Análisis
Urbanismo autogestivo
Escribe: María Carla Rodríguez
Investigadora IIGG-UBA/Conicet
En este artículo quiero compartir algunas reflexiones sobre los modos en que las prácticas organizativas de producción autogestionaria del hábitat inciden sobre procesos colectivos de subjetivación, generando efectos desnaturalizadores de las desigualdades de género, que están vinculados con la recreación del espacio comunitario y público en nuestras ciudades y que configuran claves de un urbanismo autogestionario de resistencia frente a los embates del capitalismo financiarizado y extractivista.
Se trata de una labor contracultural, una urdimbre de resignificaciones tejidas con paciencia de caracoles en el plano simbólico-cultural, sobre un escenario de reactividad, legitimador de múltiples desigualdades y exclusiones normativizadas, que se sostienen mediante una trama de categorías binarías asumidas acríticamente por el sentido común, que el proceso autogestionario de producción del hábitat viene a poner en cuestión.
Estas reflexiones se apoyan en casi tres décadas de observación participante y participación observante (Guber, 2004) en contextos de diversos movimientos sociales autogestionarios (en particular, la Secretaría Latinoamericana de la Vivienda Popular y, en mayor profundidad, el Movimiento de Ocupantes e Inquilinos) y trabajos de campo enmarcados en distintos proyectos de investigación Ubacyt y Anpcyt que llevo adelante en el marco de una línea longitudinal de investigación sobre ciudad y políticas habitacionales, en el área de Estudios Urbanos del Instituto Gino Germani de la UBA.
En su inscripción global en el sistema mundo, el escenario al cual me refiero es el de las ciudades y territorios latinoamericanos contemporáneos, gestados y atravesados en la triple -y violenta- inscripción de capitalismo, patriarcado y colonialidad... lo que el proceso autogestionario de producción del hábitat osa desafiar a partir de su perspectiva de “integralidad”.
Como señala Federici (2010), las actuales luchas contra el “ajuste estructural” forman parte de una larga marcha contra la privatización y el “cercamiento” tanto de las tierras comunales como de las relaciones sociales, que data de los orígenes del capitalismo en Europa y América en el siglo XVI y que se produce junto a un tercer “cercamiento”: la creciente pérdida entre las nuevas generaciones, del sentido histórico de nuestro pasado común. Una historia en la cual las prácticas de persecución a través de la caza de brujas -ese genocidio enraizado en la violencia de género y aún invisibilizado- coincidieron con las leyes que regularon la vida familiar, las relaciones de género y la propiedad en Europa Occidental.
En la actualidad, asistimos a un nuevo proceso de “acumulación primitiva”, donde la reiniciada oleada de privatización de la tierra y otros recursos comunales, el masivo empobrecimiento, el saqueo y el fomento de la división de comunidades antes cohesionadas, vuelven a formar parte de la agenda mundial, bajo nuevas formas de dominación más abstractas y lejanas a nuestro control, que expropian los activos y los saberes populares y que arrebatan o cancelan la capacidad productiva autónoma de grandes sectores sociales...
Por ejemplo, los Fideicomisos de Inversión de Bienes Raíces (Fibras) en México, un instrumento financiero apoyado en el desarrollo inmobiliario que cotiza en bolsas internacionales. Máquina extractiva, profundiza la desigualdad socioterritorial.
En estas ciudades y en la actual fase del capitalismo - como correlato de las transformaciones que vienen ocurriendo en el proceso de trabajo-, Richard Sennet (2004) señala dos cualidades distintivas que caracterizan la configuración de la sociabilidad y la espacialidad: flexibilidad e indiferencia. Del mismo modo que la producción flexible produce relaciones superficiales y cortoplacistas incrementando exponencialmente las desigualdades laborales y un clima opuesto a la democracia en el lugar de trabajo, el capitalismo también crea un régimen de relaciones superficiales y sin vinculaciones con la ciudad, acentuadas por la estandarización del entorno urbano. Los espacios de trabajo y del consumo se han tornado espacios neutros, que combaten tanto la historia local de las ciudades como las historias comunes de los trabajadores (mientras gobiernos neoliberales y patronales combaten activamente toda forma de resistencia y organización sindical, incluido el histórico derecho a huelga y se ahondan distancias entre trabajadores “formales” e “informales”). Estos cambios generan nuevas barreras a la experiencia de la complejidad de la ciudad, cercenando el potencial multidefinido y abierto de la subjetividad, induciendo el repliegue de lo cívico y, en definitiva, la pérdida de la colectividad del espacio público.
