SOBRE LA MUERTE DE NISMAN

La Puerta S

lunes, 18 de enero de 2021 · 22:41

Este trabajo está inspirado en la trágica muerte del fiscal Alberto Nisman. Y pueden diferenciarse en él dos partes o propuestas, de las cuales, una se dedica a replicar desde el sentido común, a diversas afirmaciones sobre el caso que no merecerían la menor atención si no fuese porque circulan por los medios como verdades, mientras que la otra se enfoca en reflexionar sobre ciertos aspectos de la actual investigación.                                                                                                              

El marco de referencia, del cual se transcriben frases en cursiva, es la resolución judicial que procesa a Diego Lagomarsino y los custodios.

Por último, el título exterioriza el anhelo de reivindicar a una puerta de servicio ninguneada sugestiva y ostensiblemente en  el trato mediático, y devaluada por el juez instructor de la causa, que en su afán de endilgarles a los custodios una presunta actitud dilatoria en el incidente de su apertura, implícitamente – y es de esperar que sin malicia – la deja relegada a un simple aunque pomposo indicio delator de ese supuesto accionar. Para el autor, en cambio, merece ser rescatada junto a su homónima principal como referentes imprescindibles – ya se verá por qué – siempre y cuando la decisión de la Justicia sea afrontar sin prejuicios el esclarecimiento de este por demás penoso suceso. Empecemos:

 

“La escena fue contaminada, o mal preservada”

La resolución no lo afirma. Y si hay que juzgar por la nula reacción adversa de los mentores de esta idea, una vez conocido el resultado de la pericia de Gendarmería, en tal caso se puede sentenciar que la frase aludida no pasa de ser una maquinación, una intriga atenta a intimidar y/o contradecir a quien ose murmurar la palabra suicidio. Es innegable que así es, porque de lo contrario, alguien sinceramente convencido de que hubo contaminación o descuido, nunca hubiese aceptado con pasividad – y menos aún con satisfacción – una pericia que se muestre determinante en algún sentido, por la muy obvia razón de que no la creería confiable. Es más: hubiera reaccionado ni bien trascendió la decisión de realizarla, cuestionando  de antemano cualquier resultado que fuere concluyente.

En lo tocante al departamento copado por un “gentío”, los primeros en ingresar tras su apertura no advirtieron ningún evento anormal que pudiese convertirlo en parte de la escena a preservar (y de hecho no lo es, judicialmente). Y no era para menos: si hubo en el baño unos intrusos que justo ahí, en el estrecho y enchastrado núcleo de la acción principal, fueron capaces de no dejarles a sus rastreadores un ínfimo dato de sus  presencias, cómo no habrían de salir airosos al intentar lo mismo en la periferia, con más libertad de acción.

Queda claro entonces, con la lumbre del muy sugerente mutis posgendarmes, que agitar esta idea de escena contaminada – una vez más: incompatible con peritaje confiable –  solo va tras el objetivo, ya insinuado, de  embarrarle discursivamente la cancha a la hipótesis suicida.

 

“Nisman fue víctima de un atentado terrorista”

¿Un atentado detonando nada más una bala y – lo más inverosímil – camuflado para que parezca otra cosa? ¿Cuándo los individuos que los conciben se anduvieron con  tales delicadezas, arriesgándose a desvirtuarlos en su esencia? Suponer que existe un “terrorismo de terciopelo” equivaldría a “atentar” contra la propia lógica terrorista, que exige de sus actos una concreción bien  visible y en lo posible horripilante, comprobada hasta el hartazgo por terribles experiencias. También hay que descartar la idea, tirada al voleo en cierto momento, de un homicidio en perjuicio de terceros, en cuyo caso y desde luego,  no estaría el arma.

 

“Liberaron la zona”

Hasta hoy no hay ningún procesado por incumplimiento, o lo que sea, entre el entonces personal vigilante de Le Parc. Los únicos en tal situación son los custodios del  fiscal, a quienes el juez acusa de faltar exprofeso de donde debían estar, según él, en las horas previas y también en las presuntas del suceso. Es decir, los cree parte de una conspiración; con lo cual, liberar la zona quitando guardias que de todos modos harían la vista gorda por estar implicados en la conjura, sería crearse una evidencia en contra torpe e innecesariamente.

