Condiciones a la condición docente
Escribe Nancy Aráoz, licenciada en Sociología ESPECIAL PARA EL DIARIO
En 2005, Emilio Tenti Fanfani escribió su libro “La condición docente, un análisis comparado de la Argentina, Brasil, Perú y Uruguay”. Desde ese tiempo a esta parte corrió mucha agua bajo el puente y el contexto ha cambiado sustancialmente. Sin embargo, algunas cuestiones que el autor planteaba adquieren relevancia y se resignifican, como es el caso de los discursos sobre los docentes.
El Prólogo de la obra escrito por Juan Carlos Tedesco comienza así: “Los discursos sobre los docentes han estado basados en concepciones ideales, o más precisamente, en concepciones ideológicas. En el origen de los sistemas educativos universales y obligatorios, los docentes fueron percibidos como uno de los pilares de la construcción de la identidad nacional y rodeados, por ello, de un significativo prestigio social; en períodos posteriores fueron percibidos como profesionales técnicamente responsables de los resultados de aprendizajes de los alumnos y, en ese contexto, culpabilizados por el fracaso de la escuela o victimizados por el deterioro de las condiciones en las cuales desarrollan sus tareas”.
Las reformas de los 90 y el revolucionario proceso de desarrollo de las nuevas tecnologías de la información dieron lugar a nuevos discursos críticos y desestabilizadores donde el papel del docente y de la propia escuela son amenazados en su rol educativo tradicional o sujetos a profundas modificaciones.
Estas imágenes ideales son las que se ponen en crisis frente a la ausencia de una imagen hegemónica acerca del papel de la escuela y los maestros. La expansión de otros agentes de socialización tan poderosos y el acelerado proceso de producción de conocimientos erosionan la figura del docente y de la escuela, ambos dejan de ser ámbitos privilegiados para la transmisión del saber. Los dos son cimientos de la educación, aunque el discurso predominante tienda a separarlas.
Necesitamos una formación profesional basada en el compromiso con la tarea, en la pasión por el conocimiento, en la confianza en la capacidad de aprender de todos los alumnos, la no discriminación, pero todo esto en el marco de un proyecto político dirigido a construir sociedades más justas dentro de este nuevo capitalismo, sostiene el autor de “La condición docente”.
La feminización de la profesión docente es un hecho palpable en las sociedades estudiadas en el libro. El autor arriesga varias hipótesis, según los datos reflejados en las encuestas a docentes brasileños, argentinos, peruanos y uruguayos. Una plantea que la feminización contribuye a la “proletarización” del oficio docente, con sus consecuencias en términos de deterioro de las condiciones de trabajo y remuneración, que en parte serían factibles gracias a la mayor disponibilidad de mujeres con dificultades para la inserción en otros ámbitos del mercado de trabajo; y otras interpretaciones opuestas que sostienen que la feminización estaría reflejando un “aburguesamiento” del oficio docente, ya que muchas mujeres tienen más probabilidades que sus colegas varones de convivir maritalmente con individuos que ejercen profesiones liberales que ocupan posiciones relativamente privilegiadas en la estructura social.
A su vez, afirma que muchos hombres pueden encontrar atractiva la actividad docente cuando en virtud de situaciones de crisis económico-social se restringen otras posibilidades de inserción en el mercado de trabajo formal.
Si bien la actividad no ofrece salarios elevados, al menos garantiza estabilidad y beneficios sociales, así la docencia se convierte en una segunda opción laboral para profesionales universitarios jefes de hogar que tienen dificultades para desarrollar actividades relacionadas a su profesión.
Respecto a la imagen de clase, dice Tenti Fanfani, la sociología nos enseña que los agentes sociales no son objeto pasivo de las clasificaciones que hacen los expertos. Por el contrario, ellos mismos intervienen en la misma, ya que cada uno tiene una idea acerca de la posición que ocupa en el espacio social y, además, genera estrategias para mantenerla o mejorarla.
Los datos recabados dan cuenta que la mayoría de los docentes de Argentina, Brasil, Perú y Uruguay se perciben perteneciendo a la clase media, sin embargo, los datos objetivos indican que sus salarios se encuentran en la línea de pobreza y muchos tienen dificultades para hacer frente a los gastos que supone el mantenimiento del hogar.
Quizás esta percepción tenga que ver con que muchos de ellos no son jefes de hogar y solo contribuyen con su salario a los ingresos de los demás miembros de la familia, según la información relevada en el libro. Si hoy hiciéramos la misma pregunta, seguramente los datos serían semejantes.
Creo que la condición docente no ha variado demasiado. Sigue siendo una profesión altamente feminizada y endogámica, pues tiende a reproducirse en el interior de las configuraciones familiares. Esto de la “herencia” familiar se da fuertemente en la docencia, es un oficio en el que la vocación tiene un peso mayor que en otros trabajos, está mal remunerado en comparación a otros servicios y con pocas chances de mejorarlo, requiere de capacitación continua en función de los cambios sociales, culturales y tecnológicos que operan en la sociedad y, además, está sometido a la evaluación permanente, por parte de las familias, los alumnos, las instituciones en las que trabajan y las instancias de control ministerial y, más todavía, tienen que dar cuenta de la eficacia de una política educativa de la que no se sienten parte y que no pueden cambiar porque no cuentan con las herramientas organizativas para lograrlo.
