Día de la memoria
martes, 26 de marzo de 2019 · 00:00
24 de Marzo - Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia
“El que se quema con leche, ve una vaca y llora”, dice el saber popular; y ese mismo saber retruca, desde algún otro lugar del mismo territorio común, que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Y en esa dialéctica contradictoria de saberes se va construyendo la memoria que va y viene por una suerte de juego de la Oca, avanzando y retrocediendo casilleros según caigan los dados y conforme cada uno hace el ejercicio de recordar o de olvidar, de reflexionar o de negar, de omitir o de ponderar. Porque “todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia”, canta el trovador.
¿Dónde habita la memoria?
Habita en los gestos, en las acciones, en los dichos y las decisiones de quienes nos precedieron, de nuestros contemporáneos, de nosotros mismos; y en el eco de esas acciones, dichos, gestos, decisiones.
Habita en aquellos olores que evocan imágenes de días, lugares, de momentos que tatuaron nuestra piel y nuestro modo de ser.
Habita en los sabores que guardan dulces o amargos instantes, días, meses, años en los que probamos las mieles y las hieles de la vida, en los que bebimos el vino amigo y en los que mordimos el polvo.
Habita en las canciones, los libros, los filmes, les otres, que nos hicieron quienes somos.
Habita en los objetos que se vuelven símbolos, señales que nos indican el camino a transitar. Y son faro, guía, brújula.
¿Habita en el pasado remoto? ¿Congelada, quieta, fija, como una foto borrosa, distante? ¿Habita en el presente que la mira y la vuelve a pensar en perspectiva? ¿En el futuro?
La memoria propone un viaje, siempre; un puente, un ir y venir hacia aquellos olores, sabores, canciones, objetos, gestos, hechos, dichos, para dialogar con ellos desde el siempre presente, para interpelar a la historia desde el hoy y su contexto, el hoy y las circunstancias, personales, políticas, sociales de cada mujer, de cada hombre; de todes y de cada une.
“La memoria despierta para herir, a los pueblos dormidos, que no la dejan vivir libre como el viento”, trova, trova, trovador.
Comienza el juego para no olvidar. Tiramos el dado y sale cuatro, pongamos por caso, y avanzamos cuatro casilleros en la historia y sentimos que estamos caminando hacia la meta y luego otra vez, otro dado y sale seis y avanzamos seis casilleros, pero toca la casilla del laberinto y ahí nos enredamos, nos confundimos, nos despistamos: “quién sabe Alicia este país, no estuvo hecho porque sí. Te vas a ir, vas a salir, pero te quedas, ¿dónde más vas a ir? Es que aquí, el trabalenguas traba lenguas, el asesino te asesina, es mucho para ti. Se acabó ese juego que te hacía feliz”, la canción de Alicia en el país llega desde un Wincofon y desde una celda o pozo o sótano oscuro del país llega también el poema:
Me despido de este país.
Me despido de mis amigos,
de mis enemigos.
Amigos.
Solo quiero recordarles
que no dejen de ser
mis amigos.
Solo quiero recordarles
que no me olviden
a la marcha del tiempo,
a la marcha del tren
en que me vaya
que borran las huellas de la
amistad lejana.
Marcelo Gelman - 1956 - 24 de agosto de 1976.
“Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie juegan cricket bajo la Luna. Estamos en la tierra de nadie, pero es mía. Los inocentes son los culpables, dice su señoría, el Rey de espadas”. Desaparecidos y desaparecedores, detenidos y carceleros, asesinados y asesinos, torturados y torturadores. Búsqueda, búsqueda, búsqueda infatigable de Madres, Abuelas, y padres que acompañaron a esas madres y abuelas. La memoria habita en los pañuelos, pañales que fueron pañuelos, en las cabezas de las Madres y las Abuelas.
Otra vez el dado y los casilleros del juego para no olvidar. Cinco. Avanzamos. Recordamos. Kity evoca a Ester, su amiga Ester, desaparecida por la última dictadura: olor a pan quemado.
“Mientras uno los recuerde no se van; mientras los recordamos, sus espíritus vivirán; está en tus manos mantenerlos vivos. Por eso puedo imaginarte y recrearte. Puedo verte envejecer, siendo en mi memoria aún joven, con tu belleza, tu cabello oscuro, tu paso lento y tu palabra siempre pronta. Sí que sabías hablar, de las cosas simples hacer un largo relato.
Darle mil vueltas a los problemas. Escribiste en un libro que me regalaste: “La vida es como la cebolla, hay que pelarla llorando”. Decías “hay que caminar despacio porque para qué apurarnos si llegamos tarde de todos modos”; total, siempre salíamos tarde, salíamos cuando era la hora de llegar. Es que nunca teníamos el cabello lo suficientemente lacio como pretendíamos, ni la minifalda corta como nos gustaba. Y nunca olvidábamos un trozo de pan, aunque fuéramos a comer pizza.
El tiempo fue recorriendo algunos calendarios. Crecimos, creando nuestro futuro, con aciertos, errores, encuentros, ausencias, pero en los momentos importantes siempre ahí, el grupo, juntas. En el disfrute de una peña, en el nacimiento de nuestros hijos, conteniendo alguna tristeza por un mal de amores; compartiendo un vino, una comida, riendo, llorando, tejiendo, caminando por la costa del río, leyendo, explicando el porqué de algo, hasta que se entendía. Cuidándonos en los tiempos violentos que vivíamos, pero que nunca pensamos que serían de verdad tragedias.
Tus imágenes van hacia atrás y vuelven, se me amontonan, se superponen. Las recreo, las mezclo, las hago llegar hasta hoy para tenerte en lo cotidiano y así poder imaginarte con los niños, con los que te gustaba trabajar como psicóloga.
No fue simple que quedaras embarazada. Hubo dificultades, pero lograste que Paula naciera. Recuerdo una nota en tu tarjeta laboral: decías que me esperabas a comer, que sería tía. Había que brindar. Fui con Renata muy chiquita y fue una fiesta, escuchábamos y cantábamos folclore, Los Beatles y por supuesto, Julio Sosa, que cuando se murió dijiste “chau, Julio” (época del secundario).
La última vez que estuvimos juntas la recuerdo muy bien: hacía pocos días que Paula había nacido, eran los primeros días de enero del 78. Tanto hablamos sentadas en tu cama al lado de la beba, que se nos quemaron las tostadas que íbamos a comer con el mate.
El olor a pan quemado, es el olor a la casa de Ester”.
