Un minuto de silencio

sábado, 3 de septiembre de 2022 · 11:57

Escribe: Sergio Vaudagnotto
DE NUESTRA REDACCION


“Le pido a los pueblos del mundo que, por encima de estos lamentables episodios, comprendan perfectamente bien hasta qué punto está galvanizado en el corazón y el sentimiento de los argentinos un estilo de vida democrático", dijo Raúl Alfonsín desde los balcones de la Casa Rosada el 19 de abril de 1987, tras la rendición de los Carapintadas que se habían sublevado con Aldo Rico a la cabeza.

La Plaza de Mayo estaba llena y puedo dar fe de ello, porque me encontraba en la columna de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires, sobre la calle Hipólito Yrigoyen. Fue un momento dramático. El pueblo había salido a copar los paseos públicos en la Capital Federal y en muchos puntos del país, en respaldo a la democracia.

Al lado del líder radical estaba una de las principales figura del peronismo de entonces, Antonio Cafiero, un discípulo del general Juan Domingo Perón, que había sido diputado, senador, gobernador, embajador, candidato presidencial... que había sido perseguido, que había estado preso; alguien que supo ser oficialista y opositor. Una persona que entendía los acontecimientos y entonces reconocía dónde había que estar parado; es decir, sabía que la democracia estaba por encima de todo.

Cafiero había sido testigo de la sentida despedida de Ricardo Balbín en los funerales de su líder (“Este viejo adversario despide a un amigo...”) y de otras tantas circunstancias de altura semejante, porque así es la política bien entendida.

No voy a revisar demasiados acontecimientos de inflexión  en la historia argentina, que es algo que en las últimas horas hicieron de manera brillante algunos colegas como Gabriel Michi, por citar a uno de ellos. Apenas me voy a detener en uno anterior y uno posterior.

El primero tuvo lugar en 1966, cuando el presidente Arturo Illia era hostigado por “las 15 manzanas que rodean la Casa de Gobierno”, como él llamaba a la City porteña, lo que ahora se señala como “los mercados”, y por la industria farmacéutica, que le hacía la guerra por su consabida posición nacional y popular en el tema de las patentes de los medicamentos.

El líder sindical lucifuercista Agustín Tosco no dudó en ocupar un lugar al lado del mandatario para respaldarlo ante la inminencia del golpe militar que acabaría derribándolo, del mismo modo que no dudaría luego en organizar la rebelión para terminar con la opresión del régimen falaz y descreído.

Y un último recuerdo antes de la reflexión: el apoyo brindado por Alfonsín a Néstor Kirchner cuando casi al mismo tiempo que el presidente brasileño Lula Da Silva resolvió saldar la deuda con el Fondo Monetario Internacional en aras de la soberanía económica argentina.

Ya no están Arturo, Agustín, Antonio, Raúl, Néstor... Pero si a la luz del lamentable espisodio que sufrió la noche del jueves último la vicepresidenta Cristina Fernández nos dedicamos a pensar en ellos, en ella y en nosotros mismos; si aprovechamos el silencio de la bala rabiosa que no salió del cargador para reventarnos el presente y mancharnos hasta el porvenir, tal vez encontremos algunas de las respuestas que necesitamos como sociedad.

Si ahora que venimos de pisar las calles nuevamente para sacudirnos la angustia, repitiendo el grito sagrado de “Nunca Más”, si después de los cantos y los abrazos necesarios con los compañeros, con los amigos, nos sentamos un rato a meditar, a razonar acerca de cómo fueron las cosas hasta no hace tanto tiempo... es posible que no nos lleve demasiado descubrir quiénes se beneficiaron induciéndonos al enfrentamiento cotidiano, al odio.

Hay tiempo, todavía. Todavía cantamos en las plazas, “todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos. A pesar de los golpes, que asestó en nuestras vidas, el ingenio del odio”...

Afortunadamente, estamos a salvo de un magnicidio. La democracia una vez más salió indemne, pero la gravedad de la hora nos necesita pensantes.

La Patria nos ha dado mucho. Y ahora requiere de nosotros.

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