Le Corbusier en Argentina y... La isla que no fue
miércoles, 3 de abril de 2019 · 00:00
Buenos Aires, como la Villa María de antaño: una ciudad de espaldas al río
Quienes vivimos en Villa María y peinamos canas en más de una oportunidad hemos escuchado que esta ciudad vivía “de espaldas al río” hasta que llegó Salomón Deiver a la Intendencia. Le Corbusier advirtió lo mismo al llegar a Buenos Aires en 1929
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Charles-Edouard Jeanneret-Gris, más conocido a partir de la década de 1920 como Le Corbusier, fue un arquitecto y teórico de la arquitectura, urbanista, diseñador de espacios, pintor, escultor y hombre de letras suizo nacionalizado francés en 1930. Es considerado uno de los más claros exponentes de la arquitectura moderna y uno de los más influyentes del siglo XX (además de ser uno de los más grandes renovadores de la arquitectura moderna, fue un incansable agitador cultural que aportó todo un caudal de ideas innovadoras que han hecho que su obra influya decisivamente en la arquitectura posterior.
En 2006, parte de la obra arquitectónica de Le Corbusier fue inscripta como Patrimonio de la Humanidad, en la categoría de bien cultural en un amplio conjunto transnacional (en siete países: Alemania, Argentina, Bélgica, Francia, India, Japón y Suiza) que implica la protección de 17 sitios, uno de ellos la Casa Curutchet, ubicada en la ciudad La Plata, que aparece en esta misma página junto a la figura del profesional[/caption] Villa María hacía su vida en torno a la estación de ferrocarril y el centro. Algunos de sus habitantes vertían sus deshechos al cauce del río Tercero. A Salomón Deiver se le ocurrió “sentar a la gente a contemplar y disfrutar esa belleza natural”: construyó el monumento al Cristo Redentor, la Gruta y hasta un zoológico en una isla... Años más tarde, el arquitecto Aldo Invernizzi junto a otros iluminados depositó cientos de camionadas de tierra sobre una montaña de basura ubicada a la orilla del Balneario, la apisonaron dándole la forma al Anfiteatro... y ahí está. Hoy, la costanera es un emblema, casi un sinónimo de la Villa. En 1929 el suizofrancés Le Corbusier visitó a la Argentina y de la ciudad de Buenos Aires hizo una observación que casi que pasaba inadvertida por su obviedad: la ciudad de Buenos Aires le daba la espalda al inmediato gran río de la Plata. Es que en la urbanización porteña, desde 1860 aproximadamente, cuando la clase alta ya había conocido Europa. se fue destacando una arquitectura de tipo parisina en sus barrios elegantes, algo que se reforzó luego de la peste del cólera en la década siguiente. Tras esa desgracia, gran parte de la clase alta se mudó a los barrios de la zona norte de la ciudad y lo que era su conurbano: Recoleta, Palermo, El Retiro, Barrio Norte, Belgrano, los suburbios elegantes de San Isidro, Olivos o Adrogué. En esos lugares prosperó más la arquitectura bellepoquiana eclécticista, en la cual predominaron los influjos franceses con petits hoteles, chalets normandos techados a dos aguas de tejas (muchas veces las tejas eran de pizarra), o edificios modern stile y art-nouveau, seguidos por los influjos ingleses estilos Reina Ana y Tudor. Los interiores de las viviendas de clase alta y media alta de los barrios citados solían estar exornados con mayólicas, azulejos, escalones de mármol de Carrara, boiseries, pisos de marquetería o parqué), claraboyas avitraladas, vitrales, lámparas del tipo tulipa o del tipo araña con caireles (estas últimas aunque fueran modestas y solo se instalaran pendiendo de los sófitos o cielo rasos de la sala principal que luego derivó a ser el living), a veces poseían áticos bajo mansardas rematados con cúpulas como las que caracterizaban a todo el trayecto de la avenida de Mayo o más tarde la avenida Alvear, altillos cubiertos por mansardas. Por este motivo la ciudad de Buenos Aires recibió el apodo de La París del Sur. Parte de este riquísimo patrimonio cultural fue descuidado, abaratado a partir de 1960 y, en una parte, demolido por la especulación inmobiliaria y la reventa en subastas, casi siempre al exterior, de esculturas, lámparas, artísticas rejas y verjas... A lo que íbamos. En 1929 el suizofrancés Le Corbusier visitó la Argentina e hizo aquella observación: Buenos Aires, que tanto se parece a París, por un lado, no mira su río como sí lo hace la capital francesa. ¿A qué se debía esa notoria diferencia? En primer lugar, a una razón natural: la baja costa rioplatense hacía poco atractivo el edificar sobre la costa original del río de la Plata en su banda occidental, aunque existían barrancas altas como las de Belgrano, las Puntas de Buenos Aires luego de Lezama y otros sitios elevados. Pero esas zonas altas de la costa porteña fueron copadas o monopolizadas por empresas (inicialmente mercaderes de esclavos) de modo que en lugar de construir en ellas viviendas y monumentos, se la transformó en una zona portuaria casi interdicta a la gente de la ciudad. El mismo Le Corbusier fue el primero en idear y proyectar una aeroisla o aeropuerto porteño sobre una isla artificial (proyecto perfeccionado luego por Amancio Williams, pero nunca llevado a cabo). En lugar de realizarse tal aeroisla se acometió la construcción del Aeroparque Jorge Newbery, el cual además de resultar una barrera más para acceder a la costa del río que baña la costa de la ciudad, tuvo un alto doble impacto ecológico: por una parte destruyó a todo un ecosistema vegetal y zoológico natural y, por el otro, contamina (principalmente de modo acústico) a las muchas viviendas cercanas con sus estruendosos ruidos de turborreactores, más allá de una tragedia de duro recuerdo para todos. En las últimas décadas, el boom inmobiliario de Puerto Madero abrió ventanales al río, pero el común de los ciudadanos sigue su ruta cotidiana sin asomarse al espectáculo del Plata.