El juego continúa. No para. Es el jugador quien debe preguntar, preguntarse, releer, pensar, no olvidar. Preguntar, por ejemplo: ¿cuándo comienza la memoria? ¿El 24 de marzo de 1976? ¿Antes? ¿El 16 de junio de 1955, con la masacre de Plaza de Mayo, cuando un grupo de militares y civiles opositores al Gobierno del presidente Juan Domingo Perón intentaron asesinarlo y llevar adelante un golpe de Estado matando a más de trescientas personas e hiriendo a más de setecientas, entre civiles y militares? ¿El 6 de septiembre de 1930, cuando un grupo de militares encabezado por el general José Félix Uriburu se apoderó del Gobierno, derrocando al presidente Hipólito Yrigoyen? ¿En 1878, cuando el General Julio Argentino Roca avanzó sobre grandes extensiones de territorio que se encontraban habitadas por de pueblos originarios: mapuche, pampa, ranquel y tehuelche?
¿Cuándo los españoles Pedro de Mendoza (1534) y Juan de Garay (1580), cada uno a su tiempo, a espada limpia y cruz y Biblia impusieron el Virreinato? ¿Después? ¿Con la desaparición de Julio López? ¿Con el asesinato de Santiago Maldonado? ¿De Rafael Nahuel?
La memoria no empieza y no termina. A lo sumo, llega hasta un casillero antes del final del juego y si cae justo ahí, si el dado lleva al jugador hasta ahí, el jugador debe volver al inicio. ¿Vemos una vaca y lloramos? ¿Tropezamos con la misma piedra?
La memoria habita un espacio que no tiene tiempo
Así, Gustavo viaja hasta su infancia, desde el hoy más hoy, y recuerda la detención de su padre, cuando él apenas tenía 8 años.
“ La dictadura cívico-militar-eclesiástica que azotó nuestro país no se vivió en mi casa como un documental o un libro de historia argentina. Atravesó la vida familiar y la cambió abruptamente, en especial para ese pibe de 8 años que era uno por entonces, y para mi papá, en particular.
La madrugada del 24 de marzo una patota al mando del teniente primero Martínez de la Fábrica Militar Villa María (a las órdenes del Tercer Cuerpo de Ejército) irrumpió en un allanamiento ilegal en la casa de mi familia. Durante un par de horas dieron vuelta todo buscando armas, hasta desparramaron por el piso una caja de cientos de Rasti (el juego de encastre que era mi favorito). Pero en mi casa no había armas, había elementos mucho más peligrosos para esa clase de personajes; no estaban escondidos, estaban a la vista en una biblioteca y eran cientos: diccionarios, filosofía, historia, política, clásicos, también muchos de cuentos infantiles. Además algunos discos que dejaron de escucharse en las radios, porque estaban prohibidos.
Yo viví el allanamiento desde mi cama, eran cerca de las 5 de la mañana. Primero muy asustado y luego, haciéndome el dormido, cuando uno de esos personajes intentó entrar a mi dormitorio. Martínez dio la orden de no pasar, porque había un niño durmiendo. Tanto fingí, que me dormí de verdad y no escuché cuando terminó lo que esa gente llamaba “operativo”, y se llevaron a mi viejo, de manera ilegal.
Cuando desperté, la casa estaba, literalmente, dada vueltas. Ropa, vajillas, comestibles, libros y hasta juguetes, estaban desparramados por distintas habitaciones. Mi mamá (para protegerme) me dijo que mi papá había viajado. El era viajante, era vendedor de libros y eran habituales sus viajes a Catamarca, La Rioja o Santiago del Estero, pero esta vez “se fue a Salta y Jujuy. Creo que va a estar varias semanas afuera”, fueron más o menos las palabras de mi mamá.
Los vecinos que se acercaron a preguntar, algún amigo de la familia que pasó en las horas posteriores a ese día, fueron suficientes, para aquel niño de 8 años que era yo por entonces, empezara a descubrir otra realidad. Después me enteré que primero lo llevaron incomunicado a la Jefatura de la Policía local (alguna vez se tendrá que investigar el grado de complicidad que esa fuerza tuvo con la dictadura), y que fue uno de los primeros en llegar aquella madrugada a la Jefatura de calle General Paz.
Sin dudas todo cambió. Ya no aparecía en la televisión aquella mujer con voz quebrada, a la que en las charlas de política llamaban Isabel; tampoco el pelado apodado “El Brujo”. Vendrían caras extrañas (como dice el tango), un militar flaco de bigotes y otro hombre de actitud pedante y con orejas grandes, que nunca anunciaba cosas buenas para la gente. También cambiaron muchas cosas en casa. Creo que mi mamá nunca se percató que yo sabía todo, y que me iba enterando de lo que pasaba, escuchando charlas detrás de las puertas, casi siempre.
Me fui enterando de que mi viejo pasó primero por la cárcel local, luego por la UP1 de Córdoba y finalmente por la de Sierra Chica, en Azul. Cada vez más lejos, cada vez menos accesible para visitarlo, más allá de los 133 días que lo tuvieron incomunicado.
Cuando se pudo, mi vieja aprovechaba cada viaje que hacían familiares de otros compañeros que también habían sido privados ilegalmente de su libertad, como Sergio, Pepe u Omar.
Aquel pibe de 8 años, estuvo los 12 meses que pasó detenido ilegalmente su viejo, sin poder verlo. Me contaron después que era para evitar que me impresionara al ver donde lo tenían.
Ese niño, estuvo un año sin sentir un abrazo, sin compartir la lectura de un libro o sin ir juntos a ver boxeo al Salón de los Deportes.
Solo un par de amigos de la infancia sabían lo que pasaba, lo que sentía y sufría ese niño que era yo; otros amigos (me enteré muchos años después) sabían, pero no se animaban a decirlo o preguntar. De la familia hubo gente que fue incondicional y de los amigos también, en especial Doris y Quito (ya fallecidos).
Otros amigos corrieron el mismo destino que mi viejo. A algunos los había visto, asiduamente, en esa librería llamada “Macondo” (el mismo nombre del pueblo de la novela “Cien años de soledad”) donde se reunían a charlar de política. Me enteré que varios salieron del país antes aquel ese día y se exiliaron, como el flaco que era fotógrafo, el “Gordo” del Fitito o la abogada que tenía tres hijos y llamábamos, familiarmente, “Chabela”, con los que compartíamos algunas cenas, habitualmente los sábados. También hubo otros que directamente se hicieron los desentendidos (bah, los boludos), tal vez por miedo. No los juzgo, para eso está su conciencia.
