194º - Aniversario de Villa Nueva - Por Desiderio

1997

miércoles, 7 de octubre de 2020 · 11:00

Mi ciudad respira historia, es un museo a cielo abierto, los niños aprendemos nuestra identidad villanovense desde el vientre materno.

Cada chico, en cada barrio, es estimulado. Desde el momento en que nos cuentan la leyenda de las “Tumbas paradas”, que fuimos capital por un día o simplemente que un señor no vidente hizo con sus manos todas las estatuas de la ciudad.

En mi caso mi mamá siempre contaba historias vinculadas al sentir local. ¿La más recordada? La del ciclón. La vivienda de mis bisabuelos resistió el embate del viento mientras ellos se resguardaron en un refugio bajo tierra, fue una de las pocas que quedó en pie en el incipiente barrio América.

Esta construcción de pertenencia tiene su continuidad en la escuela primaria, donde las docentes acompañan este proceso enseñándonos en profundidad las leyendas, el origen de la ciudad, la identificación y reconocimiento con nuestros espacios comunes, lugares representativos, formas geográficas, especialmente, la filiación con nuestras fiestas populares. El ensayo a paso firme para el tradicional desfile del 25 de Mayo. Es el día en el que todos los villanovenses nos encontramos para participar de una celebración que constituye un ritual de patriotismo. Las ferias en el parque, recitales y algo tan simple y sencillo como un copo de azúcar o una manzana acaramelada. 

El carnaval tiene su tradición en la Villa desde tiempos inmemoriales. La nueva versión se desarrolla desde mediados de los 80. Todos tenemos algún recuerdo de los pioneros: Celso Gobbi, Hilario, la sana competencia, Omar Luque como referente del sentir carnavalesco. La austeridad como emblema de la participación barrial. Aquellos que lo vivieron desde adentro en las comparsas, batucadas o en la construcción de las carrozas o aquellos que fuimos humildes espectadores. Este evento marcó el comienzo de mi adolescencia. La primera salida nocturna, llegar después de las 12 de la noche, el primer enamoramiento no correspondido, la nieve loca y el primer trago de sangría.

La adolescencia divide a los jóvenes villanovenses entre los que continúan en las escuelas de la ciudad y los que fuimos a Villa María. Lo interesante es que aquellos que sufrimos ese desarraigo nos fortalecimos en la necesidad y el compromiso de contar que somos de Villa Nueva, “Los negro de Villa Nueva”, “la Banda del Malvinas”. Esa barra de amigos que escuchaba Cable a Tierra o Pachamama con el Gringo Demichelis y también llenaba una trafic para ir a bailar a Morrison.

A fines de los años 90, Alejandro Lerner realizó un recital en el parque junto a otras bandas locales. Una jornada inolvidable donde fuimos a acampar desde el día anterior para poder ver a nuestros amigos del grupo Plegaria y Pablo Pallotti. El Parque estaba lleno. Unos de pícnic, otros preparando el fuego para el asado, alguna trifulca sobre el río y  nosotros jugando al fútbol en el campo de doma, resistiendo al calor y comentando la noche en carpa que habíamos pasado. Algunos integrantes habían salido de gira y todavía dormían anestesiados por el fernet.

Una pincelada, una simple fotografía de un año, 1997, que dejó muchos recuerdos para toda mi vida. El amor, el fin de la secundaria, las nuevas responsabilidades, jugar en Primera, ser campeón con tus amigos de siempre, la selección de la liga, Brasil, la universidad.

Somos una comunidad donde nos conocemos todos y, si hacemos un análisis un poco más profundo, varios terminamos siendo parientes, donde una vez hubo un festival “del vino y la amistad”, que somos del barrio de “la Leonera”. Somos humildes por culpa del río, del viento y también del ferrocarril. Que fuimos a bailar a la Megadisco, pero que acá tuvimos La Luciérnaga, La Sombrilla, Energy o Eo  Tchan. 

En mi ciudad, los enamorados se besan en la plaza, frente a la iglesia, en el parque, el río, en un zaguán ocasional y caminan de la mano por Calle Marcos Juárez en dirección a Deán Funes. Villa Nueva es su gente, sus personajes, sus actores cotidianos. Donde los abuelos siguen siendo fuente del saber, donde compramos el pan caliente, el asado tierno, donde se cura el empacho, donde los bares de barrio resisten, donde comemos las moras a la siesta, donde los niños reconquistaron la plaza como espacio propio,  donde damos la bienvenida a todos los que vinieron a construir su sueño villanovense.

Somos un instante en el devenir del tiempo, de estos 194 años de existencia y camino al bicentenario. Todos dejamos una huella para la posteridad.

 

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