Instrumentos - Es especialista en reparación de saxofones y clarinetes

El privilegio de viajar por el mundo trabajando de luthier

Alejandro Tulián vendió todo a los 26 años y se fue en busca de su sueño: la música, la luthería. Lo logró y pudo aprender de grandes maestros. Hoy tiene 40 años y lo solicitan desde todas partes
miércoles, 20 de enero de 2021 · 08:05

Escribe Franco Gerarduzzi
De nuestra Redacción

“Recuerdo que tenía una moto, una Vespa”, dice.

La vendió, como a todas sus otras cosas, y con el dinero que juntó viajó a Brasil a probar suerte, en busca del sueño, como quien dice.

Alejandro Tulián tenía 26 años, ya había estudiado Música unos cuatro años en el Conservatorio Superior Felipe Boero de Villa María, ciudad en la que nació, el 17 de diciembre de 1980. Tocaba el saxofón, y durante ese tiempo sucedió algo que lo inquietó: tenía que reparar dos instrumentos suyos y los mandó a un técnico en Córdoba.

El luthier, además de los arreglos, fabrica zapatillas: son las que sellan el paso del aire que va por el tubo del instrumento

“Vi el trabajo que me había hecho, desastroso. No encuentro otra palabra ahora”.

Entonces, quiso aprender luthería.

Hijo de Ricardo Tulián, un hombre que trabajaba en una agencia de autos, y de Estela García, una ama de casa, Alejandro Tulián, hoy de 40 años, estudió Música por cuestiones religiosas: pertenece desde chico a una iglesia cristiana y dice que no hay nada mejor que un instrumento melódico como el saxofón para tocar en ese lugar. Ya en el conservatorio conoció a Sergio “Pelado” Alonso, un maestro y amigo que lo motivó a irse, a buscar oportunidades mejores que las ofrecidas en ese momento en la Argentina. Otro de los que recuerda por aquellos años, por su influencia, es a Fernando Bustos. Brasil terminó siendo la alternativa: él, primero, había pensado en Europa: en España. Quería estudiar saxofón clásico y, de ser posible, luthería. Tenía que conseguir el certificado literal de nacimiento de su abuelo, que era de ese país, pero no pudo.

“Digo yo, ¿qué hago? Bueno, un lugar que esté en condiciones musicales quizás un poco mejores que las de Argentina y donde pueda desarrollarme como luthier es San Pablo”.

Llegó sin saber decir ni siquiera “gracias”. Con la plata que tenía pasó unos cuatro, cinco meses solamente dedicado a aprender portugués, a hablarlo y escribirlo. Después tuvo que pensar qué hacía: cómo pagaba sus estudios, el alquiler, la comida. Comenzó a trabajar medio día en una empresa que entregaba bombonería. Ahí se hizo con el idioma.

“Me hice brasileño en cierta forma”.

Music Business JGG, según lo que aparece en la página web, es un taller que fundó a finales de la década del 80 José Augusto Guidon, uno de los luthiers más importantes de ese país y del mundo. El taller, en los 90 y ya con la participación de Leontine Guidon como socia, se convirtió en un referente para la industria. En 2000, cuando ya también estaban en el negocio Jacqueline y Gabriel, los hijos, empezaron a fabricar las primeras zapatillas de saxofón: son las que sellan el paso del aire que va por el tubo del instrumento y están formadas por una base de cartón, un fieltro, el resonador y una piel que lo cubre.

Tulián cursó los dos años de carrera en esa escuela, conocida a nivel mundial, y lo demás fue práctica. Vivió también en Buenos Aires, en Córdoba capital. En San Pablo, mientras pensaba en volver a Villa María, le surgió la posibilidad de irse a Europa. La aprovechó y estuvo en Inglaterra, en España, en Italia. En Suiza aprendió, por ejemplo, de Vincent Liaudet. En Brasil trabajó con Abner Medina y Diego Perianez. En Argentina mantuvo contacto con Juan Caino. Y en esta ciudad, no olvida a José Luis Delfino: no era luthier, pero le enseñó a trabajar los metales, lo instruyó en soldaduras, en tornería.

“Es un villamariense genio que está muy en el anonimato”, dice.

 

El cuarto donde sucede todo

Son las 4.30 de la tarde de un domingo de enero. El cielo es un paño diáfano y el sol se esparce limpio sobre las calles de tierra en barrio San Martín, al noreste de Villa María. Tras unas rejas y un pequeño jardín está la casa donde Tulián vive con sus padres. A un costado hay un pasillo que desemboca en una obra en construcción, apenas iniciada, donde levantará su nuevo taller. Mientras, trabaja en un cuarto que no es pequeño: es minúsculo. Hay dos banquetas y una mesada con algunos saxofones que está reparando, un celular, un hisopo y una cadena de herramientas y repuestos sostenidos sobre una especie de pizarra negra. A un lado, hay una pared con estantes y las diferentes piezas y elementos que usa para los arreglos. En esa habitación, tan reducida, cada objeto parece varios, pero él se mueve con calma, desenvuelto.