 

“Hubo un plan homicida ejecutado por profesionales”

Si bien esta expresión puede adoptar distintas formas, denota siempre una concepción fantasiosa bien urdida por ideólogos del homicidio y adherentes, a modo de un puente retórico que les permita pasar sin sobresaltos por encima de todo lo que no pueden explicar. (Por ejemplo, las puertas trabadas desde adentro). Es así como en ancas de este relato mitómano, cabalga que la imponderable destreza de los individuos ejecutores, evidenciada al ingresar, actuar y esfumarse sin dejar en ningún caso el menor rastro ni ser vistos, es la única razón que ha hecho imposible – y por definición, lo seguirá haciendo – tener noticias de ellos. Es una creación que ahora, hasta cierto punto y en un tono más reposado, parece contar con consenso judicial: “…para luego de ello explicar aquel paralelismo al que me referí  que conforma la trama del plan homicida.” “…habría existido una concurrencia coordinada de varias personas, entre las que tenemos autores, cómplices y encubridores.”

Veamos ahora si la realidad, o lo que hay, es capaz de sostener ese relato, comprobando cuánto de planificación, coordinación, y profesionalismo, puso la principal casta de aquella trilogía en la labor de trocar un homicidio (digamos) en el suicidio perfecto y desde el vamos, tal cual tenía que ser existiendo un plan. Apoderados de una víctima que no muestra signos de habérseles resistido, no le hicieron redactar una despedida, que hubiese aportado su cuota de veracidad al artificio. No forzaron la ejecución obligándolo a empuñar el arma, de tal forma que su mano reflejara el disparo; un paso elemental imposible de ignorar, ya que introduce una pista falsa clave en el montaje del simulacro, que omitida, como aquí, da por tierra con el mismo, y no hay arma amiga que lo salve. Y si se les cree a los peritos gendarmes, no lo dejaron desplomarse y posicionarse naturalmente tras el disparo, despreciando otra chance de despistar a la pesquisa. No se explica la torpeza innecesaria de manipularlo ya falleciente. Si pretendían sugerir que estaba de pie, solo debían forzarlo a dispararse en esa posición, dejarlo caer libremente, y no volver a tocarlo. Tampoco se cuidaron de dejarle marcas de golpes. No colocaron el arma donde la dejaría un suicida. No arrugaron la alfombra… (Extraoficial: habrían hecho cosas tales como limpiar sus huellas de la escena, y lavarse las manos en la pileta del baño; señales ambas, si fuese cierto, de que ni siquiera se calzaron guantes).

Son demasiados y atendibles “no”, que dejan muy desairados a sus propagandistas; pero de lo cual, estos fingen no enterarse, percatados desde un primer instante de que dotar imaginariamente a los sujetos de unas capacidades extremas, también lleva incluido un seguro contra todo riesgo: si nunca se logra atraparlos no ha de ser porque no existan, sino por su habilidad para volverse inexistentes.

En cuanto a cerciorarse de si se tramó un plan homicida, como afirma el juez, solo hay que reexaminar el paso por la escena de unos autores a tal punto improvisados, como para dejar un tendal de cabos sueltos intentando simular un suicidio, no desde el principio y metódicamente, como debía ser, sino tras el hecho consumado. Y a ese examen añadirle la concepción de un diseño tan permeable a los errores cuanto insólito e inédito, y el resultado de la suma, lejos de confirmar la existencia de algo que pudiera asemejarse a un plan, más bien transmite con holgura la certeza de estar frente a un lamentable experimento.

