La paz no es magia, necesita de todos y todas

l “…Cantamos porque el sol nos reconoce y porque el campo huele a primavera y porque en este tallo en aquel fruto cada pregunta tiene su respuesta.” Del poema de Mario Benedetti “Por qué cantamos”
lunes, 12 de septiembre de 2022 · 08:30

“Estamos en un tiempo extremadamente delicado, la paz social está frágil y amenazada”, dijo el arzobispo de Mercedes-Luján, monseñor Jorge Eduardo Scheinig, pasado el mediodía del sábado 10 de septiembre.

La Basílica de Nuestra Señora de Luján estuvo colmada para orar por la paz y la fraternidad. Un oficio religioso celebrado tras el ataque perpetrado el primer día del mes de la primavera contra la vida de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

En las primeras filas del templo estuvo el presidente Alberto Fernández, Taty Almeida -de la Línea Fundadora de Madres de Plaza de Mayo-, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, ministros, legisladores y el expresidente de la Nación Eduardo Duhalde.

La presencia de Duhalde, un fuerte opositor al Gobierno, fue una muestra de que el “espanto une más que el amor”.

Es una certeza que la paz social tiene la fragilidad de un cristal y puede romperse si no se toman a tiempo las acciones para su cuidado. Es una certeza, también, que la paz y la fraternidad no surgen de la varita de un mago, que con un truco saca una paloma blanca de la galera.

Las emociones negativas que transitan por los canales de este mundo líquido y globalizado no van a desaparecer por el soplo de algún genio encerrado en una lámpara.

El odio, ese borracho al fondo de una taberna -como lo describió Charles Baudelaire-, sigue recostado en el mostrador de los “pecados capitales”, pidiendo otro trago.

Trazar el camino de la paz no es una obra fácil, no se resuelve llamando a licitación, ni armando una comisión evaluadora, ni eligiendo las mejores ofertas.

La paz es reconciliación, es volver a la concordia (significado de la RAE).

¿Cómo hacemos para reconciliarnos como verdaderos hermanos, como hacemos para reconciliarnos como pueblo?

¿Cómo nos despegamos de los mensajes externos que, por intereses propios, predican la división y el enfrentamiento?

No, no es tarea fácil.

No alcanza con las frases simbólicas, tantas veces repetidas: “El amor vence al odio”, “El pueblo unido jamás será vencido”, “Todos unidos triunfaremos”, o con repetir el maravilloso Preámbulo de la Constitución.

No alcanza con la retórica, ni con la fe en las fuerzas sobrenaturales que nos protegen porque “somos argentinos”. Todo sirve, sin duda, pero no es suficiente.

Porque el odio sigue renovando su sed.

 

El ángel caído

¿Hasta qué punto, el límite de un ser humano es marcado por la maldad? Es un interrogante que anda suspirando por los rincones de un mundo, y de un país, que se mueve al compás del amor, la indiferencia y el rencor. Un interrogante que, durante siglos, los filósofos, sociólogos, psicólogos buscaron dilucidar.

Y también la religión, con sus ángeles caídos. Esos rebeldes que fueron expulsados por desobedecer o rebelarse contra los mandatos de Dios, “rebeldes al mandato del símbolo máximo del amor”.

La historia de la humanidad es el espejo de una lucha extrema entre el bien y el mal. Y en toda lucha extrema, sin términos medios, sin matices, sin colores que diferencien el blanco y el negro, el enfrentamiento es la consecuencia y la paz una utopía.

Y el odio está ahí, en el fondo de la taberna.  Y en su derrotero delira con la posible muerte del “enemigo”.

Esto lo escribí hace un par de años y lo rescaté de mis archivos: “En el fondo a media luz de la taberna, no se debaten ideas, no se respetan sentimientos, no se observa el dolor del otro. En ese espacio en penumbras, lo único que importa es saciar la sed de su propia individualidad, de su propia clase.

En ese espacio fantasmagórico, todo vale. Los insultos más recalcitrantes, las calumnias más inverosímiles, los deseos más perversos. El odio grita ‘si no es para mí, no es para nadie’. El odio golpea las mesas repitiendo: ‘Este club es nuestro, los demás son basura’. Este club es nuestro y exclusivo, no apto para ‘bárbaros’.”

 

Civilización y barbarie

Un 11 de septiembre de 1888 murió Domingo Faustino Sarmiento. El gran maestro argentino, considerado uno de los grandes escritores de habla hispana del siglo XIX.

El principal impulsor de la educación para todos y todas. El “padre del aula”.

Su aporte a la educación pública y gratuita, su mirada progresista igualando a niños y niñas por igual, su visión del futuro argentino a través de la instrucción fue su principal legado.

Pero, Sarmiento no era todo luz. Como cualquier ser humano, tenía sus sombras y su visión de país que no incluía a todos.

Él odiaba y dejaba fuera a los “bárbaros”. “Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos, sin poderlo remediar, una invencible repugnancia”. En una carta, le aconsejaba a Mitre: “… No trate de economizar sangre de gaucho. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes.” (Felipe Pigna).

El hombre que dejó un gran legado educativo, con expresiones muy directas y cuestionando duramente a los hacendados, también a “todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas”, según dijo, refiriéndose a las familias terratenientes.

El padre del aula perteneció a una generación (llamada de los 80) que soñaba con una “Argentina blanca” gobernada por una elite.

Una Argentina con la mirada puesta en Europa; principalmente, en el Reino Unido y en Estados Unidos.

Eso es parte de nuestra historia tan agrietada y regada con sangre, como la historia de la humanidad.

 

El odio es añejo

En los últimos días se escuchó a muchos dirigentes decir que el “odio nació con el peronismo”. Error, ignorancia histórica o show mediático, muy normal en esta época de penas y olvido.

Nadie es el padre reconocido del odio. “El odio es el caudillo del cambio. Mientras que el amor es el patrono de la estabilidad. Del odio al amor hay un paso, del amor al odio un instante. El amor y el odio no son ciegos, sino que están cegados por el fuego que llevan dentro.” Una definición de Nietzsche.

Y entonces regresan las preguntas. ¿Cómo hacemos para desalojar el odio añejo y encontrar la paz y fraternidad tan ansiada y necesaria?

Por algo empezamos. La unidad del Frente de Todos, el apoyo de algunos sectores de la oposición al Gobierno, la oración, la misa, la presencia de las Madres, de los organismos sociales, la bendición del Papa, la solidaridad de líderes internacionales.

Un primer paso. Parte de un pueblo movilizado, expresiones pidiendo una justicia independiente y democrática. Oraciones por la paz. Convocatoria al diálogo.

Es suficiente, no.

Necesitamos una profunda reflexión de nuestros representantes, dirigentes y de la sociedad en su conjunto.

Necesitamos entendernos, más allá de nuestras diferencias lógicas. Necesitamos abrazarnos sin discriminar al otro o a la otra por su condición, necesitamos mirarnos como hermanos y ser solidarios.

Necesitamos recuperar la esperanza, esa que no salió de la Caja de Pandora, para no caer en el reclamo de la satisfacción inmediata y construir un futuro mejor para las generaciones que vienen.

Necesitamos que los descendientes de los Patricios y las Patricias entiendan que en democracia somos todos iguales, sin distinción de clases.

Necesitamos que todos podamos cantar, como imaginó Benedetti en su poema.

“…Cantamos porque el sol nos reconoce, y porque el campo huele a primavera y porque en este tallo en aquel fruto, cada pregunta tiene su respuesta.”

Cantemos juntos y la paz será posible.

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