Para leer cruzado en el tiempo
Tormentas eran las de antes...
Testimonios que dan fe de la tremenda tormenta que golpeó a Villa María, durante la noche del 28 de agosto de 1950, recopilados en la mañana del 29 por el niño Lorenzo Amengual (*)En aquellos tiempos donde Villa María todavía era un pueblo grande, la mayoría de sus habitantes se conocían entre sí. Y cada acontecimiento que sobresalía de lo común era comentado como correspondía en aquellos aires pueblerinos por todos sus vecinos. Lorenzo “Lolo” Amengual, villamariense por adopción, hoy radicado en CABA, ilustró con humor y maestría a manera de una caricatura mural algunos personajes de aquel tiempo.
Cada personaje con su referencia habla por sí solo de la mano de este trabajador de las artes gráficas, que con el paso del tiempo consolidó un estilo propio, sin dejar de indagar nuevas vertientes de expresión que aún hoy sigue desarrollando. Parte de su obra se puede recorrer en el SUM virtual de El Diario.
(1) - El cura Gottardi comprueba que las tejas que volaron de las casas vecinas habían destruido las ventanas de la iglesia que dan al sur.
(2) - Tarata, el mendigo que estuvo loco en Oliva porque lo pateó un caballo, se refugió en el estacionamiento del Palace Hotel.
(3) - El pintor Fernando Bonfiglioli encuentra la pared mojada en la iglesia inundada e interrumpe su trabajo mural.
(4) - El Turco Deiver escribe en el pizarrón de la plaza su editorial: “¿Qué te hicimos Santa Rosa?”.
(5) - Amadeo Sabattini se asoma.
(6) - La Loca Teresa se dirige a paso vivo al Mercado.
(7) - Tito Gauna termina su turno de nochero. Despertó a las 4, en pleno vendaval, al maquinista y al foguista del relevo del tren El Serrano. Y, a las 5, cuando cayeron los rayos, a los del carguero a La Carlota y Río Cuarto.
(8) - El subdirector de la Escuela Alberdi es informado por la portera.
(9) - El escribano Bertotto entra al café Fujy.
(10) - Doña Benita, la portera comunica que habrá yerbeado, pues el lechero no puede salir del tambo por el barro.
(11) - El señor Nossovich instala un regulador de voltaje que ha fabricado.
(12) y (13) - El maestro Arborio y el Pichín Martínez revisan un modelo de yeso de una flor de lis que quedó en el patio de la Escuela de Bellas Artes.
(14) - La Juani Giraudo, flamante abogada, acepta su primer caso.
(15) - Beba Capriotti reclama la propiedad de una casa en San Francisco.
(16) - El doctor Corigliano inicia su actividad cuando vuelve la luz. No sabe que una semana después me sacará el apéndice.
(17) Don Agustín Baudino camina hacia su comercio.
(18) César Brion no puede entrenar por tres días, la Bolsa se arruinó.
(*) Se dice de mí... (Amengual, por Lolo)
“El 30 de agosto de 1939, día que empezó la Segunda Guerra Mundial, la tormenta de Santa Rosa adelantó mi nacimiento en Marcos Juárez.
Cuando cumplí los 8 nos mudamos a Villa María. Ya dibujaba, por entonces. La Academia de Bellas Artes del maestro Arborio y el Pichín Martínez me gustó enseguida. Allí conocí a dos chicos, mis amigos del alma hasta sus muertes: Jorge Bonino y Miguel Angel “Cachoíto” De Lorenzi.
Rina Actis, en la escuela, y mi vecino Bonfiglioli me dieron algunos consejos (siendo yo un niño tímido, cuando se trataba del dibujo, me gustaba preguntar). Seguro que a residentes, viejos como yo, esos nombres evocarán un rostro y algún recuerdo.
En Villa María crecí y pasé mi adolescencia. A quienes me preguntan hoy de donde soy, contesto sin dudarlo: de Villa María, de la que me fui a los 18 años y mantengo intacta en mi memoria. Jamás regresé... No tengo respuesta para explicar este exilio.
Mientras estudiaba arquitectura en Córdoba trabajé en el Departamento de Arte de Canal 10, Junto a De Lorenzi. Esa fue nuestra escuela de diseño; nos formábamos entre nosotros, en el trabajo diario.
Años después, el talento de Cachoíto lo proyectó a la Dirección de Arte de La Voz del Interior y a la consolidación de su sólida obra gráfica y pictórica.
Emigré a Buenos Aires en los 70, como director de Arte de la revista Confirmado.
Cícero publicidad, agencia paradigmática, fue otra de mis escuelas; y repito, entonces se aprendía a hacer, haciendo.
Dibujé humor en Adán y otras revistas. Sobresalí durante un tiempo como humorista gráfico de cierto renombre. Se me acabó el humor en los 80, cuando la realidad se puso fea.
Publiqué mis dibujos en Nueva York, en Milán y en Fráncfort.
Hasta que me jubilé en el 2010 trabajé de día como diseñador gráfico y de noche como dibujante amateur.
Realicé comunicaciones institucionales y de gestión de alta gerencia. Hice cursos sobre identidad corporativa en Nueva York. Y me enamoré de un instrumento nuevo, que me resultó imprescindible: la computadora.
Formé parte del equipo editor de Fundación Antorchas. Diseñé y diagramé libros, estrategias de comunicación para los museos: de la Colonia San José, en el Palacio San José, Entre Ríos; Etnográfico Ambrosetti, de La Plata; Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires; Castagnino, de Rosario; Benito Quinquela Martín, de La Boca, Buenos Aires, y Caraffa, de Córdoba.
En 2008 concluí mi investigación sobre el ilustrador Alejandro Sirio, publiqué un libro sobre su obra y logré organizar una muestra en el Museo Nacional De Bellas Artes, en Buenos Aires.
A partir de ese momento la práctica del dibujo y la ilustración copó mi vida. Y mi larga relación con la imprenta me inclinó hacia el grabado, la litografía me cambió la mirada.
Los libros ilustrados Cábala criolla (2014), Cartas a Goya (2018) y ABC de las microfábulas (2019, con texto de Luisa Valenzuela), llenaron mi existencia.
Entonces arribó “el bicho”, el COVID-19, un virus desconocido que empezó a matarnos; el mundo sucumbió en pandemia”.