Según el estudio del autor, el grado de participación de los docentes en asociaciones sindicales o gremiales es sumamente bajo en todos los países relevados, siendo Argentina el que ostenta los porcentajes más elevados (64,8% de los docentes de escuelas públicas nunca participaron y no lo hicieron tampoco el 82% de los que dan clases en escuelas privadas).
Acordando con la hipótesis del autor, “la participación en la vida sindical de los docentes parece estar más asociada con el capital cultural heredado de la familia y por la percepción de clase que por la situación objetiva en la estructura de distribución de los ingresos”.
La formación docente es un tema que debe debatirse. Es preciso desarrollar programas de formación orientados al desarrollo de competencias y actitudes subjetivas específicas que favorezcan el trabajo colectivo. Hacen falta competencias expresivas, comunicativas y argumentativas, actitudes de apertura y diálogo, negociación, trabajo en equipo, etcétera.
Todas capacidades y actitudes que se declaman, pero que en la realidad no se ponen en práctica. Y todo esto, según el autor, debe estar incluido en una política docente integral que contemple intervenciones articuladas en tres dimensiones: en el reclutamiento y la formación inicial y permanente, en las condiciones de trabajo (división del trabajo pedagógico, carrera, contexto de trabajo, etcétera) y en el sistema de estímulos y recompensas materiales y simbólicas (salario y reconocimiento social).
Los talleres de formación continua son un fiasco, no están pensados desde lo que necesita el docente, sino en la medida en que se cumpla una formalidad que exige el ministerio, sin conexión con la realidad concreta y tangible de lo que pasa en el aula con los alumnos. Más si nos referimos a la educación media; los adolescentes se aburren, están en otra sintonía, la escuela no les ofrece utopías… lejos estamos de lo que proponía el gran pedagogo Paulo Freire: una educación liberadora contraria a la lógica mercantil que predomina en los sistemas educativos neoliberales, que se guía por estándares educativos refrendados vía comparaciones internacionales de rendimiento educativo, este ha sido usado más como control político que como herramienta de mejoramiento educativo, como ilustra Carlos Alberto Torres en su libro “Paulo Freire y la Agenda Educativa Latinoamericana en el siglo XXI”; y agrega: “hay una profunda crisis en el entendimiento de cuál es el sujeto pedagógico a educar”. Esto se refleja, según el autor, en una dislocación real y simbólica entre los discursos de los maestros y los alumnos, que refleja asimismo una dislocación entre los discursos de las nuevas generaciones y las generaciones adultas… no se trata ya de discutir cuestiones centradas en el mejoramiento de la escolaridad como repetición, deserción, calidad; lo que se confronta ahora es una fuerte crisis de legitimidad de los sistemas educativos en términos de su efectividad, es decir, la efectividad de los agentes educativos per se, incluyendo a maestros, padres, instituciones públicas y privadas.
Coincido absolutamente con estos conceptos y sostengo, además, que en esta crisis de legitimidad en la que muchos actores intervienen, los docentes tienen un grado de responsabilidad mayor pues han resignado, frente a los embates de los demás actores, derechos elementales que hacen a su profesión y se han convertido en meros técnicos desprovistos de ideología, sin criterio, con un escaso margen de maniobra en cuestiones que merecen jugarse de verdad.
Quizás son demasiado políticamente correctos, pero carecen de capacidad para la acción colectiva. Esto, por supuesto, no se enseña en los institutos de formación docente ni tampoco se adquiere en la práctica escolar, pues es también una realidad que los sindicatos han perdido legitimidad para cooptar nuevos afiliados y los pocos que quedan han sido devorados por el sistema que poco a poco anula toda posibilidad de lucha.
El panorama tiene pocas chances de cambiar si no se hace algo que realmente impacte. Pequeños actos de resistencia se están dando al interior de cada escuela frente a las exigencias sin sentido de un grupo de iluminados que diseñan las políticas educativas sin la presencia del actor principal, aunque en teoría se los denomine protagonistas del acto pedagógico. Para que estos pequeños actos de resistencia no queden en simple catarsis y quejas que no conducen a ninguna parte, es necesario acordar y aceitar mecanismos que permitan agotar instancias con propuestas superadoras e inteligentes.
El teórico marxista italiano Antonio Gramsci decía que la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer… Esos momentos de las crisis son los que hay que aprovechar a fin de modificar el actual orden de las cosas.
Decía que solo agotando instancias se pueden dar pasos importantes: Los directivos deben acompañar ese transitar, no es “en tu contra” sino “contigo”que se puede lograr un cambio. Y así comprometer a inspectores, subsecretarios, secretarios, todos los escalones que sean necesarios para que entiendan de una vez por todas que el sistema debe cambiar, pero de verdad, por sus docentes, por los estudiantes y por la sociedad en su conjunto. No es con más control y condiciones sino todo lo contrario, con mayor libertad y confianza, con mayor compromiso y creatividad, con más alegría y amor que es posible revertir la apatía, el desánimo y la angustia.