 

“Abrir la puerta de servicio fue fácil”

Lo redundante de esta noción en el relato de la apertura, colabora en la percepción de que funciona como una especie de señuelo en procura de atraer la atención del lector tras un designio: persuadirlo de que está frente a un incidente de importancia marginal (apenas una llave inoportuna), y más le conviene centrarse en el novelado discurrir de los custodios. Y así, seducido por esa propuesta, constante en la narración, no repare en que bajo ese manto de engañosa trivialidad y truculencia discursiva, va quedando oculto un hecho de inequívoca trascendencia como escollo a salvar por la hipótesis impulsada.

Gualberto Pérez, el cerrajero convocado, coopera con creces en entretejer ese manto  sobreactuando torpemente su declaración (pág.592): “dicha puerta de servicio poseía la llave colocada (apoyada) con pequeño giro de un milímetro trabándola, lo que posibilitó que fácilmente pudiera proceder a la apertura de la puerta (unos cinco o diez minutos) dado que la mencionada llave no había accionado la cerradura, estaba solamente colocada  pero sin ejercer ninguna vuelta.”

El esfuerzo por enmarañar el suceso es tan notorio como ingenuo y fallido; empezando por ignorar que el giro de los objetos se mide en grados, y porque en definitiva no importa cuánto estaba girada la llave, así fuesen diez vueltas: si no activaba la cerradura, como dice, todo lo que él debía hacer entonces era maniobrar el picaporte y la puerta se abriría, ya que la madre del fiscal había destrabado el cierre superior. No tendría el menor sentido, si fuese cierto, derrochar tiempo tratando de quitar una llave inactiva. Es evidente su intención de escamotear un dato de indudable relevancia montando una escena a todas luces inviable.

La testigo Marta Chagas aporta su cuota de nimiedad a riesgo de contradecir al propio Pérez en cuanto al tiempo invertido: “el cerrajero introdujo un elemento en la cerradura de la puerta de servicio y escucharon que la llave que estaba en la cerradura inferior se cayó al suelo.”

Lo que sigue lo dice el juez: “de los dichos del cerrajero surge visiblemente que la apertura de la puerta solo necesitaba que la llave que estaba puesta fuese empujada hacia atrás para poder así acceder con la copia que tenía en su poder Garfunkel.” Aquí su señoría, aunque sin excederse en  locuacidad, por lo menos está  admitiendo que se utilizó una llave; permitiendo deducir “una vez más” que la cerradura estaba activada.

La siguiente frase suya parece una invocación al discurso tramado por Pérez, emulando la metáfora del tero: “al llegar el cerrajero este en minutos logró abrir la puerta de servicio que tenía una llave puesta por dentro, trabajo que este aclaró, fue muy simple ya que solo debió empujarla – lo que se podía hacer con cualquier objeto – para que cayera al suelo.” No ha de ser tan simple si pudo tardarse hasta diez minutos. Y tampoco se puede con cualquier objeto. Es más sobreactuación.

Lo que también “surge visiblemente” de tales expresiones, es una notable coincidencia entre estos malos actores  a la hora de minimizar al máximo este episodio, poniendo capciosamente en el centro de la escena que la cuestión se reducía a simplemente empujar una llave que “solo” estaba puesta por dentro. Es el señuelo en acción  empeñado en disimular, en volver lo más inadvertido posible, al hecho  preexistente y para el caso nada menor, que por entre sus declaraciones reticentes acaba quedando expuesto: la puerta fue cerrada desde adentro con llaves, una de las cuales quedó introducida en su cerradura. La misma llave que impidió a la señora Garfunkel abrir, y que también hubiese impedido a los atacantes en fuga cerrar desde afuera esa única vía de salida optativa frente a la principal, cerrada con llave y pasador.

En cierto pasaje de su exposición (pág.406), el juez se respalda en un autor de literatura jurídica, según el cual “varias pruebas y/o varios indicios concordantes se refuerzan entre ellos aumentando su posibilidad.” Sería interesante saber qué piensa el autor respecto de un indicio “discordante” como este de las aberturas, que por sí solo podría tumbar a todos los concordantes por muy reforzados que estén.

