Viaje - Solo lleva consigo un carro en el que tiene carpa, bolsa de dormir y alimentos

“Mi casa, mi techo y mi futuro es la ruta, momentáneamente”

Jonathan Ezequiel Viera tiene 32 años y recorre el país caminando. Ahora está en la ciudad, alojado en la casa de un “nuevo amigo”, donde se quedará hasta que pueda recuperarse porque le salieron ampollas en sus pies. Después seguirá recorriendo el territorio nacional
domingo, 24 de enero de 2021 · 08:30

“Solamente quiero saber su opinión”, le dijo a sus padres. No necesitaba nada más: Jonathan Ezequiel Viera estaba dispuesto.

El 5 de junio de 2019 comenzó a viajar, caminando. Todavía lo hace. Según su perfil de Instagram -@huellasdejony-, en el que comparte fotos de las personas con las que se cruza en el camino y videos mientras recorre la ruta, hizo 7.352 kilómetros. Conoció Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza, San Luis, Santa Fe, La Pampa, parte de Río Negro por la cordillera, Neuquén -la ruta 40 la tomó en Junín de los Andes y San Martín de los Andes-, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Luego siguió  por la ruta 3, llegó a Buenos Aires, parte de lo que es ahora Santa Fe y ahora está en Villa María, Córdoba.

Es el mayor de siete hermanos, tiene 32 años y nació en Córdoba capital donde trabajó en una estación de servicio, en otro sitio cargando y descargando camiones y, por último, en una empresa de seguridad hasta que le tocaron sus vacaciones, se fue a conocer Salta, le gustó y se quedó. Tenía 25, vivió cinco años en esa provincia y un día se dijo que, antes de morir, quería conocer el país. Entonces, no puso excusas y vendió todo. No invirtió en una bicicleta ni en una moto.

“Decidí hacerlo de la forma más jodida que existe, caminando”, dice durante la tarde noche de un viernes de enero en la Redacción de El Diario.

Y salió tirando su carro de dos ruedas, al que apoda “Sancho”, en el que traslada, entre otras cosas, una carpa, una bolsa de dormir, algunos alimentos, ollas, calentadores. No mucho más, porque pesa. En Salta, donde hizo parte de su vida, sólo le quedaron sus amistades.

“Mi casa, mi techo y mi futuro es la ruta, momentáneamente”, comenta.

No sabía cómo era el norte ni el sur: qué climas, qué gente. Se lo preguntaba. Sí sabía, en cambio, lo que necesitaba demostrar, demostrarse: que el ser humano puede y que tantas veces uno se aferra a los pretextos, siempre tan al alcance. Quería decir, decirse, que no importa cómo: caminando, en bici, a dedo.

“No todo es violencia, no todo es muerte, no todo es robo, no todo es malo en la vida. Hay personas que están dispuestas a ayudarte. Gran parte de lo que es el viaje no es por mí, fue gracias a todas las personas que he ido conociendo y me han esperado en su casa. Y las que todavía me esperan”, cuenta.

Si no fuera por los demás, dice, no hubiera llegado muy lejos: las fatigas musculares como un dolor que se instala inoportuno, las ampollas lacerantes, el carro que se rompía.

Recibió, a veces, comida. Le dieron techo sin que él lo pidiera. La gente colaboró con ropa y con dinero porque, si le entregaban comida, el carro se abultaba. Después, para solventarse, también limpió terrenos, pintó departamentos, podó arbustos, cortó el pasto. Todo lo que sabía hacer, lo hizo.

 

Un día cualquiera

Viaja durante el día, jamás de noche. Es decir, se despierta a las cuatro o cuatro y media de la mañana, y a las cinco empieza a caminar hasta las ocho de la noche. Son unas catorce horas: unos sesenta, setenta kilómetros diarios. Una vez, en el sur, llegó a los ochenta y dos. No almuerza. No duerme siesta. Come en el camino. Nunca le faltó comida: en el carro lleva una buena parte de las provisiones. En alguna ocasión le faltó agua pero la vida, dice, se encargó que al final del día le sobrara. Pide auxilio, un aventón, recién cuando no puede hacer nada por las ampollas o en las oportunidades en las que se le desbarata el carro.

Lo que más le gusta de viajar es conocer gente. Cuando anda por la ruta, se detienen camionetas, autos. Policías y gendarmes, en la mayoría de las provincias, le dicen: “Flaco, ¿vas bien? ¿Necesitás algo?”. Le dan frutas, agua, la dirección de sus domicilios y el número de teléfono. Jonathan Ezequiel Viera les agradece porque le comparten su tiempo. Al llegar a esta ciudad, ampollado, conoció a un hombre, Paulino Druetta, que forma parte de una agrupación que ayuda a viajeros -Moto Ayuda Internacional (MAI)- y que lo va a alojar hasta que se recupere.

“Un nuevo amigo. Entonces, todo ese combo de ángeles que me dio el camino hizo que me sorprenda cada día del viaje. Porque la naturaleza va a seguir estando, los lagos van a seguir estando, los glaciares van a seguir estando, pero la gente tiene un lapso corto de tiempo en esta vida”, comenta.