Aquel nene de 8 años, que era uno, pasó por momentos tristes y otros de risas, como cualquier niño que vivía algo parecido. Por la mañana iba al colegio y las tardes se mezclaban entre las tareas, el cole, la tele y los juegos.
Vaya paradoja, recuerdo que, después que todo cambió, jugábamos a Swat (aquella serie televisiva de moda). Increíblemente, a pocos metros de mí casa, vigilaba un Unimog del Ejército, con varios soldados. Era el mismo camión al que le “disparábamos” con nuestras ametralladoras de plástico, porque eran “el enemigo”. Así lo entendíamos, eran “el enemigo” pero no nos acercábamos, porque sus armas no eran de plástico.
En la escuela, que por entonces tenía sus aulas pintadas de amarillo, a veces estaba disperso y notaba la mirada tierna de Beatriz, mi “seño” de tercer grado (todavía hoy me saluda cuando la cruzo en la calle) y esto provocaba que visitara, casi semanalmente, el Gabinete Psicopedagógico, donde me esperaba esa mujer amable y comprensiva, Coca Sobrino, curiosamente la que fue ministra de Educación provincial, cuando había regresado la democracia.
Aprendí con 8 años a escribir cartas y leer las que me mandaba mi viejo, escritas con letra chiquita para ahorrar papel (algunas todavía las conservo en algún cajón), donde se volvió realidad lo que Mario Benedetti escribió en su poema “Hombre preso que mira a su hijo”.
También aprendí a convivir con palabras nuevas como: “dictadura”, “a disposición del PEN”, “la nueva lista de los que salen en libertad”, “libertad vigilada”, “exiliado”, “no se sabe dónde está… está desaparecido”, “deuda externa” y “censura”.
Cada vez que un diario informaba las nuevas listas de personas que eran liberadas, trataba de buscar el nombre de mi viejo, que había cumplido sus 31 años estando detenido ilegalmente, sin causa y sin juicio. Mientras otros aparecían, el de mi viejo seguía sin ser escrito.
Pasaron 12 meses eternos. La dictadura ya cumplía su primer año y en el papel de un diario (creo que era el viejo “Noticias”) apareció su nombre: Hugo Roque…, y en el mismo párrafo el de otro villamariense, Miguel... Fue el día más alegre para ese nene que había cumplido 9 años y empezaba cuarto grado.
Esa madrugada que volvió, pudo volver a sentir el calor de sus abrazos. Mi viejo, con el paso del tiempo fue hablando y contando todo lo que había vivido, en primera persona, del singular y también del plural.
Algunos de aquellos amigos también empezaron a recuperar su libertad; otros, como al “Gallego” no volvimos a verlo, ya todo había cambiado. Ahora se escuchaban palabras nuevas “tortura” y “apremios ilegales”
Ahora, aquel niño de 9 años, podía volver a caminar de la mano de su papá, a leer juntos un libro, a ir al río o a ver boxeo (creo que fuimos apenas un par de veces a ver fútbol).
Ese niño tuvo la suerte que otros no, volver a caminar junto a su papá o sentir un abrazo cada día. También aprendió otras palabras que sonaban más lindo, como “libertad” y unos años después otras que eran más fuertes: “Democracia” y “Nunca Más”.
Hay quienes hacen un nudo en el pañuelo para no olvidar, para recordar. La memoria habita pañuelos, pañuelos pañales en la cabeza de la Madres y las Abuelas; pañuelos que son un símbolo de la lucha por no perder la memoria; pañuelos que recorrieron el mundo de vuelo en vuelo; pañuelos que más tarde, pasaron a lucir los HI JOS en el cuello, y luego los piqueteros en la cara, y después las chicas, los chicos, les chiques en las muñecas; pañuelos blancos, verdes, multicolores, pañuelos de la memoria.
Y el dado vuelve a rodar, y los jugadores a jugar el juego de no olvidar. Javier y su papá, Alfredo, evocan al “Gallego”, a Eduardo Requena. “Porque lo conocí, porque mi familia tiene el orgullo de ser amiga de la suya, porque cuando nací (en 1965) en las partidas de nacimiento eran necesarias las firmas de dos testigos, y mi mamá y mi papá eligieron a Eduardo. En un hogar poco o nada religioso siempre dijimos que él era mi padrino laico (el otro: Otto Wester)”, dice Javier.
“Pensé qué podía escribir, y descubrí que aunque siempre estuvo presente su recuerdo en el ámbito familiar, no había hablado puntualmente con mi viejo de Eduardo desde hace varios años, cuando lo grabé en video junto a mi tío Tuni Morello (otra ausencia y ya van varias) para un documental sobre Requena que ya me está llevando demasiado tiempo. Stocchero dio el okey a la idea. Y esta es la charla telefónica:
-Papá, es medio tonta la pregunta pero ¿podés definirlo a Eduardo?
-Yo siempre pienso que es imposible por más esfuerzo que uno haga encerrarlo en una cápsula y decir “taca taca taca”. Porque es la persona más importante y capacitada que yo he tenido en mi vida, intelectualmente, moralmente… me doy cuenta ahora cuando uno necesita un referente, alguien para consultar, porque sabemos que todo lo que sucede en todo el mundo tiene una razón política detrás. ¿No es cierto? todo, todo tiene un origen y una dirección y el tipo que veía bajo el agua, arriba del agua, en todo era Eduardo. Y en todo sentido no solamente el sentido político, en el sentido histórico… tenía una inteligencia, un intelecto, poderosísimos acompañados por la acción. Porque a Eduardo se lo rescata como docente y gremialista y era eso, pero mucho más importante es que era un luchador revolucionario y que él sabiendo de antemano todo lo que iba a pasar y que pasó -porque lo sabía- siguió luchando y militando hasta el último día.
Eduardo fue despedido (sin explicaciones) de sus trabajos como muchos docentes en la época, y pronto estuvo claro que su vida corría peligro.
-Claro, pero seguía militando. Soledad García (su compañera) estaba detenida de manera ilegal y él seguía buscándola, reclamando y no solo por ella sino por todos los que estuvieran en esa situación. Dormía en casas prestadas, aparecía un rato para ver cómo estaba la gente que quería, volvía a salir sin decir dónde iba. Siempre austero: la misma ropa, negándose a recibir ayuda económica. Podía pedirte que llevaras un mensaje a alguien: a su hermano en el Correo para que la familia supiera que estaba bien, o atender una llamada donde nadie se identificaba y había que pasar un dato. Nunca quería comprometer a nadie.
