años. Más tarde, el director Stanley Kubrick –en su película homónima- modificó la situación y puso en foco a una mujer entrada en años. Eso es corrección política, y no está mal pensando en la situación de los mercados y el consumo de cine. Puede pensarse en una adaptación para hacer más digerible el mensaje. Aun así, La Naranja hoy cayó en el olvido y el canon ha sido modificado de modo secreto.
Pero hubo otro hecho que no es corrección política y se lo tomó como tal: hace un par de años Disney anunció que Ariel, personaje principal de La Sirenita, iba a ser protagonizada por una mujer negra (Halle Bailey). Eso sí irritó, el hecho de que La Sirenita sea negra molestó y apuntaron a que se buscaba la corrección política. Falso, se hablaba de inclusión, que es completamente distinto. La historia no cambia, el guion tampoco y el mensaje, seguramente, iba a ser el mismo.
El problema también está marcado en la falta de información y el poco acceso que había antes de las redes sociales para exponer la disconformidad.
A modo de ejemplo, Hombres de Negro (Men in Black), película exitosa de los 90 que tuvo a Will Smith en un papel destacado, tenía al célebre actor en el papel del Agente J que distaba demasiado de su color de piel. El filme nació de un comic y, en el comic, el personaje era blanco y rubio. ¿A alguien le gustó más o menos la película porque Smith es negro? Exacto.
Pararse y saber el contexto social (además de asumir que es ficción) puede sumar. Ya sabemos lo que está mal. Avanzamos a nivel social, hay derechos adquiridos, mensajes que no pueden ser reproducidos, pero de ahí a esconder debajo de la alfombra lo creado por los hombres no es más que hipocresía. En ese marco, la idea de corrección política hace que todos sientan tener “un muerto en el placard” y los comediantes, a modo de ejemplo, hoy trabajan con temor.
Y el problema de la industria es que ella misma es la que se ha ocupado de demonizar y estigmatizar desde tiempos inmemorables. Esto, obviamente, también apoyado por la televisión, los medios de prensa en general y todos los reproductores de aquel pensamiento de plástico.
¿Qué personaje moría primero en una película policial? Sí. El negro. ¿Qué mujer asesinaban primero? A una rubia, voluptuosa y con poca ropa. Ahí está, está todo dicho, sabido y conocido. Imposible es esconder algo que se sabe solamente con revisar películas de antaño. Que está mal, lo sabemos. Pero que hoy dirijan la moral, forjando y pregonando la inclusión donde es innecesario, realmente incomoda más. Un ejemplo es la película de los Cuatro Fantásticos, donde se sumó a un personaje negro –sabiendo que no había tal en el dibujo animado- o la versión de Los Cazafantasmas, con cuatro mujeres no hegemónicas. Esta idea capitalista de hacer una versión más divertida, quitarle lo subversivo y vender un producto utilizó la excusa de la inclusión como motor para su venta: es decir, Marketing.
Historia de la corrección política
Para hablar de terminología, podemos remontarnos a la historia y hacer un recuento.
En 1973, el término “políticamente correcto” se comenzó a utilizar con mayor frecuencia cuando apareció una sentencia de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre una demanda. La idea era que “el pueblo de Estados Unidos” pase a ser “Estados Unidos”.
En 1940, cuando los movimientos marxistas y leninistas fueron tomando protagonismo, la frase se utilizó para acusar a quienes, de modo dogmático, aceptaban los pensamientos de tales pensadores. Allí, seguir las doctrinas estaba mal visto. En los 60, en Estados Unidos, los políticos cercanos al partido republicano clamaban que las protestas contra la Segunda Guerra Mundial era políticamente incorrectas.
En los 70, el término volvió, pero utilizado por la Nueva Izquierda Estadounidense. Pero ya apuntado a las cuestiones machistas. Ser políticamente correcto era no ser progresista ni feminista.
Ya en los 80 y 90 apareció otro debate referido a los status. En ese contexto, las universidades no le daban espacio a las mujeres y a los negros. Allí, diversos grupos militantes se pusieron a luchar para la inclusión y se los llamó “políticamente correctos”, pero como un insulto.