Lo que menos le gusta es el viento del sur, de la Patagonia: después de haber estado un año allí, dice, se desacostumbró a los calores del centro del país. Sin embargo, el balance es positivo: no le robaron, no se enfermó. Se enteró del coronavirus, llegando a Trelew, en la provincia de Chubut, donde se quedó unos ocho, nueve meses: lo único que cambió es que no pudo visitar algunos destinos. De todas maneras, no se queja: cuenta que el trato de la gente fue muy bueno.

Los primeros días de diciembre pasado llegó a Buenos Aires: paró en una motoposada -llamada Moto-Descanso Rasta- de Ana María Roth, conocida como “Mamá Rasta”. “Es una gran mujer, una gran persona y con un gran corazón para brindar ayuda”, dice. A Villa María encaró por la autopista hasta que la Policía Caminera lo detuvo y le dijo que era peligroso: siguió, pero por la ruta 9 vieja. Estos días, en la ciudad, aprovechará para que se le sanen las ampollas: ahora, aunque sea, puede pisar.

“Esta amiga que me dio techo en Buenos Aires se contactó con Paulino Druetta y él me dice: 'Yo no estoy acá, pero mi novia ya está al corriente de vos, te va a dar la llave del departamento, te quedás, yo el fin de semana caigo, compartimos momentos y te quedás hasta recuperarte para salir'”, dice.

El próximo destino es Córdoba capital: regresará para visitar a su familia y amigos. Después, vacacionará en el interior. Más adelante, en principio, volverá a Buenos Aires para buscar el resto de sus cosas: ropa de invierno. De ahí partirá para el Litoral argentino.

Contó también que tener una familia o una casa son proyectos “lejanos”

Los tiempos

“Mi idea de chico era nacer y morir en Córdoba capital”, dice.

No existía la más remota posibilidad de irse a vivir a otra parte.

Por aquellos años, le gustaba ayudar a los demás. Lo hizo: tejía frazadas y bufandas para la gente que dormía en la calle, se acercaba a los comedores, visitaba hospitales vestido de payaso, con globos. También había otro sueño: tener una casa propia, familia. Hoy, ese proyecto, lo ve lejano.

En 2019, casi un mes antes de que iniciara su travesía, viajó a la capital cordobesa para hablar con sus padres: ellos no estaban orgullosos, sus hermanos tampoco. Dice que no les “cuadraba” el tema por “el día de mañana”: por lo que se presume normal; o sea, una jubilación, una vivienda, hijos.

“Yo he visto morir amigos que podrían llegar a tener jubilación y esas cosas. Entonces les he dicho: 'Yo no quiero formar parte de uno más de ellos'. Yo estoy completo. Y no se me ocurre más nada que hacer en esta vida para seguir moviéndome”, expresa.

Si bien su familia atravesó un proceso para sentirse “tranquila” y se puso contenta cuando llegó a Ushuaia, en Tierra del Fuego, Jonathan Ezequiel Viera dice que aún “no les cierra” el viaje.

“Me enamoré de mi soledad de chico porque mi tiempo no es el tuyo y el tuyo no es el mío”, dice. Y pone un ejemplo: “'¿Vamos a tomar una cerveza?' Y vos me decís: 'No puedo'. Y bueno, mañana te escribo y te digo: 'Nos juntamos'. 'Y se me está complicando'. Pero yo quiero tomar una cerveza. O me quiero ir al cine. Y empezar a depender de otros es molesto porque te impide hacer lo que vos querés en ese momento. Entonces dije: 'No'. Me voy a tomar una cerveza solo. Es más, he ido a jugar al pool solo”, cuenta.

La soledad como un aprendizaje que se comparte.

 

Viera llegó acompañado de “la abuela viajera”, a quien contactó gracias a un amigo cordobés que le mostró el Instagram de ella

Creando lazos

De la mano de otra viajera

Durante la tarde noche del viernes pasado, Jonathan Ezequiel Viera llegó a El Diario acompañado por otra persona: Elva Dora Ratero, más conocida como “la abuela viajera”.

En este sentido, el hombre comentó que la conoció a través de un amigo de él, cordobés, que le facilitó el contacto de Instagram de la mujer.

Por tal motivo, cuando llegó a Villa María, se contactó con “la abuela viajera” y así pudo llegar a relatar su historia de viajes a este medio.

Cabe recordar que Ratero recorrió, en 2019, diferentes países de Europa: intercambió, en los diferentes lugares que visitó, sus conocimientos de costura por casa y comida. Esta fue una idea que creó junto con su nieta.

Otro aspecto para destacar es que ella compartió las distintas experiencias que atravesó por medio de la red social mencionada anteriormente.

Y, como dice el poeta Antonio Machado: “Caminante no hay camino / se hace camino al andar”. Y, en el medio, como le sucedió tanto a Viera como a Ratero, se forman lazos que, tal vez, perduren.

 

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