Mi papá no se acuerda del día en que conoció a Eduardo. Pero sabe más o menos por dónde empieza la historia: por los campamentos.
-Yo circunstancialmente me hice de una carpa y empecé a ser campamentista y salíamos con amigos y a través de un grupo de gente del colegio Rivadavia donde estaban Lulo (Tais) el Dino (Calvo) Pablo Lazos y tanta otra gente nos invitan a un campamento de la juventud del partido socialista que en esos años tenía entre otras actividades este campamento anual de un mes en los lagos del sur y bueno, desde entonces conocí a toda esa gente y a Eduardo. A esos campamentos iba gente de todo el país. No todos eran socialistas, Eduardo era un tipo de izquierda pero no vinculado con el partido. Iban familias, gente de todas las edades, se cantaban canciones, se discutía de política, se jugaba al fútbol, se hacían búsquedas del tesoro y juegos para los chicos.
Sí se acuerda mi viejo que entre un campamento y otro se casó con mi vieja, y que cuando nací yo la elección natural para “padrino laico” era Eduardo.
¿Qué me acuerdo yo? Me acuerdo de mi primer Astérix. Regalado por él. Y que esa lectura fue heredada por mis hijos. Me acuerdo de él yendo a la casa de mi abuela, al lado de la nuestra a ver un discurso en directo de algún ministro (¿Ivanissevich?) y sus comentarios irónicos. Me acuerdo de largas noches antes de que llegara la noche en serio en casa o en el campo con Sole García, Lalo y Pochi López Lasso, Néstor y Pochi del Llano, los Montenegro, mis tíos y mis primos. Me acuerdo que a veces todos se iban yendo a dormir y que más de una vez mi mamá se quedaba charlando con Eduardo, como tantas veces lo hizo con mi tío. ¿De qué hablaban Eduardo y mi vieja? ¿de política, de historia? seguro. Eran noctámbulos y capaz que se quedaban fumando, tomando un vasito de vino (o de cointreau en el caso de Julia) y hablaban de nada.
De esas noches con mi papá y mi mamá rodeados de amigos, siempre con una guitarra, discutiendo, aprendiendo, conociendo, quiero creer que vengo yo, y vinieron después mis hijos. Gregarios, inconformistas, reacios a aceptar pautas generacionales o de género. Eso me imagino. Eso quiero.
Eduardo, cuenta mi viejo, hacía de todo en esos campamentos años antes del horror (aunque tampoco es que fuera perfecta la Patria, apenas era prolija) dice: “Se hacía cargo de lo que hubiera, cocinaba, ayudaba, armaba carpas, y sobre todo hablaba. Pero hacía todo, en un campamento hasta construyó una larga mesa para que todos pudiéramos comer”.
La misma capacidad para la multitarea que siempre cuenta Soledad García: “Volviendo de no sé qué congreso de Ctera, andá a saber en qué provincia, en el Citroën amarillo, con el negro Varas, corrigiendo pruebas que había que entregar a los alumnos al día siguiente, casi nos desbarrancamos”. Yo invito a leer la nota así: sindicalistas docentes sin viáticos, y trabajando. Eso suele ser común aún hoy entre los maestros y profesores gracias a la herencia de gente como la que hablo. Pero… ¿sindicalistas en Citroën y corrigiendo pruebas? hay muchos hoy así por suerte, pero no son la mayoría. Revolucionarios, como decía mi viejo cuando empezamos a hablar.
Le pregunto también a mi papá desde cuando conoce a la familia Requena. Y me contesta que conocía de vista al padre de Eduardo exferroviario al que un accidente de trabajo obligó a desplazarse en una silla de ruedas a pedal que los que tienen mi edad recordarán sin dudas. Y que por supuesto sabía de los hermanos Requena todos ellos al igual que Eduardo futbolistas destacados, Mario y Miguel hicieron importantes carreras no solo a nivel local. Pero la relación duradera, dice mi viejo, empezó con la clandestinidad de Eduardo y sobre todo a partir de su desaparición. Silvina, su hermana menor, y toda su familia, son para mi papá (y para todos nosotros) tan cercanos como te puedas imaginar.
De Eduardo no quedan muchas fotos. Primero porque no le gustaban. Soledad tiene algunas, Silvina otras (de chico y de grande). Pero además entre las crueldades del proceso cuando una foto era una “prueba” de ser subversivo son muchos los que destruyeron o tiraron ese material. En el interminable documental sobre Eduardo que estamos haciendo, lo que más nos cuesta es conseguir imágenes suyas. En casa cuando detuvieron a mi viejo quemamos cientos de diapositivas de campamentos. Imaginate barbudos sonriendo, mujeres felices, carpas… suena a revolución ¿no? y más o menos con cada amiga o amigo de Eduardo con quién hablo.
Cuando Eduardo desapareció, en el bar Miracles de Córdoba, yendo a una reunión con compañeros de la Mesa de Gremios en Lucha y jugándose para salvar a quién se iba a encontrar con él, los asesinos apostaban a convertirlo en “una entelequia” como dijo Videla años después. Alguien que no está. Alguien de quién no nos vamos a acordar.
Hoy como dice mi viejo hay bibliotecas, calles, agrupaciones sindicales, y colegios que llevan su nombre. Si no hay fotos, los artistas lo dibujan. Y en nuestra memoria, la de sus sobrinos, la de las hijas e hijos de sus amigos, y de las hijas e hijos de éstos, Eduardo está vivo y presente. Y en lxs alumnxs del IPEM 207 "Eduardo R. Requena" en Córdoba ni te cuento. Te invito a que visites la página y veas que Eduardo está presente, ahora y siempre.
No quedan fotos, queda la obra
“Y tras muchos años de campamentos, de ir de acá para allá, la mesa que fabricó Eduardo en aquel campamento está en mi casa. En la casa de mi viejo, y cuando somos muchos, la sacamos y nos sentamos y comemos y cantamos, charlamos, discutimos y sobre todo recordamos”.
Otro tiro de dados y el juego para no olvidar continúa. Inexorablemente. Aunque existan los casilleros del pozo, del laberinto, de la cárcel; aunque haya casilleros en blanco; aunque perdamos uno, dos, tres turnos, aunque no querramos participar, en algún momento volvemos a jugar y a recordar.
