UN RECORRIDO por las antiguas casas de videojuegos

¿Y si vamos a hacer una ficha?

Los mayores de 30 tendrán aún el recuerdo presente de las “previas” en Circuit City y las fichas jugadas en Ciudad Mágica.Tanto en el centro como en los barrios, la pasión gammer creció en la ciudad -y también en la región- y no desapareció, sino que fue mutando. Una breve reseña que tiene mucho

Escribe Daniel Rodríguez DE NUESTRA REDACCION

 

Hubo una época no tan lejana en donde ir al centro de nuestra ciudad durante las últimas horas de la noche era un plan magnífico.

Epocas donde los celulares aún no lo habían invadido todo (y mucho menos la bendición de tener una computadora por hogar).

El plan adolescente de aquel tiempo era bastante básico y no cambiaba debido a condiciones climáticas. La consigna era ir a tomar una gaseosa, una cerveza, un helado o caminar ida y vuelta sobre calle San Martín hasta que la misma se convirtiera en General Paz (y viceversa) a la altura de Buenos Aires.

El extinto local de Circuit City, lugar de encuentro para muchos

Allí, para los jóvenes y amantes de los videojuegos -que han sido casi todos-, se encontraban dos locales que eran la principal atracción.

Uno de ellos era Ciudad Mágica (hoy Sass) y el extinto Circuit City, sin olvidarnos del Bowling, claro. En la memoria de fines de los 90, principios del 2000, aún resuena el valor de 25 centavos la ficha.

“¿Y si hacemos una ficha o un pool?” era la frase más escuchada por aquellos momentos de nuestra historia reciente.

Una enorme fachada, completamente vidriada, era la puerta de ingreso a Circuit City, un imponente edificio con una cartel de luces ubicado frente a plaza Centenario.

Al ingresar, en los primeros pasos uno iba encontrándose a mano derecha con los videojuegos de automovilismo -que eran bastantes y variados-. En algunos se podía jugar hasta de a cinco (de manera simultánea) como en el célebre Daytona.

Siempre con la “musiquita” de cada juego como atmósfera. A la derecha, estaba lo demás: lucha, fútbol, habilidad y las tradicionales “cascadas”.

Al fondo, un poquito más atrás de la caja, incontables mesas de pool que casi siempre -y por naturaleza- eran ocupadas por los “más grandes” que dejaban su documento para retirar la caja con todas las bolas.

Tampoco nos olvidamos del tejo y el metegol, viejas estructuras sabias que aún persisten el paso de la historia y siguen siendo protagonistas en los cumpleaños infantiles.

Lo que en algún momento fue Ciudad Mágica, hoy es Sass

Entre el humo y alguna cerveza, mientras se le ponía tiza al taco, se compartían risas o se esperaba la hora indicada para partir hacia algún boliche. Era como una especie de “previa”, si se permite la expresión.

En este punto, podemos hablar de juegos de Arcade (tal como se los conoce en la jerga del gammer). Estas máquinas recreativas no tenían mucho más que un juego para ofrecer. Obviamente, para que la emoción no tenga final, con el paso de los niveles cada juego iba haciéndose cada vez más dificultoso. No era cuestión de que uno pueda terminarlo fácil y no volver a tocar la máquina.

En ese plano eran venerados aquellos jugadores que pudieran “terminar el juego con una sola ficha”, es decir, sin perder ni una sola vez ni tener que continuarlo aportando otro crédito.

Snow Bross (dos personajes que hacían bolas de nieve a sus enemigos) o el Street Figther y Mortal Kombat (dos videojuegos de lucha, el primero bastante polémico) solían ser los más deseados y también los más difíciles.

Pero no todo acababa ahí, existía un halo de misterio, una mística que envolvía todo el lugar. Y es que también estaban los tradicionales flippers, donde los más habilidosos podían durar horas pegándole a una bolita metálica para que haga sus piruetas.

Estaba el jugador que utilizaba un banquito para su comodidad o aquel que hacía todo parado -preferentemente con una lata de gaseosa a su derecha-.

Más adelante llegaría más tecnología con las alfombras para bailar o el arribo de juegos con mejorías en su calidad de video.

También crecería la industria de juegos para los más chicos y alguna reversión tecnológica de los juegos de kermés.

La tecnología fue generando que los adolescentes ya pudieran tener sus videojuegos en sus casas y la llegada de los cybers, fueron migrando la emoción definitivamente hacia otros espacios.

 

El furor

Referido a Circuit City, este templo de videojuegos que en su momento fue la conocida Farmacia Pinardi (volviendo mucho en la historia, rumbo al 1900), la firma arribó con dos socios que llegaron de Carlos Paz.

“En 1994 vinimos a poner en funcionamiento Circuit City, era una época donde los videojuegos eran furor”, recordó Fernando Marchiaro uno de los mentores de tal local en diálogo con El Diario. Vale la pena mencionar que en un principio el comercio funcionó en el Paseo de la Villa.

“Pasaron los años y con mi socio nos fuimos poniendo grandes para poder seguir llevando adelante el negocio”.

Así, a mediados de 2015 (y luego de 20 años) el local cerraría definitivamente sus puertas y en el interior quedarían incontable cantidad de anécdotas y risas.