“Soy la única persona en el país que vende, digamos, que desarrolló una marca de lo que es insumos para saxofón y clarinete, más específicamente”.

Tulián es especialista en esos instrumentos.

Su trabajo, dice, es ciento por ciento a mano: lo limpia, le realiza el aceitado, fabrica las zapatillas con cuero que consigue en los distintos países a los que viaja, compone resonadores. Lo que más se demanda es el mantenimiento en cuanto al secado porque después de tocarlo, si se evita esta tarea, se descomponen los materiales (el fieltro, el cuero). En su caso, la reparación de un saxofón lleva, dependiendo el desperfecto, desde una semana hasta 15 días. Un clarinete, al ser más pequeño, requiere menos tiempo: pero no tanto menos. Sin embargo, en otros lugares del mundo, como en San Pablo, algunos hacen arreglos en tres horas: lo hacen, por supuesto, para que en seis meses regrese al taller. Obsolescencia programada, le dicen.

“Un instrumento, si se cuida, si el músico lo seca, tiene que durar muchos años: de cinco a 10, 12, 13, hasta 15”.

Su trabajo, dice Tulián, lo hace desde hace 17, 18 años.

 

¿Vivir como músico?

“Como músico, hoy en día, es muy difícil sobrevivir”.

Tulián da clases de saxofón en Villa Nueva y pertenece a la Villa María Big Band local, pero con eso no le alcanza. Por eso, la luthería. En la provincia de Córdoba, dice, debe ser el tercer o cuarto luthier: hay uno o dos en la capital y otro en Río Cuarto. Pero acá y en la zona es el único. Recibe instrumentos de La Pampa, Buenos Aires, San Juan, Río Negro: el boca a boca hace lo suyo. El, además, si bien dice que se encuentra un poco en el anonimato, brinda charlas. Por ejemplo, antes de la pandemia de coronavirus, en San Martín de los Andes, Neuquén, dio dos cursos sobre mantenimiento y reparación de saxofón, al que agregó otro sobre clarinete. También integra la Asociación Latinoamericana de Luthería, en la que hay muy pocos argentinos.

 

Un privilegiado

Es creyente y le agradece a Dios porque, dice, es un privilegiado.

“Es una experiencia única. Poder viajar por todo el mundo. Conocer a los mejores, trabajar en los mejores talleres del mundo. Es muy impactante”.

Se despierta a las 6, 6.30 de la mañana y a las 7 ya está en el taller. Le gusta oír el canto de los pájaros. Escucha música mientras trabaja. A veces no duerme: piensa cómo puede solucionar esto, aquello. Otras, puede, pero a las 2 o 3 de la madrugada. Unas cuantas más se levanta a esa hora porque, de tanto darle vueltas al asunto, encuentra las respuestas a las preguntas.

“La música uno la tiene que sentir. Si uno no la siente, no puede dedicarse, no puede poner un montón de tiempo, de fuerzas, dinero, incluso. Es algo mucho más fuerte”.

Tiene invitaciones pendientes: de San Pablo, donde compra sus insumos; otra de la Asociación de Luthiers de Chile, donde dictará un curso sobre reparación del saxofón; una más de Suecia, donde puede estar de tres a seis meses (con la posibilidad de quedarse un año) y la cuarta de México. De hecho, si no fuera por el COVID-19, por estos días estaría en Suecia. Sin embargo, a pesar de tener la oportunidad de irse a vivir a Brasil y desarrollar su taller en ese país, prefiere Villa María.

“Agarro mi bicicleta, me voy a la costanera y soy feliz”.

Pero también no se va porque no viviría tan lejos de su familia.

De todas maneras, dice, es consciente de que en la Argentina es difícil lograr metas profesionales.

“En relación a otros países el nivel de crecimiento es mucho más lento. Brasil está con muchas más posibilidades en este rubro”.

En fin, él va y viene.

 

Su música, sus días

La música le encanta. Toda. Su padre tocaba el bombo y comenta que, de alguna forma, esa puede ser una de sus raíces. Después aclara que el reggaetón no tanto, aunque si lo escucha el cuerpo se le mueve: lo dice así, como si tomara distancia de sí mismo, como si prefiriera no hacerse cargo de eso que sucede.

Porque él, si puede elegir, no duda: va por la música clásica, el jazz y la música góspel, que surgió en el siglo XVIII de las iglesias pentecostales y protestantes evangélicas afroamericanas, y que se popularizó en la década de 1930.

Tulián no tiene hijos. Tampoco pareja.

“Estoy abocado totalmente a la luthería”, dice en esa pieza pequeña, donde, cada día, no hay mucho más que eso: un hombre desvelado por el sonido.

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