Proyectos y realidades

En Capilla del Monte... Una casa soñada

Descripción enviada por el equipo del proyecto. Al pie del Cerro Uritorco, se levanta esta casa de piedra y hormigón, “con la voluntad de ser un dispositivo a través del cual contemplar el espectáculo cambiante de la montaña”
miércoles, 7 de septiembre de 2022 · 08:30

Sobre “la” casa de Capilla del Monte, Cristian Nanzer y Mariela Marchisio, los autores del proyecto explicaron en Plataforma Arquitectura que el tema abordado “quizás sea el retorno”.

“El retorno de los padres al pueblo de su infancia; un retorno no circular a recuerdos y fantasmas, aunque a veces son inevitables, sino abierto a la búsqueda del origen y la identidad como plataforma para fundar el porvenir y la deriva; ir al encuentro de las otras miradas, de los caminos perdidos o no transitados”.

Los profesionales no dejaron de tener en cuenta conceptos de la filosofía de Gilles Deleuze y Félix Guattari, cuando expresan: “A veces ocurre que la vejez otorga, no una juventud eterna, sino una libertad soberana, una necesidad pura en la que se goza de un momento de gracia entre la vida y la muerte, y en el que todas las piezas de la máquina encajan para enviar un mensaje hacia el futuro que atraviese las épocas”.

Contaron que “el proyecto se dibujó y se desdibujó tantas veces hasta alcanzar una idea simple: la gravidez de la materia debía excavarse hasta propiciar el espacio de ese acontecimiento, el escenario preciso para el momento de gracia. La distribución funcional acompaña ese concepto, se dejan los límites indispensables para el desarrollo de las actividades domésticas, el resto de los espacios se funden en uno solo. Es así que la casa se convierte en un muro perforado para mirar el Uritorco y su paisaje circundante, un muro que sirve a la contemplación, que surge como una falla de naturaleza artificial en la cresta de una loma, y que como todo artificio no disimula su gesto torpe e imperfecto frente a la otra naturaleza: a la de movimientos infinitos, la de rituales cíclicos”.

Comentaron también que “todos los muros, de alguna forma, son textos incompletos y reescritos continuamente por el azar de las marcas y signos que las inclemencias del tiempo le van imprimiendo y que la rotación de la luz descifra”.

 

Los muros de Córdoba

Recordaron que en Córdoba hay muchos muros así. Está ese texto de piedra en el que se convierte el muro de la Compañía de Jesús que da a la calle Caseros, inquietante cuando le da el sol del oeste, con ese cartel en el dintel de una puerta que dice: “puerta del cielo”. O ese otro de la iglesia San Francisco, sobre calle Buenos Aires, que bien mirado parece un mural de Antoni Tàpies, manchado con pátinas negras de humedades surgentes de vieja data, siempre en transformación.  Quizás por tener estas imágenes en mente al trazar el proyecto, es que se exponen los materiales elegidos en estado natural para que las inclemencias del clima serrano le den su acabado final.

“Se buscaron dos tipos de piedra, una gris de un lecho de río cercano, para el prisma principal de la casa, que se encofró con tablas horizontales y se fue llenando de hormigón, dejando todos los signos del proceso a la vista, las huellas de la madera, la piedra, las líneas de óxido rojo de los niveles de las distintas coladas. Nos gusta pensar, que de alguna manera los muros de la casa conforman una desterritorialización del lecho de río, un río vertical, donde el hormigón se expresa como un líquido estático. En contraste con un muro de piedra roja de una cantera de la zona, que define el límite doméstico de áreas exteriores, y que nunca toca la casa, como una ruina. Eso fue todo, lo demás fue leerlo a Romilio Ribero, tal vez uno de los mejores poetas que haya dado Córdoba, poseedor del don de interpretar los ásperos misterios del paisaje serrano. Se podría decir que fue un proyecto que tuvo intensamente la tentación de existir”, concluyeron los profesionales.

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