Cuando el dado cae en el casillero del pañuelo, volvemos a recordar. Y solo podemos elegir desde qué lugar del presente recordamos, interpelamos, reconstruirmos, reflexionamos; desde qué perspectiva practicamos la memoria.
Testimonios: Cristina Angeli
Gustavo Ferradans
Javier Morello
Alfredo Morello
Habita en los gestos, en las acciones, en los dichos y las decisiones de quienes nos precedieron, de nuestros contemporáneos, de nosotros mismos; y en el eco de esas acciones, dichos, gestos, decisiones.
Habita en aquellos olores que evocan imágenes de días, lugares, de momentos que tatuaron nuestra piel y nuestro modo de ser.
Habita en los sabores que guardan dulces o amargos instantes, días, meses, años en los que probamos las mieles y las hieles de la vida, en los que bebimos el vino amigo y en los que mordimos el polvo.
Habita en las canciones, los libros, los filmes, les otres, que nos hicieron quienes somos.
Habita en los objetos que se vuelven símbolos, señales que nos indican el camino a transitar. Y son faro, guía, brújula.
¿Habita en el pasado remoto? ¿Congelada, quieta, fija, como una foto borrosa, distante? ¿Habita en el presente que la mira y la vuelve a pensar en perspectiva? ¿En el futuro?
La memoria propone un viaje, siempre; un puente, un ir y venir hacia aquellos olores, sabores, canciones, objetos, gestos, hechos, dichos, para dialogar con ellos desde el siempre presente, para interpelar a la historia desde el hoy y su contexto, el hoy y las circunstancias, personales, políticas, sociales de cada mujer, de cada hombre; de todes y de cada une.
“La memoria despierta para herir, a los pueblos dormidos, que no la dejan vivir libre como el viento”, trova, trova, trovador.
Comienza el juego para no olvidar. Tiramos el dado y sale cuatro, pongamos por caso, y avanzamos cuatro casilleros en la historia y sentimos que estamos caminando hacia la meta y luego otra vez, otro dado y sale seis y avanzamos seis casilleros, pero toca la casilla del laberinto y ahí nos enredamos, nos confundimos, nos despistamos: “quién sabe Alicia este país, no estuvo hecho porque sí. Te vas a ir, vas a salir, pero te quedas, ¿dónde más vas a ir? Es que aquí, el trabalenguas traba lenguas, el asesino te asesina, es mucho para ti. Se acabó ese juego que te hacía feliz”, la canción de Alicia en el país llega desde un Wincofon y desde una celda o pozo o sótano oscuro del país llega también el poema:
Me despido de este país.
Me despido de mis amigos,
de mis enemigos.
Amigos.
Solo quiero recordarles
que no dejen de ser
mis amigos.
Solo quiero recordarles
que no me olviden
a la marcha del tiempo,
a la marcha del tren
en que me vaya
que borran las huellas de la
amistad lejana.
Marcelo Gelman - 1956 - 24 de agosto de 1976.
“Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie juegan cricket bajo la Luna. Estamos en la tierra de nadie, pero es mía. Los inocentes son los culpables, dice su señoría, el Rey de espadas”. Desaparecidos y desaparecedores, detenidos y carceleros, asesinados y asesinos, torturados y torturadores. Búsqueda, búsqueda, búsqueda infatigable de Madres, Abuelas, y padres que acompañaron a esas madres y abuelas. La memoria habita en los pañuelos, pañales que fueron pañuelos, en las cabezas de las Madres y las Abuelas.
Otra vez el dado y los casilleros del juego para no olvidar. Cinco. Avanzamos. Recordamos. Kity evoca a Ester, su amiga Ester, desaparecida por la última dictadura: olor a pan quemado.
“Mientras uno los recuerde no se van; mientras los recordamos, sus espíritus vivirán; está en tus manos mantenerlos vivos. Por eso puedo imaginarte y recrearte. Puedo verte envejecer, siendo en mi memoria aún joven, con tu belleza, tu cabello oscuro, tu paso lento y tu palabra siempre pronta. Sí que sabías hablar, de las cosas simples hacer un largo relato.
Darle mil vueltas a los problemas. Escribiste en un libro que me regalaste: “La vida es como la cebolla, hay que pelarla llorando”. Decías “hay que caminar despacio porque para qué apurarnos si llegamos tarde de todos modos”; total, siempre salíamos tarde, salíamos cuando era la hora de llegar. Es que nunca teníamos el cabello lo suficientemente lacio como pretendíamos, ni la minifalda corta como nos gustaba. Y nunca olvidábamos un trozo de pan, aunque fuéramos a comer pizza.
El tiempo fue recorriendo algunos calendarios. Crecimos, creando nuestro futuro, con aciertos, errores, encuentros, ausencias, pero en los momentos importantes siempre ahí, el grupo, juntas. En el disfrute de una peña, en el nacimiento de nuestros hijos, conteniendo alguna tristeza por un mal de amores; compartiendo un vino, una comida, riendo, llorando, tejiendo, caminando por la costa del río, leyendo, explicando el porqué de algo, hasta que se entendía. Cuidándonos en los tiempos violentos que vivíamos, pero que nunca pensamos que serían de verdad tragedias.
Tus imágenes van hacia atrás y vuelven, se me amontonan, se superponen. Las recreo, las mezclo, las hago llegar hasta hoy para tenerte en lo cotidiano y así poder imaginarte con los niños, con los que te gustaba trabajar como psicóloga.
No fue simple que quedaras embarazada. Hubo dificultades, pero lograste que Paula naciera. Recuerdo una nota en tu tarjeta laboral: decías que me esperabas a comer, que sería tía. Había que brindar. Fui con Renata muy chiquita y fue una fiesta, escuchábamos y cantábamos folclore, Los Beatles y por supuesto, Julio Sosa, que cuando se murió dijiste “chau, Julio” (época del secundario).
La última vez que estuvimos juntas la recuerdo muy bien: hacía pocos días que Paula había nacido, eran los primeros días de enero del 78. Tanto hablamos sentadas en tu cama al lado de la beba, que se nos quemaron las tostadas que íbamos a comer con el mate.
El olor a pan quemado, es el olor a la casa de Ester”.
