Aquellas notas desquiciadas
Una melodía que frene el mundo
El bandoneonista y compositor argentino Astor Piazzolla desarmó el tango hasta convertirlo en lo que, supongo, él quería: una catástrofe, una amenaza, una contradicciónEscribe Fran Gerarduzzi DE NUESTRA REDACCION
En 2013 yo tenía 20 años y cursaba la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional de Villa María, ciudad de la provincia de Córdoba, que forma un conglomerado junto con Villa Nueva, donde vivo. Lo que no recuerdo es si sucedió una mañana o una tarde. Lo que recuerdo, en cambio, es a ese tipo que llegó, invitado por una de mis profesoras, a dar una clase. El hombre, de pelo lacio y entrecano, con lentes de marco redondo y un aro en la oreja izquierda, entró al aula, comenzó a proyectar imágenes y yo, en ese momento, quise pedirle unos minutos, quise sentarme a conversar con él a solas, quise hacer esa pregunta estúpida: cómo hacía para que sus fotos no fueran solo eso, sino algo más, una confidencia. Las miraba de la misma forma en la que por entonces leía poemas que no entendía, pero que me dejaban estaqueado frente al escritorio de mi habitación. Yo necesitaba eso, necesito eso. El se llama Tony Valdez y es un fotógrafo documentalista argentino que publicó trabajos, por ejemplo, en Página/12 y Rolling Stone, y que, entre otros premios, recibió el Vladimir Herzog sobre Derechos Humanos. Aquella vez, en la facultad, mostró retratos de músicos como Andrés Calamaro y Fito Páez, y otras imágenes de políticos, entre las que había una de finales de 1993 en la que Raúl Alfonsín y Carlos Menen están caminando por el jardín de la Residencia de Olivos en un encuentro que, entre otras cosas, sentó las bases para la reforma constitucional del año siguiente.
Sin embargo, esto no importa.
Lo que interesa es que siete años después, como solía hacer cada tanto desde que tenía Facebook, visité en esa red social el perfil de Tony Valdez para mirar una foto de 1984: un primer plano, en blanco y negro, del bandoneonista y compositor argentino Astor Piazzolla que desarmó el tango hasta convertirlo en lo que, supongo, él quería: una catástrofe, una amenaza, una contradicción, toda una manera de provocar y, por eso, durante aquellas décadas -las del 50, 60 y 70- se ganó el recelo, el desdén de los tangueros tradicionales. En la foto, con el cabello canoso, el bigote prolijo, un lunar sobre la sien y peinado hacia atrás, está con los ojos cerrados y el ceño fruncido. El encuadre no lo muestra tocando el bandoneón, pero se sabe que está con el instrumento en las manos, se le nota por el semblante con el que los músicos parecen desaparecer para dejar lugar a ese torrente que es puro instinto, pero también pura precisión.
No sé cuándo escuché por primera vez su canción Libertango -la primera del disco homónimo, publicado en 1974 en Milán, Italia- pero creo que no debo haber tenido menos de 18 años. En mi casa, si bien nunca se escuchó mucha música, yo tampoco fui curioso. Por aquella época vivía indiferente y todavía no sé muy bien por qué. De todos modos, hoy quiero decir otras cosas. Quiero decir que hay un video en YouTube en el que Piazzolla toca ese tema durante una gira europea, en un show en la televisión suiza junto con el Octeto Electrónico, el 18 de mayo de 1977. Quiero decir que, en los primeros dos minutos y medio, únicamente se muestra y oye al grupo de músicos que lo acompaña. Quiero decir que, después, entonces, Piazzolla, que está parado en el centro del escenario como una mancha oscura, de repente es iluminado por una luz blanquecina y pienso en la foto porque es una síntesis de todo lo que pasa luego, cuando escucho esas primeras notas desquiciadas como una descarga o un disparo porque ese hombre, vestido completamente de negro, sostiene el instrumento como si sostuviera un arma y yo quiero quedarme inquieto, inmóvil, indefenso, quiero sentir que me apunta, quiero sentir esa tensión que crece como una sombra o una tormenta a lo largo de Libertango y que, hacia el final, se distiende, se vuelve más clara, más liviana, como si revelara un secreto.
Necesito que ocurra lo que ocurre cada vez que escucho esta canción: que me arrastre hacia cualquier parte, que termine de oírla y no sepa cómo seguir.