En 2015, Donald Trump –presidente por aquellos momentos de Estados Unidos- rubricó el sintagma peyorativo de Bebé Ancla (“Anchor baby”). Esto se determinaba a que muchos inmigrantes tienen hijos en tal país para obtener la ciudadanía. En algunos cayó mal, mientras que otros hablaron de “corrección política”. El término, generalmente, apunta a una referencia despectiva. En Canadá también sucede lo mismo, pero con otro nombre: “Bebé pasaporte”. Según el poder de turno, la carga puede ser positiva o negativa.
Pero ser políticamente incorrecto no tiene que ver con decir una verdad incómoda, sino con la construcción de un discurso que quita derechos, estigmatiza, genera racismo y odio.
¿Qué sucede entonces? El sentido (positivo/negativo) de la corrección política va de la mano de lo que le convenga a los grupos de poder concentrados.
En el medio, el cine tuvo utilizaciones propagandísticas, quiso ser vehículo de moral y patriotismo, pero siempre autocensurándose o creando (hoy) contenidos que rebasan las plataformas de streaming con minutos y minutos de nada. Hay que distinguir, en este caso entonces, la doble moral y el falso progresismo.
El caso de “Lo que el viento se llevó” sirvió como la punta del Iceberg para saber qué y quiénes fueron los yankees.
Cerca de la censura
En medio de todo esto emerge algo de lo que hay que tener cuidado. La Cultura de la Cancelación. Este fenómeno que busca retirar apoyo (moral, financiero, digital e incluso social) a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles por no estar a la altura de las expectativas que existen sobre ellas. Pero no solamente se los cancela con el hecho de ignorar, sino con el hecho de boicotear.
Luego de la crisis del 30, en Estados Unidos se aplicó el código Hays (ver aparte); la sociedad, hoy, está construyendo uno propio de modo inconsciente. ¿El espectador está de acuerdo con lo que él piensa respecto a un filme o repite lo que dice tal político, crítico o periodista “especializado”?
Mirá quien no habla
Si realmente se piensa en la igualdad, se podría pensar (y empezar) en algo tan simple como el Test de Bedchel, a saber: se trata de un método para evaluar la brecha de género en las películas en general.
Para que una película cumpla los “requisitos” tiene que haber tres cuestiones: aparecer al menos dos personajes femeninos que mantengan una conversación y que no tenga que ver con un hombre.
Hay películas famosas que no lo superan, algunos ejemplos: Top Gun; Avatar; Toy Story, la trilogía Star Wars, El Quinto Elemento; Perros en Reserva; The Truman Show; Volver al Futuro y más.
Bien, sabemos ahora lo que suma y lo que resta. ¿Nos gustan más o menos algunas películas? No. Seguramente antes de leer esta nota no pensábamos igual, pero ahora se suma una herramienta para mirar todo con otros ojos, pero sin esconder lo que nos molesta ni resaltar cuán progresistas somos. El arte es arte.
Eso sí, que hay huellas irritantes, eso no se niega. Que hay cine que da asco por su creación también es cierto. Películas como El Nacimiento de Una Nación o La Fiesta de Todos, amparada por la dictadura en nuestro país, son una clara demostración de cómo la industria termina siéndole servil al poder de turno y que la ideología se puede legitimar a través de productos y medios completamente innobles.
Acerca del Código Hays
El Motion Picture Production Code, más conocido como código Hays, fue un código de producción cinematográfico que determinaba, en las producciones estadounidenses, con una serie de reglas restrictivas, qué se podía ver en pantalla y qué no.
Creado por la asociación de productores cinematográficos de Estados Unidos (MPAA) en 1930, describía lo que era considerado moralmente aceptable. Fue escrito por uno de los líderes del Partido Republicano de la época, William H. Hays, uno de los principales miembros del MPAA, y se hizo popular bajo su apellido.
El código Hays tuvo en un principio un carácter progresista: antibelicismo, protección de las clases bajas, denuncia de los abusos de los poderosos, etc., puesto que trataba de paliar los efectos del crack del 1929 y la subsiguiente crisis económica que asoló los EE.UU. hasta el fin de la segunda guerra mundial.
Pese a todo, el código Hays constituyó un sistema de censura, que prohibía la exhibición en Estados Unidos de la mayoría de las películas europeas o independientes que a menudo violaban el estilo de Hollywood o no representaban el modo de vida norteamericano.