El juego continúa. No para. Es el jugador quien debe preguntar, preguntarse, releer, pensar, no olvidar. Preguntar, por ejemplo: ¿cuándo comienza la memoria? ¿El 24 de marzo de 1976? ¿Antes? ¿El 16 de junio de 1955, con la masacre de Plaza de Mayo, cuando un grupo de militares y civiles opositores al Gobierno del presidente Juan Domingo Perón intentaron asesinarlo y llevar adelante un golpe de Estado matando a más de trescientas personas e hiriendo a más de setecientas, entre civiles y militares? ¿El 6 de septiembre de 1930, cuando un grupo de militares encabezado por el general José Félix Uriburu se apoderó del Gobierno, derrocando al presidente Hipólito Yrigoyen? ¿En 1878, cuando el General Julio Argentino Roca avanzó sobre grandes extensiones de territorio que se encontraban habitadas por de pueblos originarios: mapuche, pampa, ranquel y tehuelche?
¿Cuándo los españoles Pedro de Mendoza (1534) y Juan de Garay (1580), cada uno a su tiempo, a espada limpia y cruz y Biblia impusieron el Virreinato? ¿Después? ¿Con la desaparición de Julio López? ¿Con el asesinato de Santiago Maldonado? ¿De Rafael Nahuel?
La memoria no empieza y no termina. A lo sumo, llega hasta un casillero antes del final del juego y si cae justo ahí, si el dado lleva al jugador hasta ahí, el jugador debe volver al inicio. ¿Vemos una vaca y lloramos? ¿Tropezamos con la misma piedra?
La memoria habita un espacio que no tiene tiempo
Así, Gustavo viaja hasta su infancia, desde el hoy más hoy, y recuerda la detención de su padre, cuando él apenas tenía 8 años.
“ La dictadura cívico-militar-eclesiástica que azotó nuestro país no se vivió en mi casa como un documental o un libro de historia argentina. Atravesó la vida familiar y la cambió abruptamente, en especial para ese pibe de 8 años que era uno por entonces, y para mi papá, en particular.
La madrugada del 24 de marzo una patota al mando del teniente primero Martínez de la Fábrica Militar Villa María (a las órdenes del Tercer Cuerpo de Ejército) irrumpió en un allanamiento ilegal en la casa de mi familia. Durante un par de horas dieron vuelta todo buscando armas, hasta desparramaron por el piso una caja de cientos de Rasti (el juego de encastre que era mi favorito). Pero en mi casa no había armas, había elementos mucho más peligrosos para esa clase de personajes; no estaban escondidos, estaban a la vista en una biblioteca y eran cientos: diccionarios, filosofía, historia, política, clásicos, también muchos de cuentos infantiles. Además algunos discos que dejaron de escucharse en las radios, porque estaban prohibidos.
Yo viví el allanamiento desde mi cama, eran cerca de las 5 de la mañana. Primero muy asustado y luego, haciéndome el dormido, cuando uno de esos personajes intentó entrar a mi dormitorio. Martínez dio la orden de no pasar, porque había un niño durmiendo. Tanto fingí, que me dormí de verdad y no escuché cuando terminó lo que esa gente llamaba “operativo”, y se llevaron a mi viejo, de manera ilegal.
Cuando desperté, la casa estaba, literalmente, dada vueltas. Ropa, vajillas, comestibles, libros y hasta juguetes, estaban desparramados por distintas habitaciones. Mi mamá (para protegerme) me dijo que mi papá había viajado. El era viajante, era vendedor de libros y eran habituales sus viajes a Catamarca, La Rioja o Santiago del Estero, pero esta vez “se fue a Salta y Jujuy. Creo que va a estar varias semanas afuera”, fueron más o menos las palabras de mi mamá.
Los vecinos que se acercaron a preguntar, algún amigo de la familia que pasó en las horas posteriores a ese día, fueron suficientes, para aquel niño de 8 años que era yo por entonces, empezara a descubrir otra realidad. Después me enteré que primero lo llevaron incomunicado a la Jefatura de la Policía local (alguna vez se tendrá que investigar el grado de complicidad que esa fuerza tuvo con la dictadura), y que fue uno de los primeros en llegar aquella madrugada a la Jefatura de calle General Paz.
Sin dudas todo cambió. Ya no aparecía en la televisión aquella mujer con voz quebrada, a la que en las charlas de política llamaban Isabel; tampoco el pelado apodado “El Brujo”. Vendrían caras extrañas (como dice el tango), un militar flaco de bigotes y otro hombre de actitud pedante y con orejas grandes, que nunca anunciaba cosas buenas para la gente. También cambiaron muchas cosas en casa. Creo que mi mamá nunca se percató que yo sabía todo, y que me iba enterando de lo que pasaba, escuchando charlas detrás de las puertas, casi siempre.
Me fui enterando de que mi viejo pasó primero por la cárcel local, luego por la UP1 de Córdoba y finalmente por la de Sierra Chica, en Azul. Cada vez más lejos, cada vez menos accesible para visitarlo, más allá de los 133 días que lo tuvieron incomunicado.
Cuando se pudo, mi vieja aprovechaba cada viaje que hacían familiares de otros compañeros que también habían sido privados ilegalmente de su libertad, como Sergio, Pepe u Omar.
Aquel pibe de 8 años, estuvo los 12 meses que pasó detenido ilegalmente su viejo, sin poder verlo. Me contaron después que era para evitar que me impresionara al ver donde lo tenían.
Ese niño, estuvo un año sin sentir un abrazo, sin compartir la lectura de un libro o sin ir juntos a ver boxeo al Salón de los Deportes.
Solo un par de amigos de la infancia sabían lo que pasaba, lo que sentía y sufría ese niño que era yo; otros amigos (me enteré muchos años después) sabían, pero no se animaban a decirlo o preguntar. De la familia hubo gente que fue incondicional y de los amigos también, en especial Doris y Quito (ya fallecidos).
Otros amigos corrieron el mismo destino que mi viejo. A algunos los había visto, asiduamente, en esa librería llamada “Macondo” (el mismo nombre del pueblo de la novela “Cien años de soledad”) donde se reunían a charlar de política. Me enteré que varios salieron del país antes aquel ese día y se exiliaron, como el flaco que era fotógrafo, el “Gordo” del Fitito o la abogada que tenía tres hijos y llamábamos, familiarmente, “Chabela”, con los que compartíamos algunas cenas, habitualmente los sábados. También hubo otros que directamente se hicieron los desentendidos (bah, los boludos), tal vez por miedo. No los juzgo, para eso está su conciencia.
Aquel nene de 8 años, que era uno, pasó por momentos tristes y otros de risas, como cualquier niño que vivía algo parecido. Por la mañana iba al colegio y las tardes se mezclaban entre las tareas, el cole, la tele y los juegos.