No obstante, aunque se desconozca la opinión del jurista, es impensable que aconseje ignorar así sea una sola prueba que no concuerde. Más todavía si ese indicio díscolo es una amenaza de jaque a la hipótesis sostenida. En el caso que nos ocupa, parece atinado suponer que su consejo al pesquisidor sería no olvidar que más temprano que tarde deberá abocarse a desatar ese formidable nudo no concordante que constituyen las puertas bloqueadas por dentro; sin pretextar que los sujetos autores en situación de aprehendidos le resolverán la incógnita, porque precisamente, la posibilidad de que tenga alguien a quien aprehender se juega una carta crucial en el intento de deshacer este nudo.

 

“Es una causa compleja”

Lo dice el juez (“La complejidad del caso presentado por el Fiscal…”), y se encargan de corroborarlo infinidad de páginas inventariando elementos y documentación allegados desde todo el planeta. Por eso mismo, aparece como desconectada o contradictoria, la siguiente frase (pág.613): “De esta forma, el disparo que causara la muerte, por la situación en que fue encontrado el cuerpo, buscaron que pareciera como autoinfligido por Nisman, lo que finalmente se descartó entre otras cosas por la ausencia de sustancias químicas propias de un disparo efectuado con sus manos y de rastros hemáticos en los brazos”

Es decir, un dato recogido en los albores del caso, encabeza las razones esgrimidas para descartar al suicidio en todas sus variantes, y obviamente la posibilidad de un disparo  accidental, ni siquiera imaginada. Visto así, con la insinuación de aquella frase, no parece tan dificultoso el recorrido, ni indispensable tanta parafernalia archivada, para arribar a la única opción que permanece disponible. Y que por si fuera poco incluye el arma involucrada presente y con dueño identificado. ¿No serán las complicaciones, inherentes a la decisión de desandar la senda más sustentable de una muerte dudosa, llevándose puesto a eso que con mucho de realismo, parece ser, para apostar por esto que con no poco de influjo ideológico y acechado por enigmas irresueltos, se pretende que sea?

A eso que parece ser, le entran datos desde ahí donde la hipótesis defendida derrapa malamente sin solución hasta hoy. El más ruidoso golpeando las puertas ya fue atendido, mientras que otros son reseñados hacia el final del artículo. Conspira en su contra, la pericia de las manos limpias de pólvora, validada en ensayos posteriores aunque al parecer sin tantear posibles escenarios, salvo el del tiempo. He aquí uno tentativo: el custodio Benítez, en una declaración de milagro a salvo de la guadaña del juez, sostiene que a su juicio Nisman carecía de conocimiento de armas. Un caso cualquiera de suicidio que incluyese tal carencia, daría para conjeturar si una forma incorrecta y sin la debida firmeza en la sujeción del arma, podría favorecer que el impacto, o sacudón del disparo, la desprendiese de la mano con cierta rapidez, a la manera de un salto fortuitamente hacia atrás, por sobre el hombro de un torso erguido, con la consecuente pérdida o disminución de los residuos transferidos; siempre que ese proceso no sea del todo instantáneo con el disparo, por supuesto. Es una especulación sin base en conocimiento alguno; pero que una pesquisa amplia de criterios quizá la aceptaría como punto de partida hacia la discusión del tema.

El homicidio, o el desenlace pretendido, se cimenta en aquella pericia de las manos citada, pareciera ya con categoría de dogma innegociable en poder de estas otras manos. Se suma al recuento, otro peritaje ulterior adjudicado sin licitación, que va hilvanando “hipótesis más probables” para anudar temerariamente al final, toda una certeza. De ahí en más, se suben al carro una letanía de presunciones con ínfulas de indicios, concordantes sobre todo en cuanto a andarse a los tropiezos con la razón. 

