Te aclaro y recuerdo que no fío
Mudarse del barrio al centro, o del pueblo a la ciudad, tiene varias particularidades.
Más allá de que determinadas actividades se pierden, tales como tomar mates en la vereda o tirar las migas del mantel en el frente de la casa, aparecen otras que parecen ser implícitas o habituales.
A nadie se le ocurriría, de paso, pedir fiado en un quiosco de pleno centro de cualquier ciudad. El hecho de que las personas que están por aquel espacio no son de allí, vuelven todo una obviedad.
Pero, y este es el punto, en los barrios también hay negocios que no fían, pero a esto se le agrega una particularidad: lo aclaran.
Con más diseños o menos, más grandes o más chicos, con más o menos colores, en los mostradores o entre las góndolas siempre cuelga un plástico que contiene la aclaratoria frase: “No se fía, no insista”. Y sí… parece que hay personas que solicitan esto hasta el cansancio (aunque es incomprobable).
También están aquellos que ponen “refranes” o frases más pintorescas como “El que fía no está, salió a cobrar”; dramáticos: “Murió Don Fiado”; algunos paradójicos en el espacio-tiempo como “Hoy no se fía, mañana sí” y hasta los más poéticos como “Si por fiar tengo amigos y los pierdo por cobrar, para evitar enemigos lo mejor es no fiar”.
Hay otros que sí… que si fían y quienes no formamos parte de aquel hábito nos vemos, cuando menos, pensativos respecto a la deuda que crece con el dueño de la despensa: “Anotámelo”, dice un muchacho mientras guarda una varilla de pan y una etiqueta de cigarros en su bolsa de tela.
Hay otros, los más puntillosos, que se siguen manejando a la antigua: caminan con una pequeña libretita anillada bajo el brazo – preferentemente, de marca Norte (sí, la de la llamita), para que el mismo quiosquero anote, de puño y letra, cuantos pesos y cuantos centavos tienen que agregárseles al mes.
También están los despenseros que no quieren perder en la espera por el dinero que le corresponde. Entonces, siendo cautos para no tropezar con la misma piedra dos veces, anotan el producto (y no su valor), para sacar la cuenta real cuando el dinero, por fin, cambie de manos.
Pero lo que llama la atención no es que no fíen o sí lo hagan, sino tal vez el hecho de que se aclare que no se fía.
¿Cómo se consigue el fiado? Tal vez por casualidad. Un joven muchacho me vio los últimos días del mes contando los billetes para comprarle media docena de facturas. Con seriedad, y tal vez con algo de empatía, me miró a los ojos y me dijo: “Cuando no tengas, y necesites, vení igual… después arreglamos”.
Tal vez, esta sea la puerta de ingreso para un punto de no retorno.