Vaya paradoja, recuerdo que, después que todo cambió, jugábamos a Swat (aquella serie televisiva de moda). Increíblemente, a pocos metros de mí casa, vigilaba un Unimog del Ejército, con varios soldados. Era el mismo camión al que le “disparábamos” con nuestras ametralladoras de plástico, porque eran “el enemigo”. Así lo entendíamos, eran “el enemigo” pero no nos acercábamos, porque sus armas no eran de plástico.
En la escuela, que por entonces tenía sus aulas pintadas de amarillo, a veces estaba disperso y notaba la mirada tierna de Beatriz, mi “seño” de tercer grado (todavía hoy me saluda cuando la cruzo en la calle) y esto provocaba que visitara, casi semanalmente, el Gabinete Psicopedagógico, donde me esperaba esa mujer amable y comprensiva, Coca Sobrino, curiosamente la que fue ministra de Educación provincial, cuando había regresado la democracia.
Aprendí con 8 años a escribir cartas y leer las que me mandaba mi viejo, escritas con letra chiquita para ahorrar papel (algunas todavía las conservo en algún cajón), donde se volvió realidad lo que Mario Benedetti escribió en su poema “Hombre preso que mira a su hijo”.
También aprendí a convivir con palabras nuevas como: “dictadura”, “a disposición del PEN”, “la nueva lista de los que salen en libertad”, “libertad vigilada”, “exiliado”, “no se sabe dónde está… está desaparecido”, “deuda externa” y “censura”.
Cada vez que un diario informaba las nuevas listas de personas que eran liberadas, trataba de buscar el nombre de mi viejo, que había cumplido sus 31 años estando detenido ilegalmente, sin causa y sin juicio. Mientras otros aparecían, el de mi viejo seguía sin ser escrito.
Pasaron 12 meses eternos. La dictadura ya cumplía su primer año y en el papel de un diario (creo que era el viejo “Noticias”) apareció su nombre: Hugo Roque…, y en el mismo párrafo el de otro villamariense, Miguel... Fue el día más alegre para ese nene que había cumplido 9 años y empezaba cuarto grado.
Esa madrugada que volvió, pudo volver a sentir el calor de sus abrazos. Mi viejo, con el paso del tiempo fue hablando y contando todo lo que había vivido, en primera persona, del singular y también del plural.
Algunos de aquellos amigos también empezaron a recuperar su libertad; otros, como al “Gallego” no volvimos a verlo, ya todo había cambiado. Ahora se escuchaban palabras nuevas “tortura” y “apremios ilegales”
Ahora, aquel niño de 9 años, podía volver a caminar de la mano de su papá, a leer juntos un libro, a ir al río o a ver boxeo (creo que fuimos apenas un par de veces a ver fútbol).
Ese niño tuvo la suerte que otros no, volver a caminar junto a su papá o sentir un abrazo cada día. También aprendió otras palabras que sonaban más lindo, como “libertad” y unos años después otras que eran más fuertes: “Democracia” y “Nunca Más”.
Hay quienes hacen un nudo en el pañuelo para no olvidar, para recordar. La memoria habita pañuelos, pañuelos pañales en la cabeza de la Madres y las Abuelas; pañuelos que son un símbolo de la lucha por no perder la memoria; pañuelos que recorrieron el mundo de vuelo en vuelo; pañuelos que más tarde, pasaron a lucir los HI JOS en el cuello, y luego los piqueteros en la cara, y después las chicas, los chicos, les chiques en las muñecas; pañuelos blancos, verdes, multicolores, pañuelos de la memoria.
Y el dado vuelve a rodar, y los jugadores a jugar el juego de no olvidar. Javier y su papá, Alfredo, evocan al “Gallego”, a Eduardo Requena. “Porque lo conocí, porque mi familia tiene el orgullo de ser amiga de la suya, porque cuando nací (en 1965) en las partidas de nacimiento eran necesarias las firmas de dos testigos, y mi mamá y mi papá eligieron a Eduardo. En un hogar poco o nada religioso siempre dijimos que él era mi padrino laico (el otro: Otto Wester)”, dice Javier.
“Pensé qué podía escribir, y descubrí que aunque siempre estuvo presente su recuerdo en el ámbito familiar, no había hablado puntualmente con mi viejo de Eduardo desde hace varios años, cuando lo grabé en video junto a mi tío Tuni Morello (otra ausencia y ya van varias) para un documental sobre Requena que ya me está llevando demasiado tiempo. Stocchero dio el okey a la idea. Y esta es la charla telefónica:
-Papá, es medio tonta la pregunta pero ¿podés definirlo a Eduardo?
-Yo siempre pienso que es imposible por más esfuerzo que uno haga encerrarlo en una cápsula y decir “taca taca taca”. Porque es la persona más importante y capacitada que yo he tenido en mi vida, intelectualmente, moralmente… me doy cuenta ahora cuando uno necesita un referente, alguien para consultar, porque sabemos que todo lo que sucede en todo el mundo tiene una razón política detrás. ¿No es cierto? todo, todo tiene un origen y una dirección y el tipo que veía bajo el agua, arriba del agua, en todo era Eduardo. Y en todo sentido no solamente el sentido político, en el sentido histórico… tenía una inteligencia, un intelecto, poderosísimos acompañados por la acción. Porque a Eduardo se lo rescata como docente y gremialista y era eso, pero mucho más importante es que era un luchador revolucionario y que él sabiendo de antemano todo lo que iba a pasar y que pasó -porque lo sabía- siguió luchando y militando hasta el último día.
Eduardo fue despedido (sin explicaciones) de sus trabajos como muchos docentes en la época, y pronto estuvo claro que su vida corría peligro.
-Claro, pero seguía militando. Soledad García (su compañera) estaba detenida de manera ilegal y él seguía buscándola, reclamando y no solo por ella sino por todos los que estuvieran en esa situación. Dormía en casas prestadas, aparecía un rato para ver cómo estaba la gente que quería, volvía a salir sin decir dónde iba. Siempre austero: la misma ropa, negándose a recibir ayuda económica. Podía pedirte que llevaras un mensaje a alguien: a su hermano en el Correo para que la familia supiera que estaba bien, o atender una llamada donde nadie se identificaba y había que pasar un dato. Nunca quería comprometer a nadie.
Mi papá no se acuerda del día en que conoció a Eduardo. Pero sabe más o menos por dónde empieza la historia: por los campamentos.