Se pondera, por ejemplo, el nivel intelectual del informático como el condicionante que debía impedirle prestar su arma al fiscal, y en simultáneo se le reduce a cero el puntaje al creerlo capaz de ceder el instrumento para atentar contra aquél y abandonarlo en la escena, nada menos. Otro ejemplo: si Nisman pensaba suicidarse, lo “normal” era que fuese a buscar su propia arma; como si la decisión de una persona de atentar contra su vida, y la forma de transmutarla en acción, ambas imprevisibles, fueran cuestiones tan simples de evaluar con tan solo recurrir a la lógica. Los peritos gendarmes para nada desentonan, en especial cuando razonan la razón de las manchas hemáticas en la puerta del baño: “El victimario uno deja el arma donde fue encontrada y sale del recinto cerrando la puerta.” ¿A qué obedece esta actitud incomprensible, insensata, de cerrar dejando a su cómplice adentro? Obedece a que ahora le toca a este cerrar la conjetura. Y lo hace de un modo todavía más absurdo, casi brutal: lanza (si, lanza) el cuerpo de la víctima en dirección a la puerta cerrada, dejando estampados en ella esos salpicones hemáticos que provocan en los gendarmes este alarde de raciocinio para explicarlos. Y que no se agota aún, porque “también” razonan que el sujeto luego sale del baño – se supone por el resquicio que abrió el custodio Niz – “tomando los recaudos necesarios a fin de no pisar las manchas hemáticas,” para decirlo simple. Y el indicio contundente que ellos tienen a favor de esos recaudos, es la ausencia de pisadas sobre las manchas. Es el mismo desvarío argumental que sustenta la incursión de los supuestos autores en el complejo: la inexistencia de imágenes suyas en las pantallas “prueba” que burlaron la vigilancia.

Estos y otros sinrazonamientos semejantes, emergen del trabajo de un juez que alude a la “sana crítica racional” recomendada en la selección de  pruebas. Y que les enrostra a los procesados el haber salido a mentar el suicidio sin acudir al rigor científico. La realidad, difícil de impugnar, indica que quien instaló la versión del suicidio fue la irresistible fuerza del entorno; la escena, que muestra a Nisman sin vida junto a un arma y bajo llave. Un contexto del que ni el propio juez pudo sustraerse desde el momento que habla de complejidad, porque sino ¿en dónde residiría lo complejo cuando cuenta en su haber con la inusual presencia del arma participante firmada por su dueño, que en manos de un convencido implicaría la sensación de tener el caso resuelto y a los autores materiales en la punta de los dedos? Aún sin llegar a tal extremo, no sería imprudente sugerir que disponiendo de tan oportuna ventaja ya debería contar con algún dato sobre ellos, cuanto menos.

Lejos de eso, y reafirmando el desconcierto que genera aquella imagen del baño, el runrún proveniente desde la fiscalía  pesquisidora da cuenta de que allí parece no mover un pelo la posesión  siempre bienvenida del arma, porque más bien tienen sus afanes puestos en comprobar si una cruza de llamadas es capaz de parir un complot, o autoría intelectual; salteándose que probar de cortar un hilo por lo más grueso – y en un tramo hasta hoy imaginario – no suele ser recomendable, como no sea para encubrir que en su caso no saben cómo lidiar con lo que tienen entre manos. Una lucha engrosada ahora por el chequeo de imágenes (miles), confiados en que la teoría de portación de cara aplicada a la búsqueda, les facilite toparse con la de algún sospechoso de ingresar a Le Parc con malas intenciones