Otra práctica
Las prácticas autogestionarias de producción del hábitat se caracterizan por la puesta en marcha de procesos colectivos de toma de decisiones y orientaciones de recursos que son redirigidos para abordar la resolución de temáticas significativas de la vida, que han sido puestas en crisis por este sistema hegemónico, arrojadas a la exclusión, la invisibilización o directamente a la negación.
A partir de casi tres décadas de observación participante y participación observante, reconozco que la visión de “proceso” que caracteriza la producción autogestionaria del hábitat se despliega a través de un carácter iterativo e incremental, que interpela individual y colectivamente a los participantes, quienes se involucran en acciones comunes cocreadoras de nuevas espacialidades y sociabilidades, las cuales resignifican e interpelan sus trayectorias biográficas previas:
Acá se instala la tensión entre esa capacidad creadora y la interacción con la institucional estatal, donde las políticas públicas se muestran como el campo de interrelación y disputa entre los instituido y lo instituyente en torno a esas necesidades.
Dentro del proyecto colectivo autogestionario, los procesos de integración social se generan a partir de la idea de singularidad del sujeto, opuesta a una concepción normalizadora portadora de grandes categorías unificadoras, encasilladoras y reductoras....
En el plano simbólico cultural, las prácticas colectivas que configuran el proceso autogestionario de producción del hábitat así desarrollado tienden a tensionar y horadar las categorías binarias que constituyen claves organizadoras del sentido común hegemónico: femenino/masculino, normalidad/locura, público/privado, trabajo productivo/reproductivo, trabajo manual/intelectual.
Veamos, por ejemplo:
-Masculino/femenino. En el caso de las relaciones de género, partimos de la “feminización de la pobreza” y la consecuente feminización de las organizaciones sociales, que tienen por punto de partida la asunción de roles convencionales del cuidado (de los hijos, la familia, los mayores, la casa y la angustia que provoca su carencia e inestabilidad). Las prácticas colectivas autogestionarias implican transitar y construir nuevos espacios de sociabilidad en los cuales se coproducen nuevos significados e historias.
Y también:
-Salud mental/locura. La experiencia del Programa de Inserción Comunitaria en el marco del MOI, guiada por la noción de desmanicomialización y desinstitucionalización psiquiátrica, desencapsula la locura.
Los externados viven en comunidad y se aprende a convivir, acompañar, dar y recibir afecto, conocimientos, saberes, interactuar recíprocamente. Significa emprender el reto contracultural de derribar los muros y enfrentarse con los prejuicios que todos llevan dentro: perder los miedos, la culpa, la ignorancia, la intolerancia ante lo desconocido, cambiar ciertas actitudes autoritarias que ubican al otro como meritorio de lástima o de caridad; hacer posible, en fin, el cuestionamiento y la deconstrucción de lo que viene dado como una realidad irrefutable. Como afirma Reynoldi (2001), el mayor logro de esta práctica organizativa comunitaria quizás sea haberse atrevido a practicar la puesta en comunidad del padecimiento mental.
Son ejemplos de la necesidad de avanzar hacia:
•La producción del hábitat como bien de uso, contra la producción de mercancías.
•La transferencia de recursos a las organizaciones populares para llevar adelante los procesos productivos en lugar de la transferencia de recursos públicos a la producción empresarial.
•La práctica de construcción individual-colectiva de los derechos contra la lógica asistencial y la configuración de monopolios público-privados de administración de la pobreza.
•Arquitectura ciudad como parte interactuante con los ámbitos colectivos vecinales urbanos contra la arquitectura objetual...
Versión resumida
La versión completa puede verse a través de la página de la FAUD-UNC en Revista Vivienda y Ciudad - ISSN 2422-670X - Volumen 5