Charles-Edouard Jeanneret-Gris, más conocido a partir de la década de 1920 como Le Corbusier, fue un arquitecto y teórico de la arquitectura, urbanista, diseñador de espacios, pintor, escultor y hombre de letras suizo nacionalizado francés en 1930. Es considerado uno de los más claros exponentes de la arquitectura moderna y uno de los más influyentes del siglo XX (además de ser uno de los más grandes renovadores de la arquitectura moderna, fue un incansable agitador cultural que aportó todo un caudal de ideas innovadoras que han hecho que su obra influya decisivamente en la arquitectura posterior.En 2006, parte de la obra arquitectónica de Le Corbusier fue inscripta como Patrimonio de la Humanidad, en la categoría de bien cultural en un amplio conjunto transnacional (en siete países: Alemania, Argentina, Bélgica, Francia, India, Japón y Suiza) que implica la protección de 17 sitios, uno de ellos la Casa Curutchet, ubicada en la ciudad La Plata, que aparece en esta misma página junto a la figura del profesional[/caption] Villa María hacía su vida en torno a la estación de ferrocarril y el centro. Algunos de sus habitantes vertían sus deshechos al cauce del río Tercero. A Salomón Deiver se le ocurrió “sentar a la gente a contemplar y disfrutar esa belleza natural”: construyó el monumento al Cristo Redentor, la Gruta y hasta un zoológico en una isla... Años más tarde, el arquitecto Aldo Invernizzi junto a otros iluminados depositó cientos de camionadas de tierra sobre una montaña de basura ubicada a la orilla del Balneario, la apisonaron dándole la forma al Anfiteatro... y ahí está. Hoy, la costanera es un emblema, casi un sinónimo de la Villa. En 1929 el suizofrancés Le Corbusier visitó a la Argentina y de la ciudad de Buenos Aires hizo una observación que casi que pasaba inadvertida por su obviedad: la ciudad de Buenos Aires le daba la espalda al inmediato gran río de la Plata. Es que en la urbanización porteña, desde 1860 aproximadamente, cuando la clase alta ya había conocido Europa. se fue destacando una arquitectura de tipo parisina en sus barrios elegantes, algo que se reforzó luego de la peste del cólera en la década siguiente. Tras esa desgracia, gran parte de la clase alta se mudó a los barrios de la zona norte de la ciudad y lo que era su conurbano: Recoleta, Palermo, El Retiro, Barrio Norte, Belgrano, los suburbios elegantes de San Isidro, Olivos o Adrogué. En esos lugares prosperó más la arquitectura bellepoquiana eclécticista, en la cual predominaron los influjos franceses con petits hoteles, chalets normandos techados a dos aguas de tejas (muchas veces las tejas eran de pizarra), o edificios modern stile y art-nouveau, seguidos por los influjos ingleses estilos Reina Ana y Tudor. Los interiores de las viviendas de clase alta y media alta de los barrios citados solían estar exornados con mayólicas, azulejos, escalones de mármol de Carrara, boiseries, pisos de marquetería o parqué), claraboyas avitraladas, vitrales, lámparas del tipo tulipa o del tipo araña con caireles (estas últimas aunque fueran modestas y solo se instalaran pendiendo de los sófitos o cielo rasos de la sala principal que luego derivó a ser el living), a veces poseían áticos bajo mansardas rematados con cúpulas como las que caracterizaban a todo el trayecto de la avenida de Mayo o más tarde la avenida Alvear, altillos cubiertos por mansardas. Por este motivo la ciudad de Buenos Aires recibió el apodo de La París del Sur. Parte de este riquísimo patrimonio cultural fue descuidado, abaratado a partir de 1960 y, en una parte, demolido por la especulación inmobiliaria y la reventa en subastas, casi siempre al exterior, de esculturas, lámparas, artísticas rejas y verjas... A lo que íbamos. En 1929 el suizofrancés Le Corbusier visitó la Argentina e hizo aquella observación: Buenos Aires, que tanto se parece a París, por un lado, no mira su río como sí lo hace la capital francesa. ¿A qué se debía esa notoria diferencia? En primer lugar, a una razón natural: la baja costa rioplatense hacía poco atractivo el edificar sobre la costa original del río de la Plata en su banda occidental, aunque existían barrancas altas como las de Belgrano, las Puntas de Buenos Aires luego de Lezama y otros sitios elevados. Pero esas zonas altas de la costa porteña fueron copadas o monopolizadas por empresas (inicialmente mercaderes de esclavos) de modo que en lugar de construir en ellas viviendas y monumentos, se la transformó en una zona portuaria casi interdicta a la gente de la ciudad. El mismo Le Corbusier fue el primero en idear y proyectar una aeroisla o aeropuerto porteño sobre una isla artificial (proyecto perfeccionado luego por Amancio Williams, pero nunca llevado a cabo). En lugar de realizarse tal aeroisla se acometió la construcción del Aeroparque Jorge Newbery, el cual además de resultar una barrera más para acceder a la costa del río que baña la costa de la ciudad, tuvo un alto doble impacto ecológico: por una parte destruyó a todo un ecosistema vegetal y zoológico natural y, por el otro, contamina (principalmente de modo acústico) a las muchas viviendas cercanas con sus estruendosos ruidos de turborreactores, más allá de una tragedia de duro recuerdo para todos. En las últimas décadas, el boom inmobiliario de Puerto Madero abrió ventanales al río, pero el común de los ciudadanos sigue su ruta cotidiana sin asomarse al espectáculo del Plata.