¿No suena más lógico y aconsejable recabar directamente de los procesados los datos que persiguen dándole marcha, si es preciso, a la flamante maquinaria de generar arrepentidos? Más allá de esta última “sugerencia” quizá extemporánea, era inevitable que en algún momento la pregunta saliese disparada por la perplejidad que causa el observar cómo, teniendo algo podría decirse concreto, a lo cual aferrarse para avanzar – implicados, arma ejecutora – andan dejando correr el tiempo yéndose por cualquier rama por mucho que parezca conducir a ninguna parte. (¿Cuánto reporta, en tren de esclarecer, investigar si Lagomarsino integra un submundo del espionaje que, por añadidura, sobrevuela la causa traído de los pelos?). En todo caso y para peor, y sin que tampoco sea fácil evitarlo, esas dilaciones pueden favorecer que un observador criterioso sea presa de una duda al límite de la sospecha: si la rueda homicida se empantana – suceso que, indicios en contra soslayados mediante, no sería una sorpresa – y un repliegue de la hipótesis, con el caballo de los gendarmes en  medio del río es inimaginable, entonces, toda la expectativa quedaría acotada a contemplar cómo el hecho va de a poco instalándose en la historia en forma de un homicidio impune. ¿Es éste – y ésta la sospecha, – un objetivo apetecible como sustituto de aquella rueda eventualmente en vía muerta, y de ahí la laxitud en el obrar? Que la causa quede irresuelta con una orientación ya bien remachada, ¿es lo mejor que puede pasar si nada pasa? En otras palabras: la pericia de unos gendarmes que se ignora si algún caso  semejante en sus vidas siquiera imaginaron; de resultado harto predecible, porque ausente la inspiración, se agarrarían de las manos sin pólvora, ¿fue una quema de las naves bien planeada para quedarse en homicidio impune como única opción ante una “impensada” parálisis del derrotero homicida? Después de todo, ¿podrían retornar y rectificar el rumbo sin desatar la furia de quienes reman con fuerza desde afuera, y que cada tanto marchan en apoyo de esclarecer lo que ellos ya esclarecieron, según las consignas enarboladas?

El recelo, la desconfianza, de que en efecto, hay una segunda intención latente, vienen acicateados por la certidumbre de que en las más de seiscientas cincuenta páginas dedicadas a la resolución, brilla la ausencia de un puñado de renglones advirtiendo que el avance de la pesquisa intentará determinar la razón por la cual no se observaron en la víctima ni en su entorno, esos signos de resistencia localizados incluso en criaturas, que no por serlo pudieron escapar a la lógica natural de defender la propia vida cuando el instinto avisa la inminencia de su pérdida. Y que en el caso del occiso, la labor desempeñada le añadía el plus de comprender como nadie la importancia de defenderse en beneficio de dejarles pistas a sus justicieros, si no salía salvo. Tampoco en el escrito se escucha al juez pensando en voz alta alguna explicación para dos enigmas en cadena que involucran a los supuestos atacantes: de cuáles medios se valieron para romper el cerco interno que un Nisman solo y amenazado debió tener siempre en condiciones nada distintas a las encontradas por su madre esa noche, y que no pudo atravesar sin ayuda pese a contar con sus propias llaves. Y cómo lograron zafar de su novelesco autoencierro en el baño. (Créase o no, colocaron a la víctima trabando un costado de la única puerta. Un ítem inconcebible en el manual de suicidios simulados).

En su fase de borrador, y como corolario de la confesa sospecha, este trabajo concluía así: “La suerte parece estar echada con un dado cargado que dará siempre “homicidio no esclarecido” si la versión escogida se sumerge en la oscuridad. Si no es lo que se pretende que sea, será eso mismo en estado de hibernación eterna. Y serán “La muerte impune del fiscal que denunció a un gobierno” y otras aún más incisivas, la fraseología alusiva que en formato consigna mantendrán la causa viva y – por qué no decirlo, si hasta podría ser la idea madre – políticamente utilizable en el momento oportuno.” Y sucedió entonces que ese bosquejo de final vino a ser impactado por la intención, propulsada desde la esfera ejecutiva, de revisar la  pericia de los gendarmes. Una idea que, viable o no, de todos modos forzó a poner aquella conclusión preventivamente en modo pausa; pero eso sí: sin desactivar las alarmas detectoras de segundas intenciones. Una ya se encendió, alertada por la manifiesta mala predisposición a aceptar revisiones, siendo que las mismas bien podrían ratificar la idoneidad de los gendarmes.  (Bueno, exceptuando lo de  las manchas en la puerta y el piso del baño.) Deberían tomar nota quienes llevan el caso, de que el paso del tiempo – ya mucho – empieza a jugarles en contra, propiciando que aquellas alarmas detectoras tiendan a sonar cada vez más fuerte con más transcurrir de los meses – y los años – sin novedades decisivas.  

 

Víctor Hugo Ferreyra 

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