 Sobre los motivos que llevaron al cierre de la sala de recreación, Marchiaro analizó que “está complicada la importación de máquinas para mantenerse al día con lo último y sobre todo los niños tienen hoy en sus casas todo lo que les hace falta para divertirse, como, por ejemplo, las consolas de juego, las computadoras y hasta los mismos celulares”. “De alguna manera se puede decir que cada vez había menos chicos en nuestra sala de videjuegos y eso se debe a que ellos tienen la tecnología al alcance de su mano, de manera gratuita y sin tener que desplazarse de sus hogares”, manifestó y agregó que “a la vez los gastos fijos para mantener el lugar son cada vez mayores, entonces se torna complicado poder mantenerse dentro del rubro”.

Pero no todo murió allí ni estamos hablando de la prehistoria de los videojuegos. Hasta el día de hoy se siguen jugando y algunos, los más nostálgicos, han conseguido hacerse de los joysticks ( mandos o “palanquitas”) para poder jugar en su casa. Existe una enorme industria que hasta sigue imprimiendo revistas que son bien consumidas por los amantes de la nostalgia gammer.

 

La Rocola, conocida en nuestras tierras como Fonola, era otra “máquina” que marcaba la música y la atmósfera de la noche

¡Música, maestro!

En esta remembranza tampoco podemos olvidarnos de la Fonola -nombrada por algunos como Rocola-. Allí, uno podía utilizar un crédito para elegir la canción mas amada de su artista predilecto y generar que toda la sala la escuche (si por algo se caracterizaba era por su volumen elevado).

Buceando, dentro de un catálogo restringido -pero siempre bien nutrido-, todos podíamos compartir nuestros gustos con propios y extraños.

Dichos elementos también podían encontrarse en bares barriales u otros espacios... y hacia allí vamos.

En los barrios también

Del mismo modo, no podemos decir que solamente en el centro de nuestra ciudad tenían salas de videojuegos.

Sino que durante una época en varios barrios de la ambas Villas -y también de la región- pulularon este tipo de “salones”.

Algún vecino solía ceder un espacio de su vivienda, o el mismo garaje, para traer las máquinas y allí iban todos los más pequeños del barrio.

Ojo, que no cualquier ficha ingresaba en cualquier máquina. Las combinaciones eran muy exactas y sólo podían utilizarse en el lugar donde habían sido compradas.

Visitando hoy en el mundo del internet nos damos con la sorpresa de personas que tienen a la venta hasta 30 modelos diferentes de este tesoro de cinco centímetros de diámetro.

En nuestra juventud, aquellos que somos mayores de 30 años, jamás imaginaríamos que hoy en el mercado, a nuestras queridas “maquinitas”, se las ofrece como “máquinas de entretenimiento vintage”.

Sería difícil hacerles entender a algunos adolescentes de hoy cómo era la “jugabilidad”, y cómo llegábamos a pensar que aquellas “palancas” terminaban siendo una prolongación más de nuestras propias manos.

Decíamos. A nivel villamariense podemos recordar algunas salas -que solían vender los créditos más baratos- ubicadas en barrio Felipe Botta; en barrio los Olmos, al frente de los Monoblock o los fichines del Club Ameghino.

En Villa Nueva, los más memoriosos recordarán a “Moreno”: un local ubicado al frente de la Plaza Capitán de los Andes; en Mitre y Marcos Juárez, donde luego abriría sus puertas el supermercado Bizzuti Hermanos; sobre calle San Martín; “La Petisa”, al frente de la Plazoleta de barrio Malvinas; la Ofelia, al fondo de barrio San Antonio u otro espacio sobre Avenida Libertad, en cercanías de calle Córdoba.

 

Y en los pueblos

Diego Fernández, trae a la memoria la presencia de los “fichines” en Tío Pujio: “El primer videojuego lo tuvo el Linche Argüello y estaba justo en la esquina donde está el Pity (sobre calle Belgrano, esquina Santa Cruz). Eran los 80, más o menos”, relató.

“Estaban el Pac-Man y uno de dos caballos de carrera”.

“Después, en los 90, también Don Moro, en el centro donde ahora hay un Comité de la Unión Cívica Radical (Perón, entre Sabattini e Intendente Calvo)”.

“Recuerdo el Street Figther, Mortal Kombat, Pacman, Los Flipper de Indiana Jones y Jurassic Park”.

“‘¡También estaba don Trepat que también tenía agencia de Quiniela (Pasco y Ecuador)!”, cerró, el memorioso.

En La Palestina hubo tres locales casi en simultáneo durante los 90: “Lo del Flaco Maia; el bar de doña Elsa y lo de Gazzoli... el bar fue el primero en cerrar”, recuerda una voz.

En Ticino, los videojuegos se centraron en la sede del club, rememora Edgar Camargo.

Fueron (y hemos sido muchos) los que durante cualquier día de la semana rogábamos por una moneda para poder depositarla en una de estas máquinas. Los que hemos juntado las monedas suficientes para cambiarlas por fichas y luego apostar en la cascada el deseo de llegar a multiplicarlas.

 

Transformación

Si nos pusiésemos profundos podríamos pensar que el hecho de que cada persona tenga su videojuego en su casa fue eliminando el hecho de que cada sala sea un punto de reunión. Ya no se comparten espacios, sino que existe un tipo de individualismo donde los jóvenes no se ven las caras unos con los otros y las formas de conocerse son distintas.

Así, los videogames nos dejan una enseñanza y una buena alegría que tiende a repetirse cuando uno se encuentra con aquellos “muebles” que muchos compran en línea con el fin de “decorar” su sala.

Más adelante arribaría la eliminación de las fichas por tarjetas magnéticas y muchas salas hoy siguen funcionando en todo el país o hasta existe una fiesta llamada ¡Guachi Guau! donde se exponen aquellos videojuegos para volver a ser disfrutados, pero eso es otra historia.

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