Josecito Berardi vuelve al ruedo

Con la misión de hacer bailar

El tradicional músico retorna a los escenarios con una nueva propuesta y habla de todo. Su decisión de modernizar el estilo, el recuerdo de Lucarelli y su perspectiva del género
domingo, 15 de mayo de 2022 · 10:30

Tal como cuando era un niño de 5 años, José Berardi sigue enamorado de la música y este 2022 lo encuentra con nuevos proyectos. El conocido músico de cuarteto característico sabe mucho de pasodoble, folk, fox y todo aquello que nos hace sonreír y bailar.

“Soy Josecito, más allá de que sea una persona grande, es el apodo que me pusieron cuando empecé y todavía continúa”, detalla en diálogo con El Diario.

Berardi, un confeso enamorado de su instrumento

Integrante de la última época de Serpentina, alumno del maestro Oscar Lucarelli y también gestor de su propio proyecto, Berardi ya lanzó su nuevo corte discográfico “Mi corazón es gitano” bajo el nombre Josecito Berardi, el príncipe del acordeón y su cuarteto. El mismo que presentó anoche en la Sociedad Italiana de Río Tercero junto a Los Ferraris (los hijos del exitoso ídolo popular Daniel Ferrari) y que el próximo fin de semana expondrá en Villa María.

Los grupos de cuarteto que están en primera línea han logrado volver a un estilo más tradicional, mezclando algunos arreglos con trompeta y percusión, pero es infaltable el piano y el acordeón.

El sábado 20 de mayo sonarán en el Salón José Manuel Estrada. El 24, en la Peña de la Revolución -organizada por el municipio local con lugar a confirmar-, el 24 al mediodía en Pampayasta y el viernes 3 celebrando el festejo del Día del Cuarteto y el sábado 4 en la reapertura del Salón Special.

 

-Volvés a los escenarios, por primera vez después de la pandemia, y con una nueva impronta…

-Esto es algo que se dio en medio de la pandemia. Durante la prepandemia estuvimos tocando hasta el último fin de semana con la orquesta del maestro Oscar Lucarelli. Fueron 11 años, previo a eso yo tenía una orquesta con mi nombre -que fueron 11 años más-. Ahora, vuelvo con el proyecto propio. Es el mismo género, pero haciendo algo experimental en cuanto a sonidos. Eso sí, siempre respetando el género.

-¿Se trata de un quiebre o un cierre? ¿Cómo lo experimentás?

-No es un quiebre, sino el cierre de una etapa. En medio de la pandemia todo el ambiente (musical) se vio obligado a incursionar en otras actividades y a complementarse laboralmente.

Estuve muchos fines de semana trabajando en cuestiones relacionadas con mi profesión (soy contador público) y me impedía, en ese momento, continuar si había apertura de la pandemia.

Por esto mismo tuve que notificarles que se quedaran a cargo, que yo no iba a hacer música hasta nuevo aviso.

Luego, con la reapertura y el reacomodamiento de todo, mis actividades se pudieron organizar de nuevo. Volvió el horario de comercio y conspiraron varios factores para la inspiración. Era el momento para volver al ruedo, romper algunos esquemas, pero siempre -repito- respetando el género y la esencia de la música característica y popular cordobesa.

 

-¿Y cómo sería respetar el género y romper esquemas a la vez?

-Hablamos de mantener el ritmo, pero usar algunos arreglos con unas armonías no tan usadas. También hay algunos sonidos específicos que no se usan tanto en el género y eso sería una pequeña modernización.

 

-No va a ser simple, teniendo en cuenta el perfil del público…

-Sí. Es un poco osado, pero con la salida del primer jingle, hemos dicho cuál era el camino y qué vamos a hacer. Se trata de una canción de Nicola Di Bari de los años 70, llamada “Mi corazón es gitano”. Uno va testeando y viendo la respuesta de la gente, la cual es muy positiva. Se trata de una modernización cuidada que resulte agradable al estilo y respetando lo esencial, que está cuidado a rajatabla también.

 

-Para todo eso necesitás grandes músicos…

-Y, la verdad es que a esta altura de mi vida me puse más exigente con el tema de los músicos. Por fortuna había algunos que estaban dejando otros proyectos, que habían cerrado ciclos (tanto en lo personal como en lo profesional) y estábamos, a la vez, en una búsqueda parecida. Hablamos de búsquedas respecto a ideales y objetivos en lo artístico.

 

-¿Existe una diferencia en cuanto al público? ¿Cambia el clima o algo respecto a la zona?

-No. Siempre el clima es bárbaro y la energía es buenísima. Por ahí en una fiesta patronal tenés un rango etario más alto conviviendo en el mismo evento. Pero ahí, justamente, es donde, como músico, te toca el desafío de hacer algo que les guste a todos. Eso significa que hay que tener una visión muy clara de cómo elegir el repertorio y de cómo cambiar sobre la marcha el arreglo de un tema. Todo eso lo tenés que ir viendo siempre con la misma misión: hacer bailar. Se trata de un intercambio energético que es fundamental.

 

-El público también los espera con ansias. Recuerdo haber presenciado eventos donde desde las 14 ya había gente esperándolos.

-Hay mucha respuesta del público y es hermoso. También es que son muchos años, los seguidores van creciendo, la familia se va contagiando y la música los va uniendo. Además, vemos que hoy los grupos de cuarteto que están en primera línea han logrado volver a un estilo más tradicional, mezclando algunos arreglos con trompeta y percusión, pero es infaltable el piano y el acordeón.

