CRÍTICA LITERARIA

El epílogo nunca escrito aparece impreso en las neuronas del lector

Escribe Prof. Ricardo Carballo ESPECIAL

Vaudagnotto era periodista, pero tenía un recorrido estrambótico al rescoldo de las agencias de noticias, es decir, se crió bajo el calor con el que se templaban los titulares en tipografía tamaño catástrofe. Esa continuidad, esos primeros ocho años en el oficio, le marcaron una tendencia, la de ver la noticia autopariéndose en tiempo real, cuando nadie podía imaginar que existiría Twitter. Una perspectiva con múltiples géneros informativos acopiados en un solo recinto.

Por eso, nadie se sorprendió cuando en pequeñas cuartillas comenzó a ensayar algún verso díscolo para volcar en un libro/jaula. Así era Vaudagnotto hasta que enfiló de nuevo para el terruño, con más experiencia que ilusión.

Y el terruño le dio lápiz y una Olivetti Lexicon 80 marrón claro, con la que la literatura comenzó a apretarle el cuello, cual nudo de vasta corbata beige. Encontraba frescas bocanadas de aire entre nota y nota, luego de su paso por España, y las letras lo consumieron bien, lo ardieron en pasión. Así ganó algunas canas, una familia y un sueño. Pura literatura.

La década del 20 del siglo XXI lo puso manos a la obra tras una novela para la serie negra. Era ese su sueño de pibe lector de policiales, acostumbrado a diapositivas de la realidad misma entre los vagones del Roca y su paso por Bernal.

Esa fue la argamasa humana que generó Magnicidio, su actual libro.

El volumen es de por sí agradable, de un tamaño que invita a la lectura. Tapa clásica y jamesbondezca, de impecable factura.

Al inicio de cada capítulo, Vaudagnotto deviene en un oscuro gánster de largo impermeable que desde la esquina superior derecha, acribilla al lector con balazos de pura poesía. Ora con títulos ingeniosos, ora con poemas selectos o fragmentos de canciones.

Para el lector las páginas transcurren hasta que su número demuestra irrefutablemente la voracidad con que son consumidas, concatenadas y fagocitadas por los ávidos ojos que acompañan a las líneas desangradas. Tenebroso y trepidante el relato se hace carne y aventura.

Y mientras tanto el hilo narrativo pasa, al igual que el río al que refería Stocchero en su obra Los Pequeños Monstruos.

Llega un momento de extrañadura, cuando el relato parece decir que jamás podría ser local. Es que el crisol de noticias por parirse en títulos tamaño catástrofe, desdibujan el vientre villanovense para palpitar un relato propio de megalópolis acerosamente cristalinas. Manhattan, Brooklyn y Chicago, invaden Buenos Aires con su prosa.

La magia de la literatura, en una “rayuela” de capítulos discontinuos, inscribe –y escribe el clímax– de vehículos humeantes que se escapan por avenidas impuras y poco eficaces para una fuga.

Un viaje a Wilde es un viaje en verde colectivo, al igual que un taxista es la encarnadura de un laburante quebrado, que vuelve a la vida por el soplo inesperado del fuego que brotó del cañón del arma magnicida.

Corren las hojas, pasan las horas, pasan los años… Lo que ayer era amor, dijo Pablo, hoy se va uniendo a otros sentimientos, sin cruzarse por eso, con la verdad… Verdad de negra bolsa en la que Flavia resopla aires de asfixia, flujos que ahogan al lector en la ansiedad de acabar la página.

Flavia, flama, flacidez de divina e incestuosa impotencia, postrada…

Las calles se derraman, los rincones amenazan, y mientras tanto Vaudagnotto, crece al hilo de la pluma describiendo un Buenos Aires que aprendió a amar siendo un humilde gorrión de los diarios que alimentaba con su trabajo en las extintas agencia Saporiti y DyN.

Siguen las páginas y la adrenalina. La ansiedad se desnuda. El inclemente gánster reivindica en la oscura 112 a Barón Biza…Es una ráfaga de Tommy Gunn que arrasa el rostro de Cleotilde Sabattini, rostro tantas veces acidulado en el morbo popular.

Si el derecho de matar es una norma, el magnicidio es la Constitución misma.

La trama sigue. Otro tiro al alma desde el margen derecho… Marx Twain desangra la 171… “Si siempre dices la verdad, no tendrás que recordar nada”, ni el magnicidio, ni los semáforos que no cambiaron… Solo a Flavia, madre y mujeraza de la trama, mujer derrochadora de bucal fuego prohibido.

El amor se hace más fuerte transmutando de charrúas a brazucas… Crucereando sin mares, donde el amor es señero. Hasta que el epílogo nunca escrito aparece impreso en las neuronas del lector… Recala en Casablanca, en el Tócala de nuevo, Sam que nunca dijo Bogart.

 

Villa Nueva, otra vez

La música se pierde… Villa Nueva aparece lentamente como en el revelado de una fotografía… Vaudagnotto está ahí, ¿alguna vez se fue?...

Suena un disparo… Su alma humeante decide quedarse, al igual que el lector, sacudiéndose el vértigo y la poesía que le salpicó su novela.

Un ícono con alma de Hitchcock, ilustrado por Marcelo D’Ercoli, fisgonea desde de la solapa de contratapa mientras Hernán Vaca Narvaja aboga en el contrafrente por la libertad del secuestrado papel prensa.

Suena el silbato de una perdida locomotora a vapor, a pocas cuadras de La Bodega, en una estación fantasmagórica que regresa.

La Carranza es una gambeta al olvido. Vaudagnotto lo sabe. Por eso “pica cartucho” hacia su nueva novela. Ni él mismo lo sabe, aunque tal vez, ya intuya su nombre.

Es hora de un “tercer tiempo”.

Cerca de allí, cual si fuera el legendario Chicago, un ácrata festeja. La letra está viva y tiene sabor a magnicidio… El magnicidio conduce al gobierno de nadie, y si el gobierno es de nadie, entonces, es de todos. Solo lo será cuando el numen pastoso de la celulosa se vuelva seguro plato de comida cotidiana en las empresas periodísticas recuperadas o en el inmenso compromiso gráfico de pequeña envergadura.

Una vez más, Vaudagnotto siembra palabras, lejos de “su” jaula primigenia.

La vida sigue, vaya si es liviana de ropas y perturbadoramente bella.

Un teclado comienza a repiquetear. Qwert poiuy.

Y ya está todo dicho, aunque deba decirse.

Vaudagnotto lo sabe.

El nuevo sueño despunta. Sin mayúscula sostenida, simple el primer párrafo.

Infinito el último párrafo a nacer, párrafo que jamás ha de ser el último engendrado.