-Yo circunstancialmente me hice de una carpa y empecé a ser campamentista y salíamos con amigos y a través de un grupo de gente del colegio Rivadavia donde estaban Lulo (Tais) el Dino (Calvo) Pablo Lazos y tanta otra gente nos invitan a un campamento de la juventud del partido socialista que en esos años tenía entre otras actividades este campamento anual de un mes en los lagos del sur y bueno, desde entonces conocí a toda esa gente y a Eduardo. A esos campamentos iba gente de todo el país. No todos eran socialistas, Eduardo era un tipo de izquierda pero no vinculado con el partido. Iban familias, gente de todas las edades, se cantaban canciones, se discutía de política, se jugaba al fútbol, se hacían búsquedas del tesoro y juegos para los chicos.
Sí se acuerda mi viejo que entre un campamento y otro se casó con mi vieja, y que cuando nací yo la elección natural para “padrino laico” era Eduardo.
¿Qué me acuerdo yo? Me acuerdo de mi primer Astérix. Regalado por él. Y que esa lectura fue heredada por mis hijos. Me acuerdo de él yendo a la casa de mi abuela, al lado de la nuestra a ver un discurso en directo de algún ministro (¿Ivanissevich?) y sus comentarios irónicos. Me acuerdo de largas noches antes de que llegara la noche en serio en casa o en el campo con Sole García, Lalo y Pochi López Lasso, Néstor y Pochi del Llano, los Montenegro, mis tíos y mis primos. Me acuerdo que a veces todos se iban yendo a dormir y que más de una vez mi mamá se quedaba charlando con Eduardo, como tantas veces lo hizo con mi tío. ¿De qué hablaban Eduardo y mi vieja? ¿de política, de historia? seguro. Eran noctámbulos y capaz que se quedaban fumando, tomando un vasito de vino (o de cointreau en el caso de Julia) y hablaban de nada.
De esas noches con mi papá y mi mamá rodeados de amigos, siempre con una guitarra, discutiendo, aprendiendo, conociendo, quiero creer que vengo yo, y vinieron después mis hijos. Gregarios, inconformistas, reacios a aceptar pautas generacionales o de género. Eso me imagino. Eso quiero.
Eduardo, cuenta mi viejo, hacía de todo en esos campamentos años antes del horror (aunque tampoco es que fuera perfecta la Patria, apenas era prolija) dice: “Se hacía cargo de lo que hubiera, cocinaba, ayudaba, armaba carpas, y sobre todo hablaba. Pero hacía todo, en un campamento hasta construyó una larga mesa para que todos pudiéramos comer”.
La misma capacidad para la multitarea que siempre cuenta Soledad García: “Volviendo de no sé qué congreso de Ctera, andá a saber en qué provincia, en el Citroën amarillo, con el negro Varas, corrigiendo pruebas que había que entregar a los alumnos al día siguiente, casi nos desbarrancamos”. Yo invito a leer la nota así: sindicalistas docentes sin viáticos, y trabajando. Eso suele ser común aún hoy entre los maestros y profesores gracias a la herencia de gente como la que hablo. Pero… ¿sindicalistas en Citroën y corrigiendo pruebas? hay muchos hoy así por suerte, pero no son la mayoría. Revolucionarios, como decía mi viejo cuando empezamos a hablar.
Le pregunto también a mi papá desde cuando conoce a la familia Requena. Y me contesta que conocía de vista al padre de Eduardo exferroviario al que un accidente de trabajo obligó a desplazarse en una silla de ruedas a pedal que los que tienen mi edad recordarán sin dudas. Y que por supuesto sabía de los hermanos Requena todos ellos al igual que Eduardo futbolistas destacados, Mario y Miguel hicieron importantes carreras no solo a nivel local. Pero la relación duradera, dice mi viejo, empezó con la clandestinidad de Eduardo y sobre todo a partir de su desaparición. Silvina, su hermana menor, y toda su familia, son para mi papá (y para todos nosotros) tan cercanos como te puedas imaginar.
De Eduardo no quedan muchas fotos. Primero porque no le gustaban. Soledad tiene algunas, Silvina otras (de chico y de grande). Pero además entre las crueldades del proceso cuando una foto era una “prueba” de ser subversivo son muchos los que destruyeron o tiraron ese material. En el interminable documental sobre Eduardo que estamos haciendo, lo que más nos cuesta es conseguir imágenes suyas. En casa cuando detuvieron a mi viejo quemamos cientos de diapositivas de campamentos. Imaginate barbudos sonriendo, mujeres felices, carpas… suena a revolución ¿no? y más o menos con cada amiga o amigo de Eduardo con quién hablo.
Cuando Eduardo desapareció, en el bar Miracles de Córdoba, yendo a una reunión con compañeros de la Mesa de Gremios en Lucha y jugándose para salvar a quién se iba a encontrar con él, los asesinos apostaban a convertirlo en “una entelequia” como dijo Videla años después. Alguien que no está. Alguien de quién no nos vamos a acordar.
Hoy como dice mi viejo hay bibliotecas, calles, agrupaciones sindicales, y colegios que llevan su nombre. Si no hay fotos, los artistas lo dibujan. Y en nuestra memoria, la de sus sobrinos, la de las hijas e hijos de sus amigos, y de las hijas e hijos de éstos, Eduardo está vivo y presente. Y en lxs alumnxs del IPEM 207 "Eduardo R. Requena" en Córdoba ni te cuento. Te invito a que visites la página y veas que Eduardo está presente, ahora y siempre.
No quedan fotos, queda la obra
“Y tras muchos años de campamentos, de ir de acá para allá, la mesa que fabricó Eduardo en aquel campamento está en mi casa. En la casa de mi viejo, y cuando somos muchos, la sacamos y nos sentamos y comemos y cantamos, charlamos, discutimos y sobre todo recordamos”.
Otro tiro de dados y el juego para no olvidar continúa. Inexorablemente. Aunque existan los casilleros del pozo, del laberinto, de la cárcel; aunque haya casilleros en blanco; aunque perdamos uno, dos, tres turnos, aunque no querramos participar, en algún momento volvemos a jugar y a recordar.
Cuando el dado cae en el casillero del pañuelo, volvemos a recordar. Y solo podemos elegir desde qué lugar del presente recordamos, interpelamos, reconstruirmos, reflexionamos; desde qué perspectiva practicamos la memoria.
Testimonios: Cristina Angeli
Gustavo Ferradans
Javier Morello
Alfredo Morello