 

-Lo habían sacado en su momento al acordeón del cuarteto.

Sí, pero esa fue una decisión política. En la década del 70, cuando todos los cuartetos eran acordeón, piano y violín, a los militares no les gustaba el acordeón porque decían que ese instrumento llevaba la música de negros. Se hacían razzias en los bailes y, como estrategia, fueron sacando el acordeón. El primero que lo hizo fue Carlitos Rolán -que cambió el acordeón por trompetas-. Luego apareció Chébere, aprovechando esa idea y mezclándolo con el rock.

-El género del que formás parte es muy característico, pero siempre siguen apareciendo nuevos artistas y subiéndose al escenario. Algunos ejemplos pueden ser Flor Sodero (cantante e hija de Coquito Sodero) o Antonio Nalino (acordeonista del cuarteto de Oscar Lucarelli).

Sí. El género se va autorregenerando permanentemente. Pero eso pasa siempre y cuando pensás en cualquier música que alegre el alma, la primera en la que vas a pensar es en esta. No quiero decir que una chacarera, por ejemplo, no lo haga. Pero esta música te hace olvidar las penas y lo sentimos así. Lo llevamos en la sangre, sobre todo los descendientes de los inmigrantes. Quizás un santafesino te hable de la cumbia, pero acá es inevitable salirte de eso. Además, hay grandes talentos en Villa María, hablamos de referentes a nivel internacional, pero cuando hablamos de música que nos alegra, todos sentimos que es el ritmo del cuarteto.

 

-¿Te has encontrado con algún público difícil? Este tipo de música hace que las personas bailen desde el tercer acorde...

-Sí. Sucede que a veces los bailarines “no se mueven”. Hay regiones puntuales donde pasa y te empezás a preocupar porque uno siempre quiere leer al público.  Si a mitad de la primera canción no tenés gente en la pista te empezás a preocupar.

Pero también hay que tener en cuenta que hay lugares donde la gente lo disfruta de otra manera y hasta pueden ser vergonzosos para hacer punta (ser los primeros en salir a bailar). Te cuesta, pero vas “amasando” todo. Uno va buscando hacer cambios para que las personas se levanten de la silla. El fracaso del cuarteto es tener a la gente sentada.

 

-No podemos terminar esta charla sin mencionar a Oscar Lucarelli…

-Obvio que no. El fue mi maestro, mi mentor… Yo pasé más tiempo con Oscar Lucarelli que con mi padre. Esto sucedió porque fui su alumno. El no fue mi primer maestro, pero sí arranqué de muy chico a estudiar con él. Recuerdo maratónicas sesiones de estudios que me generaban hasta dolor en las articulaciones. Tenía 8 años y fui su alumno hasta los 20. Todos esos años, entre medio, fui músico y tuve mi propia orquesta y también formé parte de la última etapa del Cuarteto Popular.

Cuando paré creo que estuve tres meses sin hacer música y él me llamo para decirme: “Me puse viejo, ya no aguanto más el peso del acordeón… venite conmigo”. Así escribimos una historia de bailes sin parar, compartimos millones de viajes y horas que no solamente eran de música. También había charlas, concejos y, como en toda familia, también nos regañábamos, pero a los cinco minutos ya estábamos a los abrazos.

Recuerdo al maestro como lo máximo. Su orquesta sigue trabajando y lo hace muy bien y con mucho éxito.

 

-¿Cómo fue tu primer encuentro con la música?

-Empecé a estudiar música antes que ir a la escuela.  Lo del acordeón fue un accidente, porque yo había empezado estudiando con un teclado electrónico. Un día se me rompió y el repuesto tenía que venir desde Japón. Como no tenía para practicar en casa, iba lo mismo a clases y Oscar Lucarelli me daba con otro teclado. Sucedió que un día llegué y él no tenía. Oscar me dijo: “Si querés, agarrá eso que está arriba del sillón”. Era un acordeón. Me lo puso en la falda y me tapó hasta la cabeza. Ese día me enamoré del instrumento y no me lo descolgué nunca más.

 

-¿Y cuándo subiste por primera vez a un escenario?

-Antes que eso fue estar en televisión o radio. En el año 1996 había un programa que se llamaba El Show de Canal 2. Lo conducían Omar Fulgenci y Héctor Font. El músico estable de ese programa era Oscar y él propuso llevar a un alumno para que haga dos canciones. Terminé siendo músico estable con Lucarelli. Hacíamos dos canciones: una para el inicio y otra para el cierre.

Simultáneamente, iba a la Radio Líder, en vivo, y al poco tiempo hicimos alguna actuación en vivo, creo que la primera fue en el Club Ameghino. En el mismo año le hicimos la previa a Santamarina -grupo que integró el Turco Julio, cantante de Chébere-.

Armé mi primera orquesta y éramos todos pibes. Debutamos en el Club Central Argentino en octubre de 1997. Yo era director de orquesta con 15 años y el más grande, que era el cantante, tenía 17. Eramos seis pibes y mi papá, que me ayudó siendo locutor… así robamos 11 años (risas).

Siempre con el acordeón en mano…

Siempre digo que la locomotora es el piano, pero el combustible y el carbón para hacer el vapor, es el acordeón.