La mirada de un escritor local sobre una de nuestras postales
Negro
Escribe Baruj
Ese puente no unía. Separaba. Viejo, negro, roblonado. Ferroviario. Abandonado de vagones desde el ocaso del presuntuoso sueño europeo de los argentinos. Era solamente un vacío interrumpido por durmientes que dividía la vieja Villa Nueva, pueblo saqueado de sueños y encantos, de la otra villa, Villa María, la villa coqueta que de este lado de la cisura barrosa del Ctalamochita le oponía sus pretensiones de elegancia al caserío espontáneo de ese más allá que era el desgastado rancherío; nylon, cartón, latas corroídas, lo que se podía, equilibrio vacilante de desechos sobre la barranca salvaje del río para no caer del todo al lodo. Sin embargo, a pesar de su barro, esa geografía tenía la bendición de un nombre que le regaló la primavera. La Floresta.
Yo que estaba de este lado, el de los pitucos, miraba con sospecha ese lugar, miraba con desconfianza la danza de los chicos que se bañaban semidesnudos en el desagüe de la Nestlé, la fábrica suiza y multinacional que, sin querer, le dio al barrio una cloaca termal; aguas turbias de desecho pero calentitas con las que se habían lavado primero los tanques en que se hacía la leche en polvo y que, después del lucro fabril, también eran para la fiesta siempre vacacional, siempre veraniega, o no, o cuando hacía falta para la tortura del lavacro invernal, barahúnda bautismal de los gritones malhablados de poca edad y mucho frío que maldecían el aire para que se calentara en pleno julio desde el lado muy lejano del puente en el que desembocaban las aguas ocultas y vaporosas de la fábrica, que rompían el silencio de la cautividad sagrada de Cristo que estaba de este lado en su monumento obligado, cargando una cruz de hormigón que lo aplastaba bien arriba contra la única montaña en que gastó sus ladrillos la pampa gringa. Alto cerca de las nubes para que le costara, en caso de intento, salirse de su cielo obligado e irse a ese calorcito al aire libre que solamente pasaba en invierno al otro lado del puente.
Todos los días veía la hilera de hombres cruzar como procesión religiosa y obligada a las doce y algo, saltando con entrenamiento los durmientes para acortar la distancia desde trabajo que hacían en el Corralón municipal de Villa María y llegar, con ansias, a una mujer multiplicada por Dios en la mesa de los panes, los peces y los hijos. La Floresta.
Todos los días los veía cruzar. Todos los días en que trabajé con vista al puente. Con miedo al puente. Al desagüe. Al caserío tribal. Todos los días lo mismo. Mismo hasta uno que no. Pararon antes de cruzar. Me habían visto y se me vinieron. Grandotes, curtidos, con pelos aleonados. Y unas manos.
Uno que me agarró el hacha me dijo: “Así no, petiso”. Con unos cuántos golpes sacó el árbol que me había ganado durante toda la mañana y terminó mi changa. Saludó y se fue con los otros sin decir más, a lo de siempre. Al puente.
A lo mejor porque tenía dieciséis y mi padre había muerto hacía poco y los del otro lado me adoptaron por cinco minutos para mostrarme como; a lo mejor porque aunque a Cristo se lo haga de hormigón todavía dice; a lo mejor porque el puente acortó el miedo y el prejuicio; o porque todo eso, cada vez que miro sin ojos y oigo sin oídos a los del otro lado, recuerdo. “Así no, petiso”.
